El chavismo como un fundamentalismo

Luis Paulino Vargas Solís

Chaves

El problema de los chavistas no es que sean “básicos” ni tontos. Tampoco es que sean de bajo nivel educativo. Lo más probable es que haya de todo: gente muy inteligente y gente limitadita; personas que apenas saben leer y otras con un buen nivel educativo.

Apelar a ese tipo de descalificaciones es inútil y erróneo, e implica eludir la cuestión de fondo.

El problema es otro: el chavismo ha pasado a ser un fundamentalismo, y, en cuanto tal, es dogmático e intransigente. Y, como todo fundamentalismo, apela a “fundamentos” enteramente ficticios, que, en este caso, giran alrededor de una reescritura y reinterpretación de la historia de Costa Rica por entero descabelladas, más la hipérbole de un mesianismo delirante.

Ese fundamentalismo lo hace invulnerable al argumento racional y a la evidencia. Todavía más, eso lo convierte en un arma temible que logra burlar los dispositivos que la inteligencia provee, tanto aquellos, de carácter defensivo, que son necesarios para detectar la mentira, como los de tipo proactivo, que incentivan la exploración crítica de la realidad en búsqueda de la verdad.

Puede que la persona sea muy inteligente y educada, pero de poco le valdrá su inteligencia y educación cuando ha quedado atrapada en esa especie de “caja negra epistemológica” que le prescribe un “a priori” irrompible acerca del mundo que la rodea.

De ahí la letanía de afirmaciones que lanzan, y que, contra todo argumento y contra toda evidencia, sostienen con ardor profético y espíritu de cruzada.

Algunos ejemplos:

  • Chaves lucha contra la corrupción (cuando la evidencia se acumula en el sentido de que estamos ante el presidente y el gobierno más corruptos que es posible recordar).
  • El Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) quiere “derrocar” a Chaves (cuando la evidencia indica, con abundancia abrumadora, que el Tribunal está actuando obligado por la beligerancia política del presidente, ejecutada docenas de veces a la vista de media humanidad, con lo que, de forma evidente, ha violado reiteradamente la Constitución y las leyes).
  • El TSE le pone una “mordaza” a Chaves (en realidad simplemente aplica lo que, de forma clara y taxativa, indican las leyes).
  • Chaves quiere recuperar y fortalecer a la Caja (la verdad es que se arraciman las evidencias que demuestran que la intención es exactamente la contraria).
  • Chaves lucha contra las mafias del crimen organizado (lo cierto es que tenemos toda una letanía de decisiones de este gobierno que, con toda nitidez, sugieren complicidad con esas mafias).
  • La Contraloría “obstaculiza” lo que Chaves quiere hacer. Admito que, en este caso, la cuestión es técnicamente más complicada, pero sí realmente hubiese interés por conocer la verdad y no tragarse sin masticar las locomotoras que Chaves les sirve a la mesa, se interesarían por entender lo que hay de fondo. Y ese fondo lo que nos indica es que la Contraloría simplemente ha impedido que Chaves decida a capricho, y según se lo dicte su regalada gana, sobre el uso de cuantiosos recursos públicos.

Y así sucesivamente.

Recientemente hemos visto como este fundamentalismo dogmático ha tenido una derivación especialmente descompuesta y corrupta.
Me refiero a las reacciones chavistas frente los siguientes tres casos:

  • Las familias cuidadoras que, durante varios meses, dejaron de recibir el subsidio que la ley les concede.
  • Los agricultores que producen alimentos para el mercado nacional, lo que ya había estado antecedido por la situación de las familias productoras de arroz.
  • Las pequeñas empresas radiofónicas afectadas por la tal “subasta” de las frecuencias radioeléctricas.
    En los tres casos la embestida de Chaves fue absolutamente cruel y desalmada, e iba dirigida contra los pequeños, los vulnerables, los débiles.

Pero el chavismo lo asumió como si aplastar a esas personas y familias, a esas pequeñas empresas, a esos pequeños productores, fuera una guerra santa.

Defendieron y aplaudieron la cacería despiadada de Chaves contra quienes son más vulnerables, se hicieron parte de aquellos actos, social y humanamente lacerantes y humillantes.

Ya aquí el asunto no simplemente atiende a un fundamentalismo dogmático que apaga la inteligencia y el raciocinio. Es, más bien, un asunto atingente a valores, preceptos éticos, concepciones morales y, en fin, concerniente a la mirada desde la que se ve a los congéneres, a los prójimos, a las otras personas.

Y lo que hemos presenciado es un profundo desprecio hacia el otro y la otra, y, en especial, un desprecio desalmado hacia seres humanos atribulados, sufrientes, golpeados, maltratados.

Aquí el fundamentalismo dogmático logra imponerse, ya no solamente a la inteligencia, sino a la sensibilidad, al corazón, al sentimiento, a la conciencia.

Abolidos los sentimientos de compasión, solidaridad y empatía, solo queda el odio desnudo.

Dondequiera que los fascismos han triunfado, lo lograron, no solo porque fueron capaces de anestesiar la inteligencia, sino, y principalmente, porque fueron capaces de intoxicar y descomponer el tejido moral, la fibra íntima de las personas.

Mantengo viva la esperanza, porque hay razones fundadas –es lo que nos dicen las encuestas más serias– de que los sentimientos nobles sobreviven y resisten en el corazón de una sustancial mayoría de costarricenses.

Pero no podemos ignorar que ese grupito recalcitrante y lleno de odio está ahí: bullicioso y beligerante; siempre amenazando e intimidando.

El futuro de Costa Rica depende crucialmente de que logremos frenar el contagio de ese odio.

Economista jubilado

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