Carlos Revilla Maroto
Hay fenómenos globales que, aunque tardan en cruzar nuestras fronteras, terminan desembarcando con una fuerza devastadora. Costa Rica, históricamente vista como la «excepción democrática», finalmente ha visto llegar a sus costas al encantador de serpientes. Es un guion que se repite en todo el mundo: aparece una figura que sabe leer el «cabreo» legítimo de quienes se sienten olvidados por el sistema y, con una flauta afinada en la indignación, empieza a tocar la melodía que todos quieren escuchar.El populista no nace de la nada; es el síntoma de una enfermedad previa. Se alimenta del desencanto acumulado, de la ineficiencia de las élites y de la sensación de que el sistema ya no responde a las necesidades del ciudadano común. En ese escenario, el populista no ofrece soluciones complejas (que son las que el mundo real requiere), sino culpables directos y promesas de una purga salvadora.
El gran engaño de este «encantador» es que el remedio que ofrece termina siendo mucho más letal que la enfermedad original. Su estrategia es sencilla pero suicida: para «salvar» al pueblo, debe socavar la institucionalidad.
En Costa Rica, esa institucionalidad —los pesos y contrapesos, el respeto a la ley, la división de poderes— ha sido el cimiento que nos ha permitido ser un país de paz y derechos en una región convulsa. Cuando el populista ataca a los jueces, a la prensa o a los órganos de control, no está atacando a la «casta»; está dinamitando las columnas que nos protegen del despeñadero.
Es así como, el verdadero triunfo del populismo no está en sus propuestas, sino en su capacidad para reducir la realidad a una caricatura de «buenos contra malos». Nos convence de que los problemas complejos de un Estado moderno se resuelven con puñetazos sobre la mesa o con frases pegajosas en redes sociales. Al aceptar esta narrativa, el ciudadano deja de ser un actor crítico para convertirse en un seguidor devoto; deja de exigir resultados para exigir venganza. El peligro radica en que, mientras nos distraen con el espectáculo de la confrontación, la verdadera gestión pública —aquella que garantiza nuestra salud, seguridad y educación— queda en manos de la improvisación más absoluta. Al final, el encantador de serpientes no busca solucionar los problemas, sino mantenernos lo suficientemente encandilados como para que no notemos cómo se desmorona la casa que nos cobija.
Lo más trágico de la metáfora del Flautista de Hamelín es el destino final. El pueblo, hipnotizado por el sonido de la flauta y por la figura de alguien que parece «uno de ellos» pero con poder, camina -de nuevo- voluntariamente hacia el abismo, pero ahora, lo que es peor, con conocimiento de causa. Una persona con muy pocos atributos reales para gobernar, pero con un inmenso talento para la seducción del caos, se convierte en el guía de una nación. Al final, lo que queda no es un sistema renovado, sino un paisaje institucional en ruinas donde los derechos de los demás ya no tienen quien los defienda.
Una persona con muy pocos atributos reales para gobernar, pero con un inmenso talento para la seducción del caos, se convierte en el guía de una nación. Al final, cuando la melodía se apaga y el encantamiento se rompe, lo que queda no es un sistema renovado, sino un paisaje institucional en ruinas donde los derechos de los demás —la base misma de nuestra convivencia— ya no tienen quien los defienda.
Estamos a tan solo cuarenta y ocho horas de acudir a las urnas, y nunca antes el peso de nuestra decisión había sido tan determinante para el futuro de nuestra paz social. Este domingo, el voto deja de ser un simple trámite administrativo para convertirse en el único dique de contención capaz de frenar el avance de la flauta hipnótica. No podemos permitir que el «cabreo» momentáneo nos nuble el juicio frente a la catástrofe que representa perder nuestra institucionalidad. Es el momento de votar con la cabeza fría y el corazón puesto en la democracia que heredamos, para evitar que, al despertar el lunes, nos encontremos ya en el fondo del despeñadero. El domingo, Costa Rica tiene la palabra; que sea para salvarse, no para entregarse.
Nota sobre la leyenda: Para quienes no recuerden el cuento de los hermanos Grimm, el Flautista de Hamelín no solo se llevó a las ratas de la ciudad; cuando los gobernantes se negaron a cumplir su promesa, tocó una melodía aún más dulce y se llevó a todos los niños, quienes lo siguieron hipnotizados hasta una cueva de la que nunca regresaron. En política, como en las leyendas, el peligro no es la música, sino hacia dónde nos lleva quien la toca.
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