Conversaciones con mis nietos
TODO Y NADA
Solo esta imaginación, esta máquina de hacer cuentos de hadas.
Suspendida en el espacio, sin saber por qué.
Pero tú también estás ahí, no solo yo.
Por eso, escribo y celebro todo lo que surge.
Mientras vuelo en esta alfombra mágica hacia ti.
Más allá de mi vida, donde me imaginas, como yo te imagino.
Y así juntos, imaginamos el universo.
Y somos Nada y Todo, a la vez.
Arsenio Rodríguez
De alguna manera estas palabras se alinean en fila, como familia de elefantes en procesión, tomándose de la cola, para tratar de compartirles esta colección de pensamientos derramados, sobre este baile bajo las estrellas, que es nuestro trabajo y nuestro arte.
La vida no está hecha de titulares y dramas, filosofías y teorías profundas, escuelas intelectuales y partidismo político, ni de juegos apocalípticos y de salvación. Esta más bien enhebrada de momentos simples e individuales, como el de la flor silvestre que crece desapercibida, en un rincón descuidado del jardín, o la danza emocionada de una abeja al encontrar flores nutritivas, y los gestos espontáneos de amor, que llevamos a cabo sin darnos cuenta, para aliviar el dolor del otro. Se trata, de las luchas sostenidas por todos en secreto, para conquistar nuestras propias debilidades, del universo de pensamientos y sentimientos nunca compartidos, de nuestros miedos nunca manifestados, y de los santiamenes de asombro, que hemos vivido ante las maravillas que nos rodean.
Perdemos de vista, la belleza de cada momento por enfocarnos demasiado, en desempeñar el papel del personaje que representamos. Pero sin embargo a veces, por razones inexplicables, tenemos una visión del teatro en su conjunto, y nos damos cuenta de que todo es una producción de una obra de Ser, para tornarse en lo que Es.
Les escribo desde esta antesala, donde el lenguaje finalmente comienza a postrarse y a desvanecerse. Donde ya los argumentos, y las creencias, ceden a una comprensión, inentendible e inexpresable. Donde se sienten esos momentos de claridad, que llegan sin avisar, como luciérnagas encendidas, y alumbran adentro, en vez de afuera: Como una presencia que se revela a sí misma.
En esta sala de embarque, el tiempo sigue corriendo. Hay nombres y recuerdos de la obra que concluye, pero se percibe algo, que está más allá del trayecto recorrido. Se siente un esperar sin esperar, un saber sin saber.
Sucumbir, sí, esa es la clave. No es entender. Ni pretender que uno ha vencido el miedo. O que ha llegado a ser virtuoso. Simplemente es ceder, a ese adentro que ampara a uno todo el tiempo, durante el teatro de la vida.
Hay algo que está más allá de la lógica, y de todo el andamiaje mental; del miedo y sus ensayos, de la rectitud, la valentía, la humildad y el orgullo. Y no está superpuesto, como un sentido de moralidad, sino que es algo que antecede e incluye—como el escenario y el libreto antes de la obra, como el silencio, antes que el sonido empiece a bailar.
Callado, antiguo, intuitivo—hermoso porque no es heroico. Es natural. Allende cualquier dimensión, ideología o creencia. Un pertenecer inexplicable. Donde lo que es -ES.
Todo lo demás—el devenir, el esfuerzo, los personajes que nos encontramos, con quienes nos relacionamos de tantas maneras, en amores y odios, son una coreografía, superpuesta a esa quietud. Son gotas paralelas, que se derraman por la vitrina de la vida -hacia el mar.
Nos concentramos en nuestra actuación, mientras la obra se va presentando, tanto que nos olvidamos de mirar alrededor y de ver y maravillarnos, con la iluminación, los efectos de sonido, los asientos, los actores, el público—y percatarnos, de que todo está hecho de una misma sustancia, que está viéndose a sí misma en el desarrollo de esta obra que es la vida.
Rara vez, en ocasiones de santiamén, inexplicablemente—logramos echar un vistazo tras bastidores. Y vemos entonces que la tragedia y la comedia son gemelas. Que definir nuestro ser, nunca fue un problema, porque siempre somos el Ser.
Y nos damos cuenta.
Entonces sabemos que bailamos bajo las estrellas, con las estrellas, siendo ellas. Y quizá por eso, ahora les escribo desde esta sala de espera, para compartir esos santiamenes, que, aunque no los puedo revivir, los siento, con el recuerdo de sus miradas en tantos momentos particulares compartidos. Y no, no es para persuadirlos, provocarlos, entristecerlos, o argumentar. Ni aún para decir adiós. Es un compartir de esos que no requieren conclusiones, interpretaciones o respuestas.
Es solamente, una silenciosa aquiescencia entre viajeros, cuando ya al cierre de las cortinas—todavía sigo viendo la obra, y disfrutándola, pero estoy adivinando un poco más de lo que verdaderamente se trata. Y les comparto estas notas para desearles, que estén pendientes de sus santiamenes, y de la luciérnaga de adentro, mientras continúan desempeñando su papel.
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