Ocean Castillo Loría
Con sumo interés, hemos leído el artículo del politólogo, Gustavo Araya Martínez: “Más allá del resultado: una invitación al análisis electoral riguroso”.
En efecto, la invitación de Araya, es necesaria: primero, porque nos hace retornar a la epistemología de las Ciencias Políticas; y segundo, porque nos hace retornar a los conceptos propios, de lo que es un politólogo y su ética.
¿Cómo hacen los politólogos análisis político?: si dialogamos con autores como: Maurice Duverger, Giovanni Sartori, Jean Meynaud o Norberto Bobbio, se puede articular una crítica rigurosa que tiene que ver con: determinismos, fetichizaciones, reduccionismos, simplificaciones; y retórica de los marcos interpretativos.
Además, si vamos a la teoría del espacio y tiempo histórico de Víctor Raúl Haya de la Torre, tendremos que caer en las especificidades de la cultura política costarricense, su desigualdad estructural; y hasta el tema de la gobernabilidad democrática en contextos latinoamericanos.
En este punto, resulta iluminadora la tesis de Helio Jaguaribe, sobre el desarrollo dependiente y la autonomía relativa del Estado en América Latina: para Jaguaribe, los procesos políticos latinoamericanos no pueden analizarse como simples variaciones de modelos europeos, sino como configuraciones históricas condicionadas por estructuras de dependencia, por élites modernizadoras y por límites sistémicos al desarrollo; y esto, trasladado al análisis electoral, implica que los resultados no son meras expresiones de preferencias individuales, sino condensaciones de trayectorias estructurales de desarrollo, exclusión; y capacidad estatal.
Araya, denuncia el uso de “un determinismo retrospectivo”: antes de saber el resultado, hay temores de expresar que: “en política solo hay una ley, la del cambio permanente” (Francisco Barahona Riera); pero una vez conocido el resultado, se abraza la tesis de que: “era inevitable”: incluso un estimado amigo y colega, llegó a escribir: “¿Por qué fue tan fácil prever el triunfo de Laura Fernández?”.
En esto, no podemos olvidar la advertencia del Dr. Rotsay Rosales Valladares: el análisis electoral, debe distinguir entre tendencias estructurales y coyunturales, la estabilidad democrática costarricense, no significa ausencia de reconfiguración, confundir estabilidad institucional con predictibilidad absoluta, es un error analítico.
Rosales ha insistido en que, la democracia costarricense, combina continuidad institucional con transformación del sistema de partidos y cambios en la representación. Esta tensión entre estabilidad y cambio, exige categorías dinámicas, no narrativas deterministas.
Esta crítica del “determinismo retrospectivo”, nos permite dialogar con Sartori: en su libro: “Partidos y sistemas de partidos”, el autor, advierte que, los sistemas políticos no son mera suma de variables (Tentación en la que nos parece hemos caído, desde que se presentan los Informes sobre el Estado de la Nación).
Aquí cabe incorporar la perspectiva de Niklas Luhmann: los sistemas políticos son sistemas autopoiéticos (Redes cerradas de comunicaciones, que producen y reproducen sus elementos constitutivos) de comunicación, que operan reduciendo complejidad mediante códigos propios (gobierno/oposición, poder/no poder).
Desde esta óptica, el análisis que pretende explicar retrospectivamente todo resultado como “inevitable”, desconoce que el sistema político procesa contingencias; la contingencia no es falla, es condición constitutiva del sistema. Por ello, pretender eliminar la incertidumbre, equivale a desconocer la lógica sistémica misma de la política.
Los sistemas políticos, tiene que ver con marcos racionales (Y nos atreveríamos a decir, hasta emocionales): en ellos, hay: competencia, fragmentación y polarización. Las explicaciones no son lineales, y no “son fruto de una sola causa” (Tal realidad, nos lleva al concepto esencial de las Ciencias Políticas: en Costa Rica, hablamos de “ciencias” y no de “ciencia”: se requiere del estudio de un conjunto de ramas del conocimiento. Un estimable ex profesor de la Escuela, en la Universidad de Costa Rica, nos decía en son de broma, que: “había que estudiar hasta ciencias ocultas”).
Por su parte, Duverger demostró que, las instituciones importan, de hecho, lo probó hasta desde las estadísticas y las probabilidades. Ppero esas estadísticas y esas probabilidades, son tendencias (No podemos olvidar, la insistencia del maestro Rodolfo Cerdas al respecto en las aulas): hoy, esas tendencias parecen destinos; y aún peor: “parecen destinos que, los politólogos ‘siempre supieron, pero temieron expresar’”.
Tal parece que, en un deseo de superar el complejo, en el sentido de que, las Ciencias políticas no son ciencias exactas, entonces: las elecciones no son procesos abiertos (Y, por tanto, abiertos al cambio). Pareciera que, más que dinámicas sociales, son meros “números y silogismos”.
No se puede olvidar una tesis central de Bobbio: la democracia: “es un conjunto de reglas de juego”, y el objetivo de esas reglas, es “organizar la incertidumbre”: por esto nos pareció muy valioso, un recordatorio que, en un programa de radio, hiciese el Dr. Rotsay Rosales Valladares: “la democracia implica: certidumbre en los procesos e incertidumbre en los resultados”: lamentablemente, un sector de analistas y politólogos, quieren traicionar esa realidad: por nuestra parte, lo decimos, “medio en broma, medio en serio”: “si fuésemos pitonisas, estaríamos secuestrados por Putin o por Trump”.
En diálogo con Jürgen Habermas, podríamos añadir que la legitimidad democrática no descansa solo en la regularidad procedimental, sino en la calidad del proceso deliberativo: la esfera pública debe permitir una formación racional de la voluntad colectiva. Cuando el análisis politológico se transforma en propaganda o en dogma técnico, se distorsiona la comunicación pública y se coloniza el mundo de la vida por sistemas estratégicos de poder y dinero.
Precisamente en este punto, conviene incorporar aportes del Manual de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de Fabio Sánchez y Nicolás Liendo: los autores subrayan que la Ciencia Política contemporánea, se caracteriza por el pluralismo metodológico y por la articulación entre teoría, método y evidencia empírica. No existe una única vía legítima de análisis; la disciplina combina enfoques normativos, empírico-analíticos, institucionalistas, conductuales y estructurales. Por tanto, reducir el análisis electoral a un único instrumento —sea encuesta, modelo econométrico o intuición histórica— contradice el carácter integrador y comparado que la disciplina exige.
Precisamente, en la recién pasada campaña electoral, nos llamó la atención que, en varios medios de comunicación colectiva, se “le estuviera dando pelota” a un analista relativamente joven: como la curiosidad también es base del aprendizaje, nos dimos cuenta que, el estimado profesional, es abogado y, “consultor en política y estrategia”: como es lógico, esa segunda actividad, era la que llamaba la atención de los medios.
El tema es, que luego de poner atención en el experto, nos dimos cuenta que, lo que parecía hacer era: “convertir encuestas y modelos, en árbitros definitivos de sentido”. Quizás, lo más lamentable, era que, cuando compartía espacio con politólogos, ellos, “no ampliaban el lente de análisis, sino, que se subordinaban a la ‘sacra palabra’ de los números”.
Desde Luhmann, esto puede interpretarse como una hipertrofia del subsistema científico dentro de la comunicación política: el código verdadero/falso, invade el código poder/no poder, produciendo la ilusión de que la verdad estadística sustituye la decisión política. Pero la política no opera con el código de la verdad científica, sino con el de la decisión vinculante; confundir ambos planos genera “cuantofrenia” (Ya la definiremos) y distorsión funcional.
Tal evidencia, nos lleva a una especie de “poder invisible”, esto, porque “las encuestas y modelos, se convierten en dispositivos simbólicos que producen autoridad”: aquí se establece un puente con el tópico religioso: los científicos sociales, pasamos criticando a los religiosos (pastores o sacerdotes), porque “ellos se envisten de una autoridad simbólica”: pues, este consultor del que estamos hablando, “parecía un sacerdote de los números, ellos usados, como dogmas irrefutables”.
En esas participaciones, los modelos del especialista, no solo medían: también ordenaban la conversación en los medios. Seamos claros: las Ciencias Políticas, tienen métodos y técnicas, cualitativas y cuantitativas: el problema es, que, en algún momento, los politólogos, han caído en “una supremacía de los métodos y técnicas cuantitativas”.
No podemos olvidar que, en algún momento, cuando llevábamos unos cursos de actualización, uno de los profesores, nos decía que: “las revistas de Ciencias Políticas en el futuro, serán cada vez más semejantes, a las revistas de las ciencias exactas, llenas de estadísticas, de modelos probabilísticos”.
En su libro: “La Política: Lógica y Método de las Ciencias Sociales”, Sartori, advertía sobre la “cuantofrenia”, la ilusión de que: “medir, equivale a comprender”.
En el caso del especialista del que hablamos, esto se cumplía tal cual. Habermas alertaría que la racionalidad instrumental —orientada al control y a la predicción— no puede sustituir la racionalidad comunicativa, orientada al entendimiento. Un análisis electoral que solo optimiza predicción, pero no contribuye a la comprensión crítica ni al debate público, empobrece la democracia.
En consonancia, Sánchez y Liendo, enfatizan que la explicación politológica debe ser conceptualmente precisa y empíricamente contrastable; la operacionalización de variables no puede desanclarse del marco teórico. Cuando los indicadores sustituyen al concepto, se produce una distorsión analítica: se mide lo que es fácil medir, no necesariamente lo que es relevante explicar.
Por ello, no puede olvidarse, lo que por ejemplo ha establecido el politólogo Enrique Gomáriz, en el sentido que, los datos cuantitativos, deben ubicarse en los contextos estructurales de desigualdad y exclusión.
Lo contrario, produce diagnósticos incompletos: si el análisis electoral, ignora las estructuras de exclusión, termina siendo análisis conservador, se convierte en racionalización del orden, no en comprensión crítica (Dussel, Ibáñez). Así, el artículo de Araya Martínez, lleva razón: los modelos son instrumentos de aproximación, no revelaciones.
A su vez, lo dicho, conduce a tesis expresadas en muchas ocasiones por diversos politólogos, a saber: “las encuestas no son predictivas, son fotografías del momento”: pese a ello, por ejemplo, en redes sociales, se insistía antes y después de las elecciones: “las encuestas fallan, las encuestas, volvieron a fallar”: por nuestra parte, creemos que esta distorsión se debe a la cultura política costarricense:
- De 1978 a 1998, al darse una competencia entre el bipartidismo, generaba una estabilidad que permitía una gran cercanía entre los guarismos estadísticos y el resultado final de las justas (Prácticamente, esto, solo cambiaría en 1986, donde antes de “la tregua navideña”, la Unidad Social Cristiana, ganaba las elecciones; cosa que se vería cambiada para enero de ese año. El comando de campaña del PLN, sabía de ese giro, por mediciones internas, desde octubre de 1985).
- Con el desalineamiento partidario (Fernando Sánchez), a partir del 2002, la inestabilidad perjudicaba las mediciones estadísticas. El ciudadano promedio, no entendía la incidencia de esos cambios.
- >En suma: la fragmentación y la volatilidad crecientes, producen que, los modelos estadísticos, se alejen de los números finales de los procesos electorales (Ronald Alfaro R.).
Incluso: debe decirse que, los periodistas, no tienen esto claro: en medio de la trasmisión del proceso electoral, desde el mismísimo canal de la Universidad de Costa Rica, un periodista, que era parte de la red de medios, que emitía la trasmisión, llegaba a hablar de “voto prestado”, con lo que, de modo conservador, no dejaba clara la fluidez electoral (Bauman); desde un análisis del lenguaje (George Lakoff), la idea era trasmitir estabilidad, en medio de un entrono dinámico.
De nuevo, recordamos al Dr. Rotsay Rosales Valladares: por su experiencia con estudios de opinión y comportamiento electoral, los que ha analizado y trabajado con rigurosidad, es consciente de sus límites.
Precisamente, el académico nos hace rememorar que, los datos son aproximaciones bajo supuestos específicos, ellos, no sustituyen el análisis estructural e histórico (Y en este último punto, reconocemos los valiosos aportes de los historiadores: Oscar Aguilar Bulgarelli, Vladimir de la Cruz de Lemos e Iván Molina Jiménez).
Jaguaribe, insistiría en que los sistemas políticos latinoamericanos, atraviesan ciclos de modernización, crisis y reacomodo de élites; la fragmentación no es necesariamente decadencia terminal, sino posible rearticulación de coaliciones sociales en contextos de cambio estructural. Y, conforme al Manual de Sánchez y Liendo, la Ciencia Política solo cumple su cometido, cuando integra teoría, método y evidencia, distinguiendo entre descripción y juicio de valor, y manteniendo una ética profesional orientada a la explicación crítica del poder.
En cuanto a la cultura política costarricense y su tránsito del bipartidismo a la fragmentación, se requieren categorías dinámicas. El Manual citado, insiste en la importancia del análisis comparado para comprender transformaciones en sistemas de partidos, volatilidad electoral y realineamientos.
Los cambios en Costa Rica no pueden interpretarse como anomalías aisladas, sino como parte de tendencias más amplias en América Latina: personalización de la política, debilitamiento de identidades partidarias tradicionales y creciente fragmentación legislativa. Sin perspectiva comparada, el análisis se provincializa y pierde capacidad explicativa.
En otro orden de cosas, las campañas electorales, son un choque entre “razones y emociones”: en nuestra posición ética: creemos que los politólogos, deben generar análisis que permitan el avance de la razón, por encima de la emoción.
Sánchez y Liendo, recuerdan que el comportamiento político no puede reducirse a la racionalidad económica clásica; los enfoques conductuales, institucionales y sociológicos, muestran que las decisiones electorales están mediadas por identidades, marcos cognitivos y contextos institucionales. Por tanto, el votante no es una “unidad aislada”, sino un actor situado en redes sociales, estructuras institucionales y procesos históricos.
Habermas diría que la tarea es fortalecer condiciones de posibilidad de una deliberación no coaccionada, donde los argumentos —y no las estrategias mediáticas— orienten la formación de la opinión pública. Sin embargo, Luhmann, recordaría que la política nunca elimina completamente la dimensión estratégica; la tensión entre estrategia y entendimiento es estructural, no accidental.
Desde el debate de las ciencias sociales, esto, dirige a las ventajas y desventajas de “la Teoría de la elección Racional” (Jon Elster, Mancur Olson). Pero, además, a los complementos que derivan de enfoques conductuales, de psicología política y social (Campos); así como de las distintas vertientes sociológicas.
Bobbio, diferenciaba entre democracia formal y democracia sustancial: una cosa es el acto de votar, otra, las condiciones materiales, que estructuran esa decisión, la reducción del acto del sufragio a un evento instrumental, hace desaparecer: identidad, emociones, memoria histórica y pertenencia.
Jaguaribe, complementaría que, sin desarrollo socioeconómico autónomo y sin integración efectiva de las mayorías al proyecto nacional, la democracia formal queda expuesta a crisis recurrentes de legitimidad.
En línea con el Manual de Sánchez y Liendo, la calidad de la democracia debe evaluarse no solo por la existencia de elecciones competitivas, sino por el funcionamiento efectivo de las instituciones, el respeto al Estado de derecho, la rendición de cuentas y la capacidad estatal para producir bienes públicos. El análisis electoral desconectado de estas dimensiones institucionales, ofrece una fotografía incompleta del régimen político.
El maestro Rodolfo Cerdas, al analizar la cultura política costarricense, subrayó el comportamiento electoral nutrido en tradiciones cívicas, conflictos históricos y experiencias acumuladas, de inclusión o exclusión (En la misma línea, se expresa, Álvaro Montero Mejía).
Tal parece que, la tesis del individualismo económico, ha hecho a muchos politólogos olvidar esto: se parte de la falsa idea del elector como “unidad individual”: esto, refuerza el discurso del “neo populismo de derechas”, se fuerza la falacia de que: “no somos actores inmersos en trayectorias institucionales”. Tal y como lo dice Araya Martínez, el votante es un sujeto situado (Touraine, Giddens, Foucault, Bordieu).
El maestro Rodrigo Madrigal Montealegre, insistía en la necesidad de leer el comportamiento político desde la historia concreta de Costa Rica. En la misma línea, el profesor y amigo, Luis Guillermo Solís, nos decía en las aulas que, los politólogos, debían estudiar historia.
Esto resulta ciertísimo: de este modo, se pueden lograr las contextualizaciones de las que hablaban Cerdas y Madrigal Montealegre; y, por otro lado, esto impide el “presentar como novedoso, fenómenos o tesis, que ya tienen antigüedad”. Por si fuera poco, esto impide que se caiga en abstracciones importadas (De nuevo: la valoración del “espacio y tiempo histórico”). Una vez más: Araya Martínez, tiene razón: hay que desmontar el reduccionismo economicista.
En esto, encontramos una conexión con el filósofo y teólogo de la liberación, Enrique Dussel: la política, no puede pensarse desde el centro del sistema, sino, desde los excluidos, desde las víctimas. El poder legítimo, surge cuando responde a la vida, a la vida de los sujetos concretos, a la vida de los sujetos, históricamente negados.
Asimismo, uno de los aportes más sólidos del texto del Dr. Araya Martínez, es el señalamiento a la simplificación territorial: no se puede partir de la generalización de “culturas regionales homogéneas”, sino, de trayectorias desiguales, de relación con el Estado.
Desde la teoría de sistemas de Luhmann, los territorios pueden entenderse como entornos diferenciados en los que el sistema político interactúa con otros subsistemas —economía, religión, educación—; donde la diferenciación funcional es débil, la adhesión institucional se erosiona.
Aquí se converge con Gomáriz: la gobernabilidad democrática, depende de la densidad institucional y de la inclusión social efectiva: donde el Estado ha sido distante o ineficaz, la adhesión a la institucionalidad como concepto abstracto – teórico, pierde fuerza movilizadora (En esto, han ido ganando el debate, las tesis del “neo populismo de derecha”, del trinomio: Chaves – Cisneros – Fernández).
Tal realidad lleva a varias tesis:
- No basta con la democracia política, se requiere de la democracia social (Daniel Oduber Quirós); nos extraña que, muchas teorías de la democracia, no contemplen esto.
- El modelo economicista, ha hecho que el Estado, se retire de muchas áreas; y como lo dice Duverger, refiriéndose a las dimensiones del poder, “en política no hay espacios vacíos”. En el caso costarricense, las iglesias han ocupado esos espacios. Pese a ello, hay politólogos que se resisten a ejercicios inter y trans – disciplinarios, entre: Ciencias Políticas, Sociología de la Religión y Teología.
- Don Rodolfo Cerdas, insistía en sus clases, lo que implicaba, la erosión de la capacidad de integración del Estado, en la palestra de la integración territorial.
El maestro Cerdas, ya advertía que, el sistema político costarricense, pese a su estabilidad histórica, reproduce desigualdades territoriales, que erosionan su legitimidad sustantiva; la interpretación del abstencionismo en los cantones de bajo desarrollo humano, “como desinterés”, es desconocer su raíz estructural. Mucho menos, puede interpretarse como rasgo cultural esencial.
Desde Duverger, podemos decir que, los sistemas políticos, no nacen en el vacío; revelan divisiones sociales, si esas divisiones pasan a los territorios, el análisis debe incorporar variables socioeconómicas y Estatales, esto va más allá de los temas ideológicos.
Por otro lado, elementos como el ego de ciertos politólogos, llevan a un problema fatal, del que también habla el Dr. Gustavo Araya Martínez: “el análisis que siempre tiene razón”: una explicación que no puede ser refutada, no puede ser científica. Habermas subrayaría que toda pretensión de validez es susceptible de crítica; blindar una teoría frente a la refutación, es romper con la ética discursiva, que exige apertura a la argumentación y reconocimiento del otro como interlocutor válido.
Sánchez y Liendo, insisten en que la Ciencia Política exige hipótesis falsables, claridad conceptual y transparencia metodológica; cuando el analista transforma su interpretación en verdad incuestionable, abandona el terreno científico y entra en el comentario ideológico. La distinción entre explicación y opinión, no es retórica, es constitutiva del método.
Sartori, decía que la claridad conceptual era clave para evitar marcos interpretativos, que no aceptasen la evidencia empírica; Bobbio insistía en la honestidad intelectual, como parte de las virtudes democráticas: las Ciencias Políticas, no pueden convertirse en retórica justificadora: en esta elección presidencial y legislativa del 2026, esto sucedió, al concretarse la dinámica: “de analistas pro oficialistas, que podían expresar su retórica, en medios de comunicación vasallos”.
Esto, nos lleva a la ética: el círculo vicioso, de “retórica pro oficialista en medios de comunicación vasallos”, tiene efectos políticos, ella, no tiene interés en desnudar el neo – populismo, las desigualdades; y fortalecer la educación cívica.
Es más: si la opinión pública se forma, a partir de interpretaciones, aparentemente técnicas, pero políticamente orientadas, la frontera entre análisis y propaganda se elimina (Bobbio). Esto es esencial: la opinión pública, no es un ente pasivo, medido por encuestas: es una construcción discursiva en la que participan: actores políticos, analistas y medios (Jesús Ibáñez).
Habermas, conceptualizó la esfera pública como espacio intermedio entre Estado y sociedad; cuando medios y analistas renuncian a su función crítica y se subordinan a intereses estratégicos, se produce una colonización de la esfera pública que debilita la legitimidad democrática.
El Manual de Sánchez y Liendo, advierte que la disciplina cumple también una función pública: contribuir a la comprensión de la política, no a su manipulación. Ello implica reconocer límites, explicitar supuestos y evitar extrapolaciones causales sin sustento empírico suficiente.
Académicos como Madrigal y Gomáriz, coinciden en el sentido que, el análisis político, debe contribuir a fortalecer la deliberación democrática; lamentablemente, hay politólogos, que, en esta campaña electoral, lo que alimentaron fue la “sociedad del espectáculo” (Mario Vargas Llosa), abandonando su función cívica.
Precisamente, en el abandono de esa función cívica, no se hace o se hizo referencia a los conflictos sociales subyacentes y mucho menos, al modelo de desarrollo vigente (Álvaro Montero Mejía).
Si bien, el gobierno Chaves Robles, demostró una constante lucha de élites (Como ha insistido el Observatorio de la Política Nacional, de la Escuela de Ciencias Políticas, de la Universidad de Costa Rica), los procesos electorales, reflejan las tensiones distributivas en la esfera económica (Cosa que ha tendido a olvidarse, con el auge en ciertos estratos, del marxismo cultural).
Así las cosas, parece que tesis como “errores de campaña” o “buenas habilidades blandas”, esconden un “análisis de corte conservador”, que busca ocultar, las contradicciones económicas, que atraviesan el sistema político (Piketty). La contradicción es palmaria: se está hablando de un proceso político, pero de modo conservador, se despolitiza el conflicto estructural.
Ahora, el Dr. Gustavo Araya Martínez, nos ha hecho reflexionar, para decir lo menos, desde una crisis epistemológica, pero vale, dar un paso más: la realidad de muchos politólogos, en la terminada campaña electoral presidencial y legislativa, demostró, los problemas de identidad de algunos analistas; y como ya lo hemos dicho, su función pública (Es decir, política) en democracia.
Por esos problemas de identidad, algunos, han contaminado el análisis político de preferencias partidarias, y como lo enseñaba el maestro Rodolfo Cerdas, esa introducción de subjetividad, concreta que el análisis deje ser tal; y se convierta en un comentario político.
Esta diferencia no es retórica, es metodológica: los politólogos son, científicos sociales, por tanto, están llamados a ordenar la realidad social, conteste al instrumental teórico de las Ciencias Políticas: no están pues, llamados los politólogos, a justificar simpatías partidarias.
Entonces: el “determinismo retrospectivo”, del que habla Araya Martínez, no es solo una falla epistemológica, sino, una falta de ética profesional. En suma: “el método politológico importa”. Por él, por el instrumental de las Ciencias Políticas, el sujeto – científico social, puede disminuir su subjetividad.
En el caso costarricense, las cosas se complican más: en nuestro país, prácticamente cualquier persona, puede denominarse: “analista político”: con ello, legitiman sus opiniones, cual, si fueran análisis politológico. Esto, entre otras cosas, conduce a un desplazamiento inadecuado del objeto de estudio, que debería ser el poder, las relaciones de poder (Duverger, Madrigal, Meynaud).
Aquí hay una convergencia con Ronald Alfaro R y con Fernando Sánchez: la transformación de nuestro sistema de partidos políticos, nuestra fragmentación, nuestra volatilidad, requiere categorías específicas (Rosales Valladares), esto no es solo cuestión de intuiciones. Pero, además, esas categorías específicas, nos permiten comprender que, esa fragmentación, no es crisis terminal, como lo quiere hacer ver el neo populismo de derecha, sino, transformación en los mecanismos de representación.
Desde una perspectiva epistemológica (Como lo dejaba claro el maestro José Miguel Rodríguez Zamora), debe tenerse cuidado con las interpretaciones rápidas, ellas, alimentan más, el comentario que el análisis político.
Aquí hay un tema de praxis que se debe tener claro: los politólogos, analizan coyunturas, esto tiene varias consecuencias:
- Se pierde de vista el escenario histórico: incluso, se puede caer en “la barbarie del especialismo” (Ortega y Gasset); se puede decir que: “las coyunturas de largo plazo, son propias de la ciencia social historia, y, por tanto, propias de historiadores”. Con este “argumento”, se abre una puerta de huida, para no estudiar historia. Jaguaribe insistía en la necesidad de pensar América Latina desde proyectos nacionales de largo plazo; sin horizonte histórico, el análisis se vuelve fragmentario y pierde capacidad orientadora. Sánchez y Liendo, destacan que la Ciencia Política, es una disciplina de alcance global, pero sensible a contextos; el análisis riguroso articula niveles: micro (comportamiento individual), meso (instituciones y partidos) y macro (estructuras socioeconómicas y sistema internacional). Ignorar alguno de estos niveles, conduce a reduccionismos.
- Los medios de comunicación, por su dinámica, buscan interpretaciones rápidas. Por ello, en muchas ocasiones, no se interesan por los antecedentes; o en efecto, los buscan en los historiadores.
- En muchos momentos, los medios, buscan información, “con poco desarrollo de las coyunturas”, esto, permite la tentación, de “llenar los espacios”, por parte del analista “con subjetividad” y no, con análisis político.
Pero estos tópicos de praxis, deberían obligar a los profesionales en Ciencias Políticas, a ser exigentes en la disciplina, en manejos conceptuales, en rigurosidad metodológica (Además, diría Jesús Ibáñez, deberían reflexionarla). Esto es esencial en nuestro caso particular: los sujetos – científicos políticos, están inmersos en las tensiones de gobernabilidad en contextos latinoamericanos de desigualdad, de conflictos sociales, de modelos de desarrollo que, condicionan resultados electorales (Edgar Avellán Acevedo).
Quizás, podemos decir que corresponde a los profesionales en Ciencias Políticas, dentro de lo que cabe, colaborar en la formación cívica; eso sí, distanciándose del rol de operadores partidarios, siendo mediadores críticos entre teoría y realidad; entre teoría y praxis (Sartori); entre conflicto social y estabilidad institucional.
En esta lógica, corresponde a los científicos políticos, contrastar hipótesis y no, expresar preferencias subjetivas. En suma: hay que distinguir, entre Ciencias Políticas y, subjetividad ideológica. El análisis no es dogma (Favor no confundir con el dogma teológico): a mayor dogmatismo, menor deliberación democrática. A mayor seguridad retórica, menor prudencia analítica.
Si ampliamos el lente de este análisis, nos daremos cuenta que, las Ciencias Políticas, son disciplinas de encrucijada, hay una interdisciplinaridad que no les hace perder su especificidad (Kaplan); esa especificidad, tiene que ver con el poder y sus relaciones:
- Duverger lo estudió en los partidos políticos.
- Sartori, en los sistemas de esos partidos.
- Meynaud, en los grupos de presión.
- Bobbio, en las reglas democráticas.
- Montero, en la estructura socio – económica.
- Rodolfo Cerdas, en la formación y evolución del Estado; en la crisis de la democracia liberal; en movimientos políticos e ideologías; en el pensamiento político regional.
- Ronald Fernández Pinto, en la profundización de las teorías políticas.
- José Miguel Rodríguez Zamora, en epistemología y teoría, así como en defensa de la democracia.
- Rodrigo Madrigal Montealegre, desde los regímenes políticos, desde el debate ideológico entre reformismos y neoliberalismo.
Como puede verse, el común denominador, es la sistematicidad analítica, pero esa sistematicidad, requiere de una responsabilidad ética: escuchar la exterioridad del sistema, aquello que no aparece en los modelos, ni en los porcentajes.
De nuevo: las Ciencias Políticas, implican el ejercicio científico, sobre las relaciones de poder, pero ese ejercicio, es (O “debe ser”), un acto ético: ¿Qué dimensiones de los procesos electorales estamos visibilizando y cuáles estamos invisibilizando?
En este proceso electoral, hubo politólogos, que naturalizaron las desigualdades; con ello, debilitaron la democracia; confundieron comentario con ciencia (Y muchos, lo hicieron a propósito), esto confunde a los auditorios.
Hubo politólogos, que colaboraron en la erosión institucional, mediante lecturas polarizantes y superficiales. Todo lo anterior, le hace un flaco favor al procesamiento del conflicto político, dentro de los marcos institucionales.
Como lo dice el Dr. Rotsay Rosales Valladares, la cultura democrática, debe ser fortalecida mediante el análisis, éste, debe ser responsable, técnicamente riguroso, y políticamente prudente. Tristemente, en esta campaña electoral, algunos confundieron preferencia con diagnóstico estructural; simplificaron categorías ideológicas; extrapolaron causalidades sin sustento empírico; apelaron más al efecto retórico, que al análisis comparado.
Por si fuera poco, muchos padecen la enfermedad del egocentrismo (Incluso, quien escribe estas líneas, debe decir el “yo pecador me confieso…”); por éste, se blindan las teorías, dejando de lado la evidencia, y con esto, nos cerramos las puertas a aprender.
Esto, a su vez, repercute en la intervención del análisis político en la realidad, el analista no es exterior al campo que analiza (Oliver Benson): sobre esto vale la pena decir unas palabras: el analista es parte del objeto que estudia: este círculo hermenéutico, tiene consecuencias: hace algunos años, un joven colega, decía que: “el científico político, está por encima de la sociedad que estudia”, este error (Que podemos achacar en este caso, a la juventud), desconoce el círculo hermenéutico del que estamos hablando. Por ello, las teorías de análisis son claves: ellas minimizan la subjetividad, no la anulan: los politólogos, son parte del dispositivo de producción de sentido (Jesús Ibáñez).
Luhmann, lo expresaría diciendo que el observador es siempre observador de segundo orden: observa cómo se observa; reconocer esta condición no elimina la subjetividad, pero la tematiza y la somete a control reflexivo.
Véase que nuestra realidad política es contradictoria: en buena teoría, la política es una actividad racional, orientada a la organización del poder en función del bien común (Aristóteles); Rodrigo Borja, insistió que, la democracia no es solamente procedimiento electoral, sino, un sistema de garantías, separación de poderes y responsabilidad institucional.
En oposición, en Costa Rica:
a) La política, está orientada a la organización del poder, en función de determinadas facciones de las élites (Observatorio de la Política Nacional).
b) Muchos, han olvidado que, la democracia, va más allá de los procedimientos electorales, es democracia social (Daniel Oduber Quirós; ella, puede ser cubierta por el concepto de democracia sustantiva, de Norberto Bobbio).
c) El neo populismo de derecha, busca erosionar el sistema de garantías (Por distintos medios, las garantías individuales y las garantías sociales).
d) Esa misma corriente, golpea la separación de poderes.
e) Tanto, desde el economicismo, como del ya expuesto, neo populismo de derecha, se evade la responsabilidad institucional.
Asimismo, muchos analistas y comentaristas políticos, han confundido: legalidad con legitimidad; autoridad con autoritarismo; confundir estos planos, como ha sucedido en las recién terminadas elecciones, llevó a diagnósticos equivocados y alarmismos infundados.
No basta con medir encuestas o narrar conflictos coyunturales (Cosas en las que se quedan por lo general, los comentaristas políticos); el análisis, debe implicar:
- El abordaje constitucional.
- El equilibrio de poderes.
- La racionalidad de las decisiones políticas.
En la campaña que acaba de terminar, vimos politólogos, evidenciando la delgada línea, entre análisis y comentario. Para ello, como lo diría Sartori, se “estiran conceptos”; para Bobbio, se confunden: juicios de valor, con descripciones; y, en algunos casos, se saltaba la arquitectura democrática.
Esto, nos hace regresar al círculo hermenéutico: sujeto – objeto: el sujeto – científico político, tiene opiniones, porque se ve afectado por el objeto de estudio, pero la opinión, no es ejercicio de las Ciencias Políticas.
Como lo señalaba el estudio fundacional de la Escuela de Ciencias Políticas: investigar la vida política, es parte de la defensa institucional; defender no es aplaudir, es comprender críticamente (Valga decir que, en ese documento, tuvieron participación, prestigiosos académicos como: el Lic. Walter Antillón, Lic. Eugenio Fonseca, el Dr. Alfonso Carro, el Dr. Manuel Formoso, el Lic. Rodrigo Fournier y el Lic. Rodrigo Madrigal Montealegre).
Una vez más, el politólogo, no es profeta (En el significado común del término); no es un comentarista partidario (Aunque podría serlo, dejando explícito ese rol, cosa que algunos no hacen o no han hecho).
De igual manera, contrario a lo que se piensa en Costa Rica, no todo profesional, es analista político: el politólogo es un científico social; éste usa un método, categorías precisas y comparación sistemática: de nuevo: su tarea es ordenar la realidad social, minimizando la subjetividad, diferenciando entre coyuntura y estructura; entre análisis y preferencia partidaria.
En suma: si tomamos en serio a los académicos en Ciencias Políticas: Bobbio, Borja, Duverger, Meynaud, Sartori, y los aportes costarricenses y latinoamericanos citados, la conclusión es clara: el análisis político, exige: rigor, claridad conceptual y responsabilidad democrática; lo demás, por legítimo que sea, es parte del comentario. Cuando éste se disfraza de ciencia, quien pierde es el ciudadano, que merece comprensión, no confusión.
Habermas aportaría que dicha responsabilidad, implica contribuir a una cultura política donde los ciudadanos, puedan formar su opinión, mediante argumentos y no mediante manipulaciones estratégicas; Luhmann añadiría que la función del análisis, es aumentar la complejidad comprensible, no reducirla dogmáticamente; y Jaguaribe, recordaría que, en América Latina, todo análisis serio debe situarse en las coordenadas históricas del desarrollo, la dependencia y la construcción de autonomía.
Dicho esto, entremos en las conclusiones, de todo lo expuesto:
- El debate abierto por el Dr. Gustavo Araya Martínez no es meramente coyuntural, sino profundamente epistemológico y ético. No se trata solo de corregir errores de interpretación electoral, sino de interrogar el lugar que ocupa el politólogo en la esfera pública costarricense y latinoamericana. En otras palabras: la discusión no es únicamente sobre resultados, sino sobre la responsabilidad intelectual frente al poder y frente a la democracia.
- Ha quedado claro que, el llamado “determinismo retrospectivo”, constituye una doble falla. Es una falla epistemológica, porque traiciona el principio básico de contingencia que autores como Sartori y Bobbio, reconocen como constitutivo de la democracia. La democracia organiza la incertidumbre; no la elimina. Pero es también una falla ética, porque convierte el análisis en un ejercicio de autojustificación, blindado frente a la refutación. Cuando todo resultado es explicado como inevitable después de ocurrido, el análisis deja de ser científico, para convertirse en narrativa legitimadora.
- El predominio de la cuantofrenia —en términos de Sartori— ha evidenciado una distorsión metodológica peligrosa. Las encuestas, los modelos econométricos y las probabilidades, son herramientas valiosas, pero no sustituyen la teoría ni la comprensión histórica.
- Como han insistido Rotsay Rosales Valladares, Ronald Alfaro R. y Fernando Sánchez, la transformación del sistema de partidos costarricense —fragmentación, volatilidad, realineamientos— exige categorías dinámicas, no extrapolaciones mecánicas del pasado bipartidista. Convertir indicadores en dogmas, equivale a sustituir la explicación por la simplificación.
- El análisis electoral no puede desligarse de las estructuras socioeconómicas, territoriales e históricas que lo condicionan. Siguiendo a Jaguaribe, Dussel, Montero Mejía y Rodolfo Cerdas, los resultados electorales son condensaciones de trayectorias estructurales: desigualdad, integración territorial incompleta, modernización dependiente, tensiones distributivas. Reducir la política a habilidades blandas, errores de campaña o intuiciones estratégicas, implica despolitizar el conflicto social. Y despolitizar el conflicto es, en última instancia, adoptar una postura conservadora frente a las contradicciones del modelo de desarrollo.
- La frontera entre análisis y comentario, debe preservarse con rigor. Bobbio advertía la necesidad de distinguir juicios de valor de descripciones; Habermas, recordaría que la legitimidad democrática depende de la calidad del debate público; Luhmann, señalaría que el observador es parte del sistema que observa y, por ello, debe tematizar su propia posición. Cuando el politólogo oculta sus preferencias bajo el ropaje de neutralidad técnica, erosiona la confianza pública; y contribuye a la colonización estratégica de la esfera pública.
- El contexto costarricense, agrega un desafío adicional: la banalización del término “analista político”. No todo profesional que opina es politólogo; no toda opinión es análisis. La Ciencia Política —como disciplina plural, comparada e interdisciplinaria— exige claridad conceptual, hipótesis contrastables, contextualización histórica y prudencia interpretativa. Como enseñaron Madrigal Montealegre, José Miguel Rodríguez Zamora y Luis Guillermo Solís, estudiar política sin estudiar historia, es abrir la puerta a la repetición acrítica de categorías importadas o a la ilusión de novedad permanente.
- La dimensión ética del método, no es un añadido externo, sino constitutiva de la disciplina. El método importa porque disciplina la subjetividad. No la elimina —como bien recuerda el círculo hermenéutico—, pero la somete a control reflexivo. La ética del politólogo implica reconocer límites, explicitar supuestos, aceptar la posibilidad de refutación y evitar la tentación del protagonismo mediático. El analista no es profeta ni operador partidario, salvo que declare explícitamente ese rol.
- Si tomamos en serio a Bobbio, Duverger, Sartori, Meynaud, Borja y a los aportes costarricenses y latinoamericanos, aquí citados, la conclusión es inequívoca: el análisis político es un acto público de responsabilidad democrática. Su función no es simplificar la realidad para hacerla digerible en el espectáculo mediático, sino aumentar su inteligibilidad sin sacrificar su complejidad. No es justificar el poder, sino comprender sus relaciones. No es predecir destinos inevitables, sino explicar procesos abiertos.
- Cuando el análisis se convierte en propaganda técnica, la democracia se empobrece. Cuando el comentario se disfraza de ciencia, el ciudadano pierde herramientas para comprender el conflicto político. En cambio, cuando el politólogo asume su tarea con rigor metodológico, claridad conceptual y responsabilidad ética, contribuye a fortalecer la cultura democrática y a ordenar la incertidumbre sin eliminarla.
- En tiempos de fragmentación, polarización y neo–populismo, esta tarea no es menor. Es, quizás, una de las últimas defensas institucionales frente a la simplificación dogmática del poder. Porque, en definitiva, el método politológico, no es solo una técnica: es una forma de compromiso con la democracia.
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