Luis Paulino Vargas Solís
Ya sabemos lo difícil que es tomarse en serio nada de lo que diga este sujeto, puesto que, según ha podido demostrarse con largueza, parece tener un infinito talento para desmentirse a sí mismo y decir mañana lo contrario de lo que dijo hoy.
Pero el caso es que, al formular esta amenaza, Trump recurrió a una retórica totalmente explícita. Y particularmente explícita en relación con dos asuntos.
Primero, amenazó con provocar una devastación total, incluyendo la total destrucción de la infraestructura civil iraní, lo cual convertiría sus acciones –en caso de ejecutarse– en crímenes de lesa humanidad, contrarias al derecho humanitario y toda la legalidad internacionalmente reconocida.
Que, desde luego, no sería, ni mucho menos, la primera vez que se pase por el arco del triunfo esa legalidad, solo que, en este caso –y a imitación de lo hecho por el Estado de Israel en Gaza– rompería todas las líneas rojas que trazan las más elementales normas civilizatorias de la humanidad.
Segundo, ha sido igualmente explícito al expresar que, una vez ejecutado ese acto de genocidio y devastación, tomará control del petróleo iraní.
Como dijera, con tan incomparable agudeza, el congresista español Gabriel Rufián: “pero qué suerte que tiene Estados Unidos, que, en cada ocasión que sale en busca de democracia, encuentra petróleo”.
Sin ser, en modo alguno, el único caso, el ejemplo más reciente de tal cosa nos lo ofrece Venezuela. Trump quiere que Irán sea el siguiente.
¿Se anima alguien a decir que Trump es hoy una amenaza terrible para la humanidad entera?
Pues seamos honestos: que lo es, lo es.
Y, al decirlo, tan solo se estaría expresando una idea totalmente apegada a la evidencia que, día a día, ofrece a borbollones el mismo Trump.
Simple: el hombre es un loco de atar, con un poder inmenso en sus manos. Y, además, un tipo con un alma infestada de odio y maldad.
Pero también –obligatorio es reconocerlo– sucede que Trump es el líder mundial de un grupo de figuras políticas que, últimamente, proliferan alrededor del mundo como hongos en la humedad, y quienes, similares a Trump, cargan un fardo pesadísimo de desequilibrio emocional, odio y maldad.
Esta estirpe tenebrosa y oscura nos está empujando, no propiamente a la Edad de Piedra, sino más bien al estado naturaleza que imaginó Thomas Hobbes: un mundo extremadamente violento, enzarzado en una guerra de todos contra todos en la que, inevitablemente, el más fuerte se impondrá, a sangre y fuego, a quienes sean más débiles y vulnerables y tengan menos poder.
– Economista jubilado
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