Libia entre un iceberg y un matrimonio mal avenido

Línea Internacional

Guadi Calvo

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Desde afuera, para entender la situación libia habría que recurrir a la tan trillada imagen de lo expuesto y lo sumergido, de un iceberg, y para explicar la situación interior que se resumen en la tórrida relación entre el Gobierno de Unidad Nacional (GNU) con base en Trípoli, digitado por las Naciones Unidas y Ejército Nacional Libio (LNA) con sede en la ciudad de Tobruk cuyo Parlamento está controlado por el autoproclamado “mariscal” Khalifa Haftar, un antiguo prófugo de la justicia, que después de traicionar al coronel Gaddafi, huyó de su país y encontró albergo en el bucólico estado de Virginia, no muy lejos de Langley, donde la Agencia Central de Inteligencia (CIA) tiene su cuartel general. ¿Casualidad?

La rivalidad entre Trípoli y Tobruk se consolidó en 2014 y, más allá de ofensivas y amenazas, ambos conviven como esos matrimonios que, separados desde hace décadas, no tienen otro remedio que continuar odiándose bajo el mismo techo.

En medio de las dos capitales virtuales del país, no hay solo 1.260 kilómetros desiertos, sino también innumerables milicias que poco se diferencian de cárteles mafiosos, que subsisten principalmente a base de diversos rubros del tráfico ilegal: armas, petróleo, droga y personas y un etcétera que incluye sicariato y secuestros. Además, suelen tener conchabos temporales en alguno de los gobiernos paralelos; aunque no es raro encontrarlos también militando en conflictos extranjeros, como la Guerra Civil de Sudán, a favor del grupo paramilitar Fuerza de Apoyo Rápido (FAR) o en el noreste del Chad, junto a exmilitares del rebelde Consejo de Comando Militar para la Salvación de la República (CCMSR), siempre con la ilusión de alguna vez entrar victoriosos a N’Djamena.

Es en este imbricado contexto en que se produjo el confuso magnicidio contra Saif al-Islām Gaddafi. (Ver: Libia: El estigma de ser Gaddafi), el hijo mayor del coronel, cuya figura como factor de unidad estaba creciendo de manera peligrosa para los que prefieren la dicotomía Trípoli y Tobruk a la estabilización del país para abandonar el pasado como lugar de residencia y encontrar una salida a la ratonera en que la OTAN sumergió a los siete millones de libios hace ya más de quince años.

Prueba de esto fueron las multitudes que el viernes seis de febrero, por primera vez en muchos años, no se reunieron para matarse mutuamente, sino convocadas para el funeral del último Gaddafi en el panorama político del país, en la ciudad de Beni Walid, a 180 kilómetros al sureste de Trípoli, el último gran enclave gadafista, donde la memoria del coronel sigue siendo venerada como la del gran salvador.

Con el asesinato de Saif al-Islām, quedó trunca la difícil posibilidad de que lentamente se iba estructurando una verdadera unidad nacional. Lo que, a partir del tres de febrero, será solo un sueño borroso para siempre. Por lo que Libia, más temprano que tarde, terminará precipitándose a la balcanización entre el este y el oeste, a la que quizás también se sume la región de Fezzan, en el sur del país, donde ninguno de los bandos centrales tiene preeminencia.

Fezzan, en el sur del país, una región desértica y poco poblada, con la fuerte presencia de etnias como los tuaregs y los tebu, culturalmente y étnicamente más próximas a África subsahariana que al Magreb, hoy epicentro del tráfico de personas que intentan llegar a Europa, actividad que incluye literalmente la subasta de esclavos.

Fezzan ni siquiera durante el máximo esplendor de la Jamahiriya fue amable con el coronel y sus políticas de desarrollo.
Para esto hay que comprender el complejo sistema de tribus y clanes, que existe desde antes de que los romanos desembarcaran en las costas de la actual Libia en el 146 a.C.

Fezzan ha sido siempre el lugar donde las rutas se disuelven en la arena, igual que el poder federal, no importa quién rija los destinos, y las líneas fronterizas son tan inaprehensibles como los médanos, por lo que es un arcano predecir qué podrá suceder con esta región que es más grande que España y tiene menos de un millón de habitantes. Lo que marca el carácter insular de su población. En que el poder ha estado controlado por tuaregs, toubou y algunos clanes árabes.

Por lo que, en un escenario de balcanización, ese carácter podría tener más peso que cualquier acuerdo político.

Fezzan, además de petróleo, posee un intricado complejo de rutas de contrabando y corredores migratorios, controlados por sus propias milicias. Elementos que les permitirán mantenerse independientes tanto de la Cirenaica (Tobruk) como de la Tripolitania (Trípoli). Aunque su lejanía del mar y falta de infraestructura para exportar sus recursos exponen su mayor debilidad para ser autonómica.

Por lo que Fezzan, ante la autonomía o la elección de asociarse a alguno de los bandos, negocie arduamente las condiciones de cualquier acuerdo. Por lo que esta tercera región será una carta tapada hasta último momento.

El intocable Hafther ya no lo es tanto

Como se autoascendió a mariscal de campo, en algún momento también se autoproclamó señor del Este libio, gracias a una serie de alianzas locales y extranjeras, como con el presidente egipcio, el general Abdel Fattah al-Sisi. Desde que, en abril de 2019, su ejército fue contenido en las puertas de Trípoli, después de una arrolladora campaña que parecía iba a terminar con la conquista de todo el país, fue detenido por un conglomerado de milicias autónomas que expulsaron incluso a las primeras dotaciones de LNA, que ya había penetrado las periferias de la capital.

Hafther se debió replegar, repitiendo la amarga experiencia de la derrota en la Guerra de las Toyotas (1978-1987) entre Libia y Chad, lo que produjo su caída como figura política en el gobierno del coronel y su partida al exilio en Langley. Desde entonces, las movidas del LNA se han resumido a controlar sus fronteras, a lanzar su figura a escala internacional con constantes visitas a primeros mandatarios e impedir que la guerra sudanesa invada sus territorios y lanzar su figura internacionalmente, habiéndose reunido con los presidentes de Francia, Emmanuel Macron; Abdel Fattah el Sisi de Egipto, el presidente Putin y figuras relevantes de Turquía, los Emiratos Árabes Unidos y de los Estados Unidos, entre tantos.

Aunque un frente de tormenta parece estar armándose en su propio territorio con el surgimiento del grupo autodenominado Revolucionarios del Sur de Libia, que el último día de enero tomó el cruce fronterizo de al-Toum, el principal de la frontera con Chad, además de otras posiciones del LNA. Un hecho que algunos analistas relacionaron con el ataque al aeropuerto de Niamey, la noche del 28 de enero. (Ver: África otra vez y otra vez y…)

El grupo fue desalojado sin mayor resistencia de sus posiciones por el Ejército Nacional Libio, que utilizó su aviación y al Batallón 676, logrando matar a atacantes y capturar una veintena, mientras el resto aparentemente se perdió en el interior de Chad.

En un comunicado, el LNA denunció sin más precisiones que los atacantes eran mercenarios financiados por Trípoli y varias potencias extranjeras.

Cuando todo parecía indicar que lo de al-Toum era un incidente aislado, el lunes nueve un convoy del LNA, que transportaba combustible hacia Sudán, evidenció el involucramiento de Haftar a favor de los paramilitares en la guerra sudanesa.

Según un comunicado de los atacantes, tres camiones que transportaban combustible con destino a Sudán fueron destruidos a pesar de tener escolta de la poderosa Brigada Souboul al-Salam, aliada del LNA, que es responsable de la seguridad en la región.

Algunas versiones indican que detrás de la operación contra la columna de los camiones cisternas se encontraban efectivos de las Fuerzas Armadas de Sudán (FAR).

El nuevo grupo armado que está operando contra las fuerzas de Haftar estaría liderado por un viejo conocido de la tragedia libia, Mohamad Wardagou Mahdi, quien participa desde el inicio mismo del ataque contra el gobierno del coronel Gaddafi, el 17 de febrero de 2011, y en la actualidad está a cargo de la milicia Consejo Militar de Murzuq, de raíz fundamentalista y una de las más poderosas del sur del país.

En una grabación informó que su objetivo era “corregir el curso de la Revolución del 17 de febrero”, y en referencia a Hafther, dijo “que no había derrocado a un dictador para poner a otro”.

De lo que estamos seguros es de que con este tipo de personajes Libia se desplaza a toda máquina contra el iceberg.

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