Cuando don Juan María Segreda tuvo en esta capital al servicio del público su lujoso gabinete óptico, muchas personas lo visitaban en busca de salud. Venían gentes de diferentes lugares de la república atraídos por la fama del doctor como médico oculista.
Una vez se acercó un campesino adinerado de la provincia de Heredia a examinarse la vista. Padecía de un ojo. El doctor y general Segreda le propone una operación que el paciente acepta gustoso a sabiendas de que era muy delicada y difícil de practicar. O se salvaba o se perdía para siempre el ojo.
Transcurridos los días y llegado que hubo el momento de quitar las vendas, el paciente, todo nervioso y preocupado, le dice al doctor:
—“¡Doctor … doctor …, doctor, no veo nada con mi ojo!”.
Entonces, el oculista, le contesta:
—“Mira viejo: para lo que hay que ver en Heredia, con un ojo basta .
Tomado del Anecdotario Nacional de Carlos Fernández Mora. Dibujos de Noé Solano. Usado con autorización.