Melvin Sáenz Biolley
José Meléndez hizo de la crónica periodística un arte de apretada síntesis de la dura realidad, destreza que ya tenía en sí mismo pero que refinó y perfeccionó de la mano de maestros como Armando Vargas, José María Penabad y Julio Scherer. Trabajó sus notas con una severa disciplina de investigación de fuentes y perfección en el estilo que lo llevó a la concreción de ochocientos palabras por crónica, no más. Pero aun más, sus crónicas también fueron canal de comunicación entre actores de la negociación política. Me consta que sus notas publicadas en Excelsior eran leídas con cuidado y atención en Tlatelolco por los altos funcionarios responsables como el secretario Bernardo Sepúlveda y el subsecretario Ricardo Valero.
Aquella fue una época emocionante, llena de historias vividas que hoy a la distancia del tiempo parecen propias de una novela como en 1988 cuando nos tocó en Panamá ayudar al entonces fotógrafo Raúl de Molina a salvar su vida y sacarlo en la cajuela de un carro perseguidos por los batallones norieguistas para llevarlo a una base estadounidense en la zona del canal.
Luego del fin de las guerras centroamericanas, José se movió a otros escenarios latinoamericano de complejas crisis. Estuvo y vivió de primera mano en el Perú durante la etapa de la guerra senderista, en Haití durante los golpes militares y en Cuba en el conocido período especial. En La Habana nos tocó coincidir durante tres años intensos y difíciles en el que Meléndez sorteó y toreo las embestidas totalitarias. Ahí vivimos y fuimos solidarios con cubanos valientes luchadores por la libertad como el poeta Raúl Rivero, Elizardo Sánchez, Vladimiro Roca y Marta Beatriz Roque. Conocimos de cerca la represión, la persecución contra quienes se animaban a luchar por la dignidad y los derechos humanos. Fuimos testigos de primera mano de las luchas diarias del pueblo cubano por la supervivencia en medio de las restricciones y carestías, pero, también vivimos y convivimos con la alegría y la esperanza de las y los cubanos. Recuerdo la aventura que vivió junto al corresponsal Bertrand de La Grange cuando se embarcaron en una balsa junto a un grupo de cubanos para atravesar el Estrecho de la Florida y llegar al otro lado. Aquella arriesgada aventura concluyó con la intercepción a cargo de la guardacostas estadounidense.
En aquella vida de locura en La Habana enfrentamos todo tipo de situaciones cómicas tal y como aconteció con el partido de futbol de los corresponsales y funcionarios extranjeros contra los amigos de Diego Maradona. Aquella tarde de octubre del 2000 cayó un aguacero caribeño propio de Cien años de Soledad y en medio del barreal José literalmente se bailó e hizo un ocho a Diego ante la cólera y furia de Guillermo Coppola, su representante.
José hizo su vida en Cuba, el amor lo reanimó, le brindó un nuevo sentido a su existencia y ahí estuvimos juntos disfrutando de su felicidad por las pequeñas y grandes cosas. Su hija querida, Camila nació, creció allá y fue hasta hoy en la madrugada el verdadero amor de su vida, quien llenó de alegría su alma y le brindó suficiente motivo para vivir y luchar.
En su última etapa, con un poco de sosiego y calma se dedicó a la investigación desde su base de operaciones en San José, ya no viajaba tanto y pudo dirigir su atención a la crónica de los sucesos que vive nuestra región, abatida por el crimen organizado y la corrupción. Sus valientes escritos publicados en El Universal de México muestran la triste realidad de una Centroamérica asediada por la criminalidad, la injusticia y la desigualdad crónica, y constituyen un ejemplo de dignidad, coherencia y compromiso.
En fin, podría seguir y seguir contando historias, anécdotas y momentos, pero hoy quiero recordar a José Meléndez, mi amigo y hermano, ceñirme a su disciplina por el texto y la síntesis concreto. Le rindo homenaje al amigo, al hermano comprometido, al gran periodista, al auténtico corresponsal de guerra que fue y decirle que me va a hacer falta, le voy a extrañar, pero, en medio de la tristeza, felicitarle y desearle lo mejor en su nuevo destino de paz y luz eterna junto a su mamá quien debe estar feliz por tenerlo a su lado.
¡Querido Pepe, seguimos siendo los mismos y nadie podrá arrebatarnos la gloria vivida!
– Exdiplomático