Las guerras que va a perder Trump

Línea Internacional

Guadi Calvo

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A más de veinte días de iniciada la guerra de la Liga Epstein contra la República Islámica de Irán, todavía el resultado es incierto, por lo que, teniendo en cuenta las predicciones de la Casablanca y del ministerio de guerra sionista, Teherán ha triunfado, sin mostrar todavía lo mejor de sus arsenales. Aunque esto quizás sea lo menos importante.

La gran noticia que hará reestructurar toda la política global, el juego de alianzas horizontales y sumisiones verticales, es que aquel “hilo rojo” que unió desde el comienzo de la invasión sionista a Palestina de 1948 hasta el 28 de febrero pasado se ha roto.
Nunca como ahora las promiscuas relaciones entre Washington y Tel Aviv han sido más expuestas y de tanta pornografía esa ruptura. Quizás no definitiva, pero sin duda se tendrá que esperar a que las administraciones que sucedan tanto a Trump como a Netanyahu hagan el control de daños y vean cómo resolverlos, para que se comience a reconstruir la relación, que será lenta, muy lenta y que seguramente ya nunca alcanzará los niveles de intensidad e inmediatez.

Por lo que adjudicar a este desastre a un mero error de cálculo al iniciar la guerra tiene la misma liviandad con la que la foca gangosa se fue a la guerra, arrastrada por el amigo Bibi. Aquí no se ha caído un puente, ni desquebrajado un dique; aquí se ha desplomado mucho más que una alianza estratégica, que acaso haya sido el sistema de conexión político-militar más importante que los Estados Unidos han mantenido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial con ninguna otra nación, incluyendo al Reino Unido.

No se les podía pedir a los estrategas de la Casablanca, Jared Kushner, Pete Hegseth y Steve Witkoff, que hubieran tenido en cuenta la cohesión del pueblo persa, que no ha llegado ayer a la historia; ni su entereza frente al sacrificio y su capacidad de análisis para resolver los planteos más difíciles. No por nada juegan ajedrez desde cinco siglos antes de que el juego llegue a Occidente.

Desde hace algunas décadas, se discute en profundidad entre los analistas y especialistas aquello de si es Washington quien controla al ente sionista, o son estos los que lo hacen después de haber logrado permear todas las estructuras del Estado de la Unión, que dirigen, por lo menos, todo lo referente a su política exterior, financiera, con importantes anclajes en el manejo de las fuerzas armadas, los servicios de inteligencia y en el complejo industrial-militar. Aunque la disputa es poco trascendente por aquello de que tanto monta, monta tanto…

En este contexto, ya metidos en la guerra hasta las pestañas, la Liga Epstein sigue profundizando sus disidencias internas, expuestas desde el inicio cuando, por alguna razón reservada, Netanyahu quebró la voluntad de Trump y lo introdujo en la guerra, por lo que desde entonces los judíos le llevan la delantera en la manipulación de la guerra. El último caso, el ataque del pasado martes al yacimiento iraní de South Pars, a pesar de la negativa de Trump. Haciendo que Teherán respondiera lanzando misiles contra el complejo energético de Ras Laffan (Qatar), que en verdad es un mismo yacimiento en pleno golfo Pérsico, compartido por ambas naciones a una y otra orilla. Tras los ataques, los precios del gas natural en los mercados europeos se dispararon el jueves a cerca de un 25 por ciento, alcanzando a los valores más altos de los últimos tres años.

Son estos “detalles” donde más o menos se puede tener certeza de lo que sucede en la guerra, ya que el régimen de Netanyahu ha establecido penas de hasta cinco años de prisión a quien publique información acerca de los daños y las muertes en la Palestina ocupada por los sionistas.

Mientras que Estados Unidos sigue disimulando sus bajas, que en la versión oficial no llegan a los veinte, cuando ya fueron atacadas más de veinte bases norteamericanas a lo largo de Medio Oriente, donde tenían miles de efectivos sin alcanzar a rozar a uno solo de ellos. ¡Gente afortunada!

Something is rotten in the state of Washington

Pero las barrabasadas de Trump no terminan en lo anterior, sino que se extienden por todo el territorio norteamericano, afectando a cada uno de sus 345 millones de ciudadanos, cada vez que deben cargar combustible en una gasolinera que ha sufrido un incremento solo hasta este momento de un 25 por ciento, y esto recién empieza. Por lo que ya ha alcanzado la peligrosa cota de los 3.69 dólares por galón (3.786 litros). Cuenta una leyenda urbana que los presidentes norteamericanos pierden las elecciones cuando el galón alcanza los 4 dólares. Considerando que Trump enfrentará las elecciones de medio término el martes 3 de noviembre próximo, en el caso muy fortuito de que llegue, no sobrevivirá a la renovación total de los 435 representantes que integran la cámara baja del Congreso y unos 35 senadores. Lo que preanuncia que, si no la bajan antes por el fracaso, el empantanamiento en la guerra, la que se ha acostumbrado a ganar varias veces al día, quedará a tiro de un impeachment fulminante.

A consecuencia de esto, ya estamos viendo las primeras grietas de la administración que apenas tiene catorce meses, como la rutilante renuncia/denuncia del director del Centro Nacional Antiterrorista Joe Kent, el pasado martes 17, quien tras el portazo confesó: «No puedo, en conciencia, respaldar la guerra de la administración Trump en Irán porque no representaba una amenaza inminente para nuestra nación, y es evidente que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense”.

Si bien no podríamos llamar esto un golpe, sí una severa advertencia a Donald Trump, ya que es la primera desde el comienzo de la guerra. Kent, veterano de la guerra de Irak, planteó también en su carta que los motivos para lanzar los ataques contra Irán «recuerdan a esa desastrosa operación militar de EE. UU. en el 2003». Refiriéndose claramente a la invasión a Irak, en búsqueda de las jamás halladas armas de destrucción masiva. Y que empujaron primero a los Estados Unidos a una guerra con la insurgencia iraquí que nunca han podido derrotar, por lo que disimuladamente se han debido retirar.

Dejando un desastre igual al que provocaron más tarde en Libia y Siria, tras el invento de las Primaveras Árabes, sin olvidar los fracasos en Yemen y Somalia, aunque la cucarda se la llevan los talibanes afganos, que, al igual que el Vietcong, se aburrieron de lustrar sus sandalias con la bandera de las barras y las estrellas En consideración de este desempeño, no sería demasiado descabellado que Irán los pase por debajo de las horcas caudinas.

Las razones de la renuncia de Kent quedaron mejor expuestas en The Tucker Carlson Show, el podcast del veterano periodista ultraconservador aliado mediático de Trump, que se ha convertido en un fanático opositor a esta guerra. Allí Kent volvió a señalar que Irán no representaba ninguna amenaza inminente para los Estados Unidos y que la guerra fue impulsada por la presión sionista. Denunciado que a los responsables de la toma de decisiones no se les permitió expresar sus opiniones. “Que la Casablanca se negó a la creación de un canal de comunicación secreto con Teherán y no haber dejado que Israel librara la guerra por sí mismo”. «Creo que existía la posibilidad de que hubiéramos hecho varias cosas diferentes; podríamos haberles dicho simplemente a los israelíes: No, no lo hagan y si lo hacen, los sancionaremos», agregando finalmente que Netanyahu pasaba más tiempo en la Casablanca que él mismo y que la directora de Inteligencia Nacional (su jefa inmediata), Tulsi Gabbard. Por su parte, se conoce que Gabbard, quien ha sido renuente a opinar sobre la posibilidad de una guerra contra Irán, hace meses que fue marginada de los centros de decisión.

A partir de esto y a medida que tanto Kent como Carson expresan sus diferencias con Trump, se han constituido en blancos de la saña trumpista-sionista, poniéndolos bajo la mira del FBI.

En estos primeros cimbronazos de la administración Trump, no deja de ser llamativo el silencio de su vice, J.D. Vance, hasta hace tres semanas un halcón de la guerra, que hoy trata de disimular sus opiniones, quizás por preservación propia o una orden del establishment, que podrían intentar mantenerlo fuera del chiquero que Trump ha convertido en su gobierno, para tener una pieza de recambio tras un cada vez más posible final abrupto de este mandato por las guerras que va a perder.

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