A la memoria de Carlos Martínez Durán, 1906-2026
Caryl Alonso Jiménez
Era un Efrit del ingenio y la cultura, con el don del alma abierta. Su narración fue casi épica en periplos, autores, libros y pasiones, de esas que hacen de la circunstancia, una nostalgia… Historias que al paso de los años se me acumularon y no sé si fueron verdad o las invente… Pero fueron emociones, ilusiones y colisiones para el recuerdo. Años de cafés, adioses, omisiones y nostalgias…
Fue en mis años de adolescencia, allá a principios de los años setenta cuando tuve la grata oportunidad de conocer y escuchar al Doctor Carlos Martínez Durán. Uno de los excepcionales personajes con la elegancia y exquisito sentido de vida.
Fue en ese momento que descubrí que el mundo era más que aquel pueblito perdido en el norte de Guatemala; ese mismo que despertó intensas facetas de la historia contemporánea en 1954, hasta alcanzar el relato de Mario Vargas Llosa (1936-2025), nobel 2010, en su libro, “Tiempos recios” (2019).
Aquella noche fue excepcional. Los relatos y crónicas se le agolpaban a Martínez Durán en esos gestos, donde el lenguaje pierde su tonalidad para convertirse en la sonoridad verbalizadora, esa que enciende la imaginación más allá de los cuentos de Scheherezada.
Al igual que Hemingway en “Paris era una fiesta” (1988), fue capaz de dilucidar con palabras el aroma de los bivalvos que alcanzan su grandeza gastronómica en las mesas callejeras de Paris, que años después pude compartir con mi esposa en el aniversario 25 una noche en Chatelet.
Aquella noche recorrió Martínez Durán Jerusalén. Atenas, Buenos Aires, Londres, Nueva York, Praga, y finalizó en los canales de Ámsterdam, por ese hermoso encanto de Zaanse Schans, qué años más tarde caminé en una inolvidable compañía con mis herederas… Caminó por las orillas del Sena, que rehíce una tarde y fue allí que entendí mejor la nostalgia. Fueron relatos que me sentenciaron y con los años pude revivir una tarde en una caminata por Atenas y celebrar 48 años junto a mi esposa y, finalmente reencontrarme con Praga, y vivir la alucinación del síndrome de Stendhal.
Resultaba temerario Martínez Durán aquella noche, sus descripciones eran épicas, de guerreros templarios que tenían valentía y obcecación por la fe… Eran relatos contados paso a paso en andanzas míticas, y sobre todo, por esas traducciones monumentales en un verbo que definía líneas arquitectónicas con el pincel de la imaginación… No nos cabía duda esa noche… Martínez Durán fue capaz de hacernos creer que las edificaciones milenarias estaban allí, junto a nosotros y que daban vida a personajes desconocidos, pero curiosamente amigables.
Eran esos años en los que ambicioné que las pasiones fueran eternas… la primera se quedó perdida en un parquecito del pueblo, la otra fue solo imaginación… fueron como la estela cósmica del Bennett (visible en marzo 1970), y tan pasajeras como la primavera. Pero fue una pasión la que se detuvo y se quedó por cincuenta años hasta hoy.
Estaba seguro que la promesa Nerudiana haría que reaparecieran con el tiempo y reclamarían aquella fugacidad. Pero no, solo tuvieron la epidémica enfermedad temporal del miocardio, y se fueron con los copiosos inviernos de la costa atlántica.
Hoy, ya domesticado por el tiempo y después de cincuenta años, al igual que el zorro de Saint-Exupery, (2019), descubro que mucho es imaginación, por repetidos periplos y abarrotadas lecturas de relatos que hoy me resultan imperecederos. Relatos que me ablandaron esas noches de soledad adolescente y trazaron lo que sería mi espíritu futuro, ahora, lleno de intensas narrativas de una ficción que alguna vez conté en cuentos infantiles a mis pequeñas.
No lo puedo negar, conocer a Martínez Durán fue profético, marcó mi vida para siempre. Años después doña Leonor, su esposa, una tarde en una grata charla rememoró con pasión sus relatos en, “Realidad y ensueño del peregrino”, autografiada con afecto.
Recordé esa tarde los deslices nocturnos de una competencia vinícola en Buenos Aires en los años Ochenta, que por supuesto perdí. Esa noche rendimos tributo a Gardel en Caminito y cantamos a grito partido esa madrugada, “que 20 años no son nada…”.
Alucinación que me hizo ver en la más clara oscuridad el puente levadizo del Riachuelo, que me guardé por años temiendo su inexistencia. Mucho tiempo después en una caminata matinal llegué al café Tortoni con mi esposa y luego a Caminito, y allí estaba, que no era más que la perversa jugarreta vinícola del Buenos Aires de nostalgia.
No cabe duda, aun hoy Martínez Durán me resulta un Quijano en esas andanzas del juglar que se consumó en, “Las viejas crónicas pulidas por el tiempo”, en las que mira al mundo desde el atrio de la cátedra reclama que, “en el libro y la lectura germinarán libertad”.
Martínez Durán alcanzó el prestigio de autoridad académica en la Universidad de San Carlos de Guatemala, fue Rector Magnífico con los más altos valores, reputación, extraordinaria dignidad, prestigio y mérito… estatura que nadie alcanzó después.
Ahora pasados los años se me agolpan las nostalgias de aquella noche, algunas las inventé a esta edad, porque así quiero recordarlas… Pero hoy en sucesivos pasajes, momentos, amigos, lugares y hasta cafés… que por pasajeros, fueron la sentencia que Martínez Durán dejó aquella noche y que hoy cobran sentido al insistir que, “el saber debe ser siempre un modo superior de libertad…”
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