El retrato de Calderón Guardia

Carlos Revilla Maroto

Calderón Guardia

Hay imágenes que, sin quererlo, dicen más de lo que muestran. Esto sucedió el día de ayer que se dio a conocer una fotografía de la fracción legislativa del Partido Unidad Socialcristiana (PUSC) reunida con la presidenta electa Laura Fernández. La reunión en sí misma no tiene nada de particular, es parte de la ronda de contactos que cualquier gobierno entrante realiza con las distintas bancadas, y más que Fernández ejerce como ministra de la presidencia del actual Gobierno de Chaves. Pero la imagen, como suele ocurrir, esconde una ironía que merece ser contada.

En la pared, al fondo del salón, cuelga el retrato del Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia.

El hombre que impulsó las Garantías Sociales. El líder que, en alianza con la Iglesia y el Partido Comunista, logró que Costa Rica tuviera un Código de Trabajo, una Universidad, una Caja Costarricense de Seguro Social. El padre del Estado Social, como quiera que se le quiera llamar. El político que entendió que la justicia social no era un lujo, sino la condición de posibilidad de la paz y la estabilidad.

Ese retrato está ahí, en la pared de una fracción que hoy apenas sobrevive.

Porque el Partido Unidad Socialcristiana que se reúne en esa foto es apenas una sombra de lo que fue. No necesita uno hacer un recuento exhaustivo de sus miserias: basta con mirar los resultados electorales recientes. Un solo diputado electo. Una estructura territorial desmoronada. Una identidad diluida hasta el punto de no saber bien qué los diferencia de la derecha libertaria que los ha devorado por dentro. Cuestionamientos por todos lados, denuncias, procesos judiciales, dirigentes que saltan de una tienda a otra como si la militancia fuera un traje que se cambia según la conveniencia.

Este PUSC, el de hoy, no es ni la sombra de aquel que gobernó el país en los años noventa. Es, en el mejor de los casos, un cadáver político que aún no ha tenido la decencia de caerse. En el peor, un espacio que ha sido capturado por los mismos intereses que Calderón Guardia combatió cuando puso al Estado al servicio de los más débiles.

Y sin embargo, ahí está su retrato. Presidiendo la reunión. Como un testigo mudo de la contradicción.

Porque ¿qué tendría que decir Calderón Guardia si viera lo que ha pasado con sus descendientes políticos? ¿Qué opinaría de ver a los sucesores de su tradición socialcristiana aliarse con quienes sueñan con desmantelar las Garantías Sociales que él ayudó a construir? ¿Cómo explicarles que el Estado Social que él impulsó es hoy visto por muchos de sus supuestos discípulos como un estorbo que hay que reducir, cuando no eliminar?

Uno se imagina al Dr. Calderón Guardia observando la escena desde su marco de madera. Viendo cómo los que deberían ser sus herederos políticos se reúnen con un gobierno entrante no para defender las conquistas sociales, sino para negociar cuotas de poder. Viendo cómo el partido que él ayudó a fundar en su versión moderna —la coalición que unió a calderonistas, liberacionistas disidentes y democratacristianos— se ha convertido en un cascarón vacío, un sello que se presta para transacciones que nada tienen que ver con la justicia social.

La fotografía es, en ese sentido, un documento histórico involuntario. Porque muestra el abismo entre el pasado y el presente. Entre lo que el PUSC fue y lo que es. Entre el retrato que cuelga en la pared y las personas que se sientan bajo él.

No es un fenómeno exclusivo de ese partido, claro está. Hemos visto en otros espacios cómo la derecha se ha ido adueñando de tradiciones que no le pertenecen, cómo ha secuestrado siglas y vaciado contenidos, cómo ha logrado que los herederos de los constructores del Estado Social se conviertan en sus principales sepultureros. Pero hay algo especialmente cruel en el caso del PUSC, porque el abismo entre la imagen del fundador y las prácticas de los herederos es tan profundo que resulta casi obsceno.

La foto nos invita a preguntarnos: ¿cuánto queda de Calderón Guardia en el PUSC de hoy? ¿Cuánto queda de su compromiso con los trabajadores, con los más pobres, con la universidad pública, con la seguridad social, en un partido que ha hecho del ajuste fiscal, la flexibilización laboral y la sumisión a los mercados su único programa?

La respuesta, por supuesto, es que no queda nada. O casi nada. El retrato está ahí, pero el alma se fue hace tiempo.

Y esa es la verdadera lección de la fotografía. No que el PUSC se haya reunido con la presidenta electa —eso es política normal, de la que se hace todos los días. La lección es que un partido puede conservar los símbolos de su fundador mientras traiciona todo lo que ese fundador representó. Puede tener el retrato en la pared y el vacío en el corazón.

Calderón Guardia, como decía al principio, fue el padre de las Garantías Sociales. Fue el político que entendió que el mercado por sí solo no garantiza justicia, que el Estado tiene un papel irrenunciable en la protección de los más débiles, que la paz social se construye con derechos, no con limosnas. Ese legado, hoy, está más vivo en los sectores populares que en el partido que lleva su apellido en la memoria histórica.

La próxima vez que vea esa fotografía, fíjese en el retrato. Mire bien la cara de Calderón Guardia. Y pregúntese si el hombre que impulsó las Garantías Sociales se sentiría orgulloso de los que hoy se reúnen bajo su mirada.

La respuesta, me temo, la sabemos todos.

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