Guadi Calvo
Por arbitrio de la fatalidad, las capas teutónicas o acaso un Dios terrible se ha impuesto, por un momento, callando la guerra civil birmana, tras el terremoto del pasado veintiocho de marzo.
Desde mayo del 2021, tras el golpe del primero de febrero, la junta militar se bate contra un cúmulo de grupos armados etno-regionales, tan diferentes entre sí (nacionalistas, marxistas e integristas), que sus demandas se enmarañan, se asocian, se diferencian y se confunden, abriendo la posibilidad de, que, de ser vencida la junta, el país pueda entrar en un proceso de balcanización.
El sismo solo ha agregado más desolación al país, que sufre una guerra que ya ha dejado cerca de diez mil muertos, la destrucción de importantísima infraestructura y que además generó el desplazamiento forzoso de cerca de tres millones de personas.
Si bien tanto las acciones de las insurgencias como las del propio Tatmadaw (ejército) ya habían sido lo suficientemente violentas como para haber paralizado la producción, desconectado importantes áreas del país de la red eléctrica y de comunicaciones, además de la destrucción de caminos, puesto en estado de emergencia al sistema sanitario, donde tanto la asistencia en los hospitales como la distribución de medicinas y otros insumos ya era intermitente y aleatoria, la catástrofe se encargó de demoler lo poco que la guerra todavía no había derrumbado.
El paisaje de las grandes áreas urbanas como Mandalay o Naypyidaw, la capital del país, es distópico, como si un gigantesco y veloz efecto dominó hubiera provocado la caída de miles de edificios, desconociéndose cuántas personas han quedado aprisionadas entre las capas de concreto.
Incluso los servicios de socorro, con recursos escasos, apenas se pueden movilizar entre las cordilleras de mampostería destruida en que se han convertido las ciudades.
Por lo que la principal ayuda depende de la asistencia internacional. China ha sido el primer país en enviar recursos y centenares de rescatistas a las zonas de desastres, a donde también están llegando desde Malasia, Vietnam, Bangladesh, Rusia, India, Australia e incluso desde Tailandia, que también fue afectada por el terremoto del pasado veintiocho, pero en menor medida.
El difícil acceso a las áreas del colapso, los cortes de los servicios de internet, ya muy restringidos por la junta de gobierno, están limitando todavía más el acceso a la información desde el terreno. Por lo que los diferentes grupos de interés, tanto nacionales como del exterior, que jugaban discretamente sus fichas en la guerra, están informando según sus propias necesidades.
La presencia del general Min Aung Hlaing (MAH), comandante en jefe del Tatmadaw, y de hecho presidente del país, que viajó a las zonas afectadas, junto a periodistas afines y algunos medios extranjeros, obviamente fue criticada por la oposición, que lo ha denunciado como un mero acto publicitario.
Algunos referentes sociales, vinculados a diferentes ONG que trabajan sobre el estado de los derechos humanos en Birmania, dicen que ya no hay nada que el general Hlaing pueda hacer para mejorar su imagen, ya muy discutida desde el golpe de febrero del 2021, y mucho más a partir de mayo de ese año cuando comenzó la guerra, debido al abuso de sus tropas contra la población civil.
La actitud de permitir el ingreso de ayuda internacional muestra hasta qué punto es la gravedad de la situación. El Tatmadaw incluso abrió sus fronteras a países con quienes mantiene relaciones tensas, como Australia e India. Esta nación había cerrado y establecido exhaustivos controles militares en varios sectores de los mil quinientos kilómetros de su frontera para impedir la llegada de refugiados que escapan del conflicto.
Yangón, la antigua Rangún, ha sido la primera ciudad en recibir a los rescatistas enviados por Beijing y por Moscú, mientras existen versiones de que los militares estarían impidiendo el acceso de expertos en catástrofes de Taiwán, por no generar las suspicacias de China, el principal aliado económico del país.
Diferentes entidades civiles, apenas horas después del terremoto, habían advertido que la asistencia humanitaria llegada desde el exterior podría convertirse en un arma publicitaria del régimen, distribuyéndola según sus propios intereses políticos e incluso que pudiera caer en las redes de corrupción estatal.
Ya en 2008, después del ciclón Nargis, que golpeó el delta del Irawadi, cercano a Yangón, que dejó cerca de ciento cuarenta mil muertos, los militares que por entonces gobernaban se negaron a recibir ayuda internacional, a pesar de carecer de medios y la organización suficiente para emprender un trabajo semejante. También esta misma junta militar, en 2023, después de sufrir el ciclón Mocha, en este caso no tan grave como el Nargis, se negó a admitir la llegada de cooperantes, y según la oposición a la junta, habrían retenido y redireccionado la ayuda internacional. En el caso puntual de esta última tragedia, los equipos de rescate están acusando a los militares de estar acaparando la ayuda.
Toda la información occidental sobre la junta militar puede estar influenciada por los fuertes intereses e inversiones chinas en Birmania, a pesar de que esas relaciones entre Naypyidaw y Beijing han sido continuas, más allá de quién gobierne Birmania.
¿Por dónde seguirá la guerra?
La declaración de un influyente astrólogo sobre que el terremoto ha sido un mensaje de los Dioses que anuncia el fin del conflicto ha tenido una gran repercusión en una sociedad fuertemente supersticiosa.
Incluso existe un “almanaque astrológico” de cataclismos, donde se afirma que “un terremoto en marzo anuncia la destrucción de ciudades”. Cosas veredes, Sancho…
En este contexto no deja de estar cargado de simbolismo que el mundo se “haya abierto” el mismo día en que el Tatmwad celebraba el aniversario número ochenta de su creación, con un desfile en Naypyidaw (la morada de los Dioses), fundada en 2005 a un costo de cuarenta mil millones de dólares, en el contexto de cambios que las juntas militares, que se sucedieron desde 1962, llevaron a cabo, y que en 1989 incluso cambió el nombre de Birmania al actual Myanmar.
El Gobierno de Unidad Nacional (GNU), que se ha conformado en el exilio tras el golpe, propuso un alto al fuego de dos semanas, para que se puedan realizar los rescates y los trabajos de contención ante la tragedia. A lo que adhirió el principal grupo insurgente: la Alianza de las Tres Hermandades, que ha motorizado las acciones contra la junta. Esta organización está formada por el Ejército de la Alianza Democrática Nacional de Myanmar (MNDAA), el Ejército de Liberación Nacional de Ta’ang y el Ejército de Arakan, aunque se reserva la posibilidad de accionar ante cualquier acción defensiva.
Según la prensa internacional, el comando del ejército habría rechazado la propuesta, argumentando que la insurgencia continúa organizándose, reclutando y entrenando, aunque el miércoles tres se conoció que el ejército adhería al alto el fuego por lo menos hasta el veintidós de abril.
El GNU denunció que, apenas a tres días del terremoto, el Tatmwad siguió con sus operaciones aéreas contra diversos objetivos como Sagaing, Karenni, Mandalay y Naypyidaw. Mientras se están realizando operaciones de rescate.
En el contexto de la guerra mediática, donde los frentes parecen todavía más confusos que los reales, el Ejército de Liberación Nacional Ta’ang afirmó que el primero de abril atacó un convoy de la Cruz Roja proveniente de China, que se dirigía hacia Mandalay, que había informado de su ruta a las autoridades militares. Particularmente, esta información fue rápidamente negada por el departamento de prensa del ejército.
Hay que anotar que acerca de la continuidad de las acciones militares, denunciadas por parte de la oposición, contrasta con la información de diversas fuentes, que indican que la magnitud del desastre es tal, que más allá de la voluntad de las partes, las operaciones del ejército, con una estructura naturalmente siempre superior a la de la guerrilla, en este nuevo contexto son imposibles de realizar.
En contraposición, otras opiniones insisten en que, según imágenes satelitales, dejan ver bases aéreas que están en buen estado, mientras sus hangares se han mantenido de pie, por lo que podrían seguir utilizándose.
De ahora en más habrá que esperar la ruta que seguirá la guerra, mientras los cerca de cincuenta y cinco millones de birmanos quedan en manos de un Dios terrible.
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