Conversaciones con mis nietos
Arsenio Rodríguez
Semillas diminutas con latencia en las entrañas, protoplasmas con sinfonías, texturas, sonrisas y manos santas, obras de mil caricias y embelesos de sol y agua.
Ese plumaje de ave paraíso, ese azufre sulfurado de las sombras imaginarias que enmarcan, en contraste la cara de la luz, como vientre del universo.
Partenogénesis de la existencia es la vida, antigua, con toda su parafernalia de ropajes, ritmos y tonos. Y cada ensamblaje post uterino lleva consigo en holograma divino, la capacidad de emular la primera imaginación.
Cuántos telones suben y bajan, cuántos libretos entrelazados, cuanta producción, visible y tras bambalinas. Tantos nombres y palabras de cosas y gentes, colecciones de libros y capítulos, interminables en sutilezas y proezas, supuestas iniquidades y noblezas.
Diariamente se desprenden, miríadas de átomos de madre para formar nido en los vientres, y esperar las legiones insistentes de los héroes comprometidos, a hacer de la cópula un acto creativo, una obra maestra, un concierto, unos ojos de niño, un nuevo
despierto.
Descansa consciencia, de este deleite de verte a ti misma desde tantos ángulos diferentes. Déjate llevar por esa diversidad, de ser en tanta gente todas las cosas a la vez: pícara, sensual, sinvergüenza, intelectual, romántica, certera, irritante y placentera.
Tómate un tiempo, quizás unos parpadeos, para que te asombres de nuevo ante ti misma, y te derrames por las cosas con cariño, en vez de andar por ahí juzgando y comparando como el burro del cuento, entre los haces de hierba equidistantes, que nunca supo por cuál ir y se murió de hambre.
Vive, vive esta hermosa vida, expresada ahora en este momento, con esa sazón tuya tan particular, resultado de tantas marinadas en especie, lágrima, mar y carcajada. ¿Que no puedes dormir hoy? ¡Pues dormirás mañana!
Recuéstate de ti misma, hermana, despierta y mira, mírate como verdaderamente eres, desnuda y transparente, radiante como montaña de nieve, profunda como el océano, vasta como el universo, antigua, como el espacio entre las sombras.
Derrámate toda, inúndate, salta los cauces que te atan a tus definiciones, y así entre parpadeos momentáneos, humedece tu entorno y arrópalo todo con tu esencia. Eres sólo tú, después de todo, anidando en esquinas uterinas, esperándote a ti misma coqueta y creativa ante los anhelos de los flagelos masculinos, que vienen para hacer fiesta y desarreglo y dar lugar a la explosión de la recombinación y la imaginación, de la diferenciación de lo potencial en la múltiple multitud de experiencias, sensaciones, palabras, trivialidades, éxtasis y agonías, que recorrerán infinitos teatros para presentar en innumerables funciones vespertinas y de matinée, esta obra maravillosa e interminable, que eres tú.
Y no te preocupes, de vez en cuando bajará el telón, para que descanses de la función y estires las piernas. Para que salgas al callejón, mires la noche sin la prisa, aspires la fragancia nocturna fresca, y regreses refrescada, con ánimos de trompas de Falopio o anhelo de flagelo, a seguir el cuento interminable que te cuentas sin tiempo, para inventar el Amor.