Y nuestro nuevo estatus como “granorteamericanos”
Luis Paulino Vargas Solís
Hemos dejado ser un país centroamericano. Ahora somos un país “granorteamericano”.
Nuestro gentilicio ha cambiado: ya no somos ni costarricenses, ni menos centroamericanos: somos “granorteamericanos.
Pero también somos el “perímetro de seguridad” de Estados Unidos, así dicho por Peter Hegseth, secretario de Guerra de Trump.
O sea, y eufemismos aparte, Trump ha decidido crear un imperio colonial de nombre “Gran Norteamérica”, bajo dominio de Estados Unidos y con Washington (o el club Mar-a-Lago, esto todavía no está claro) como su capital imperial.
Veo a alguna gente celebrando. Ya hasta se sienten “american citizens”. Pero no uno de los miles de “american citizens” que se mueren todos los días en la calle al frente de un hospital sin recibir atención médica. No, ¡qué va! Si, en el colmo del delirio, más bien se ven a sí mismos residiendo en algún lujoso apartamento en un rascacielos de Manhattan.
A estos espíritus con vocación de esclavos, les tengo una mala noticia: no esperen que nada de esto nos pueda traer ningún beneficio.
A Trump no le interesa beneficiar a ninguno de nuestros países. Le interese subordinarnos a los intereses estadounidenses. Que seamos piezas en su ajedrez: obedientes al movimiento que se nos ordene y listas para el sacrificio si así le conviene al emperador.
Y si es que todavía alguien se hace el que no entiende, entonces le sugiero recordar la política de aranceles de Trump y el recorte, a lo bestia, que ha aplicado a todos los fondos para cooperación internacional.
Con Trump ha quedado claramente definida una política asimétrica. Solo que las asimetrías juegan enteramente a favor de Estados Unidos y en contra nuestra.
Que no siempre fue tan así. Nada más recordemos a Ronald Reagan, presidente estadounidense entre 1981 y 1989. También su ideología era agresivamente imperialista, pero, a pesar de eso, en su presidencia se aprobó, en 1983, la Iniciativa para la Cuenca del Caribe, la cual concedía un trato asimétrico a favor nuestro: apertura al mercado estadounidense para nuestras exportaciones, sin obligación de reciprocidad.
En justicia así debería ser las cosas: los países más ricos colaborando con los que son pobres o los que, en todo caso, no son ricos.
Con Trump las cosas son al revés: nosotros le damos libre acceso a las exportaciones provenientes de Estados Unidos mientras que nuestras exportaciones hacia ese país están sujetas a aranceles.
La perspectiva de Trump es mercantilista en el sentido más estrecho y mezquino del término, propio de los imperios coloniales de los siglos XVII-XVIII: quiere que seamos coto privado de cacería, a disposición, exclusivamente, de las inversiones por parte de corporaciones estadounidenses y como mercados totalmente abiertos a las exportaciones estadounidenses.
¿Puede eso traernos desarrollo, avance económico, prosperidad? No, indudablemente no.
No hay ni un solo caso histórico que respalde esa idea y, en cambio, hay muchas razones teóricas para cuestionarla.
Y, al final, la pregunta: ¿vamos simplemente a subordinarnos y aceptar, sin más, el estatus de empobrecidos protectorados coloniales?
– Economista jubilado
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