El regreso

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Por Joaquín Roy

El asesor médico de la Casa Blanca, Anthony Fauci, una de las víctimas de las desconsideraciones de Donald Trump a su equipo, en una comparecencia junto al presidente sobre la situación de la covid-19 en Estados Unidos, el país con mayor número de contagios y de muertes por la pandemia. Foto: Casa Blanca

MIAMI, 9 jul 2020 (IPS) – “Como decíamos ayer”. Cuando, tras una anormal interrupción del calendario escolar, tal como sucedió recientemente con la extensión de las vacaciones de primavera (que no coinciden con las de “Semana Santa”), regreso a dar una clase sorprendo a mis alumnos con esta frase: “como decíamos ayer”.

La reacción de los estudiantes, al preguntarles sobre el origen de esas palabras, es un silencio generalizado. Trato de explicar su trasfondo y aprovecho para proporcionar un repaso de la historia de España (perfecta desconocida) y de Europa (algo más conocida).

Secundario es que aprendan la biografía de Fray Luis de León, con excepción de que capten algunos conceptos de la Inquisición, algo más conocida como parte de la llamada Leyenda Negra, muy instalada en la sociedad norteamericana, heredera de la británica.

En fin, en mi especial circunstancia de relación con los generosos lectores y editores que me han soportado durante el más de medio siglo de colaboración en diarios de España, Estados Unidos y América Latina, creo conveniente aclarar(me) el motivo de este hiato de casi dos años cuando dejé silencioso el teclado del ordenador y liberé a los editores de la pesada tarea de procesar mis textos.

Fueron simplemente razones personales, y una acumulación de trabajo académico. No fue por obstáculos internos de los diarios, a los que no tengo más que agradecer su paciencia durante años y un cierto desdén por descontinuar el ofrecimiento. Espero que lo tengan en cuenta ahora que pretendo reanudar las funciones, con una nueva versión del “como decíamos ayer”.

¿Por qué, ahora, regreso? Latente en varias semanas a medida que la pandemia se eternizaba y se repetía el caos institucional de respuesta, se ha ido instalando en mi percepción del país donde he vivido desde que el presidente estadounidense Lyndon Johnson (1963-1969) decidió no presentarse a la reelección.

He sentido la necesidad de enfrentar la explicación de la gravísima situación existencial de ese ente político, convertido en una nación, en realidad simplemente una idea, que llamamos Estados Unidos.

Y la razón más concreta ha sido la instalación de una persona en el control del rumbo de país. Por primera vez, en más de cinco décadas de residencia plena en Estados Unidos, siento la sensación de peligro de autodestrucción de una obra admirable, en todos los sentidos.

Este temor no se debe exclusivamente a la personalidad del presidente, sino que se observa que simplemente refleja o aprovecha los sentimientos de una parte imponente de la sociedad que Richard Nixon (1969-1974, comparativamente mucho menos temible que Donald Trump) llamó “la mayoría silenciosa”.

Ahora ha salido de su madriguera con una naturalidad impresionante, aderezada de una consigna para “hacer grande a América, de nuevo” (“to make great America again”), como reza el lema incrustado en la gorra de beisbol del presidente.

El momento que ahora vive Estados Unidos bajo Trump es muchísimo más serio que la experiencia del Watergate. Entre otras comparaciones, la honorable decisión que Nixon tomó con su renuncia, al comprobar que la destitución era inminente mediante el impeachment no está en el libreto de Trump.

Reforzado por el imperfecto proceso de expulsión efectuado por los demócratas, en el escenario de Trump no existe más que la superación de todas y cada una de las violaciones del buen gusto político y el incumplimiento de las más básicas leyes de protocolo.

El registro de su conducta incluye el mal trato de sus subordinados, el desdén por muchos los aliados tradicionales de Estados Unidos (Alemania, Italia, Francia), la mal disimulada admiración por un puñado de colegas autoritarios o decididamente dictatoriales (Vladimir Putin, Jair Bolsonaro), la desconsideración por los funcionarios de salud pública (el asesor médico de la Casa Blanca Anthony Fauci, el más destacado), culminando por los insultos personales a su predecesor Barack Obama, lo que es una violación fragante de los usos consuetudinarios de la política norteamericana.

Tras su obscena aparición al frente de una parroquia episcopaliana washingtoniana, a la que acuden tradicionalmente los presidentes recién elegidos, blandiendo una biblia, luego de haber limpiado el terreno con gases lacrimógenos y porrazos, no tuvo mayor aprecio que su propio jefe del Estado Mayor reconociera avergonzado haberlo acompañado.

Una docena de veteranos altos mandos militares (algunos, recientes cargos, destituidos fulminantemente) lo han censurado, algo insólito en la historia militar.

Avergonzados, selectos líderes republicanos comentan en privado (algunos ya en público) el desastre del partido fundado por Abraham Lincoln, que solamente dejará como rastro el fétido olor del fracaso. Lo acusan de incompetente, ignorante, inepto, anticuadamente estúpido y ahora causante del colapso del tratamiento de la pandemia. Insólitamente, esa minoría conservadora anhela la derrota de Trump en noviembre.

Su odio hacia los inmigrantes (legales o indocumentados) contrasta con el lema incrustado en el soporte de la estatua de la Libertad. En palabras de la poeta Emma Lazarus: «Dadme tus cansados, tus pobres, tus masas amontonadas gimiendo por respirar libres”.

Por todas estas razones he decidido regresar, con la generosidad de los editores y la magnanimidad de los lectores.

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. jroy@miami.edu.

RV: EG


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