“No te olvides, recuerda que eres mortal…”
Caryl Alonso Jiménez
Seguramente, la abundancia de los relatos inspiradores hoy día probablemente vayan más a tono con lo que algunos psicólogos sociales contemporáneos lo vinculan a las emociones. Que algunas veces queda sometido a esos hilos sutiles capaces de generar estados de alteración y emoción, que a veces resultan ser un distractor, más cercano a postres emocionales, y promovido hoy día en las redes sociales, que debo reconocer que el término no aparece en las teorías de las emociones.
Aunque no se pretende una digresión conceptual ficticia, es una especie de reacción intencionada que algunos o las redes sociales, enlatan en esa categoría de la motivación y que se destapa en sutiles dosis edulcoradas, que trastocan la oxitocina (hormona del placer) y hace sentir emociones por algo que vendrá (y que nunca llega), creando esperas inentendibles, como lo describió Beckett (1906-1989), en “Esperando a Godot” (1977).
Sin embargo, una las razones que hacen de la virtud humana la justificación de la existencia en las relaciones humanas es aquella capaz de producir y extender con el testimonio y el ejemplo, en aquellos relatos que se convierten en la cultura colectiva.
Uno de ellos es aquel relato de los hombres históricos que desde la poltrona de Washington, en la guerra de secesión (1860-1865) en Estados Unidos, impulsó la batalla por eliminar la esclavitud de los negros, que construyó aquellas razones históricas inacabadas hasta el día de hoy.
Cuenta el relato que durante la guerra de Secesión, “uno de los cañones camino al campo de batalla quedó hundido entre humedales. Un joven oficial de soberbio carácter, con la exaltación propia del poder, arengaba con insultos a la tropa para sacar el cañón. El escándalo desvió del camino un distinguido forastero que cabalgaba en viaje de supervisión de las estrategias de campo. Fue increpado y obligado a sumarse al caos para sacar aquel cañón. Se acercó, ordenó rápidamente la forma de resolverlo. Al finalizar y a punto de partir, el oficial pidió al forastero identificarse y este dijo: soy Abraham Lincoln, Presidente de los Estados Unidos, la próxima vez que tenga un problema llámeme…“(Prieto, 2009)
Esta crónica de guerra probablemente no ocurrió. Pero no cabe duda que el relato contiene ruidos semánticos extraordinarios, revelados sin mayor complejidad narrativa. Tiene la fuerza contundente que la hacen incontestable: inspiración, testimonio y ejemplo.
La inspiración es esa corriente invisible que conecta escenarios a veces imaginarios capaces de crear los más elevados estados emocionales, esos que tienen la fuerza que impulsan insólitas y audaces imágenes de un acontecimiento, invención, poesía, relato, periplo y hasta ver el paraíso, como le ocurrió a Martín Luther King Jr. (1963).
Cuando la inspiración se convierte en la síntesis de aquellos que construyen rutas con la valentía y la audacia de navegar contra fuerzas contrarias o avanzar frente a lo desconocido, es lo que produce un comportamiento que contagia y produce testimonio.
El testimonio es concretar la síntesis de la inspiración. En ocasiones con el poder y elocuencia de la palabra hablada (profesores, líderes religiosos y políticos), que a través del discurso detonan la inspiración en acciones, pueden ser capaces de encender el hilo de las grandes cruzadas de la humanidad o pueden cambiar un escenario de la realidad por otro, y lo pueden hacer, porque lo imaginan… ¡Esa es la clave…!
En otros, con la fuerza del verbo, encienden la palabra en esas excepcionales fuentes que bajo todo el marco del comportamiento humano, a veces compasivo y a veces decisivo, contagian olas de ejemplo y testimonio, que pueden provocar hecatombes de emociones para alcanzar andenes superiores en escenarios imaginados…
Y cuando la impronta adquiere la imagen del hombre cotidiano, ese que se enfrenta a los pedestres sentidos de la realidad, para conducir instituciones, empresas, sociedades y familia, la virtud de la dirección y el liderazgo sellan estilo… pero, será con el ejemplo de sus actos, el activo con la mayor plusvalía que distinguirá su presente o su legado.
Atar inspiración, testimonio y ejemplo, no solo resulta de elevada complejidad, sino de uno de los ejercicios cuidadosamente adosados con el matiz de criterios que le son ineludibles e insoslayables: mesura, bondad, compasión, decisión y sobre todo lealtad a los principios.
Hace algunos años el Informe Inspire Infocus (2021), definió ocho variables que fueron sometidos a extensas consultas para detectar en dónde las personas encuentran inspiración. Sin embargo resultó sorprendente, dijeron que las historias de honestidad y bondad fueron valoradas en un 41%.
Recientemente un funcionario público me expresó que le resultaba cómico y ofensivo que sus más cercanos colaboradores lo exaltaran con virtudes que nunca tuvo y que jamás podrá adoptar, porque esas virtudes dependen de otras experiencias y prácticas que no le son suyas. No cabe duda, es poniendo a prueba el escrutinio diario de mostrarnos con transparencia de lo que hacemos, decimos, pensamos y compartimos, que va a marcar el testimonio y el ejemplo ante los demás.
Tertuliano repetía, “No te olvides, recuerda que eres mortal…”, explicó que la fuerza moral y espiritual son terrenales, es ese antídoto para no confundir que ganar no es victoria.
Las hazañas de la moral se mantienen cuando son fijadas por la ética. Y si no, se alojan en las arcanas del olvido, y son como si no hubiera sucedido nada. Por eso importa el presente, para empedrar el camino de las virtudes con el testimonio y el ejemplo… Hacerlo es un lingote de oro, con la plena seguridad que construye el valor más preciado hoy día, ¡confianza…!
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