El magnicidio de Minnesota

Línea Internacional

Guadi Calvo

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Cuando en 2024 se conoció el film del británico Alex Garland, Civil War, en la que tres periodistas atraviesan los Estados Unidos, desde California a Washington, en el contexto de una insurgencia generalizada contra el gobierno federal, en un futuro extremadamente próximo, la historia de Civil War, a pocos años de la toma del Capitolio en 2020, la idea no parecía ni tan loca ni tan remota, aunque el ritmo que le está imprimiendo Donald Trump a la descomposición de los Estados Unidos va mucho más allá de lo que cualquier productor de Hollywood pueda digerir.

Poniendo las cosas en dimensión y contexto, para quien conozca mínimamente la historia de la relación entre Estados Unidos y América Latina, no se puede sorprender de que haya bombardeado Venezuela, capturado a su presidente, al que hoy están enjuiciando en Nueva York por narcotráfico y no por inútil e inepto para el cargo, los que sí han sido, hasta ahora, sus dos peores crímenes. La larga historia de intervenciones directas o por lacayos locales en las que no se ha privado de nada. Desde asesinatos de presidentes (Allende, Torrijos, Roldós o Chávez, entre otros), de dirigentes populares, de golpes de Estado con genocidios incluidos, apropiaciones territoriales, generación de guerras civiles, bloqueos, golpes de mercado, saqueo de recursos naturales, culturales y arqueológicos (alguna vez habrá que escribir largo sobre el Summer Institute of Linguistics (Instituto Lingüístico de Verano)) y hasta infiltración de virus en siembras y animales; de esto sabe mucho Cuba. La panoplia es tan amplia como intensa, por lo que ya aburre seguir.

Tampoco jamás a nadie se le hubiere ocurrido pensar en una confrontación directa entre la Unión Europea, la ¿OTAN? y los Estados Unidos, y cuyo territorio de guerra de confrontación fuera Groenlandia, porque Trump la quiere “por las buenas o por las malas”. Pensar que Dinamarca envíe militares a la isla da risa, al tiempo que espeluzna las pretensiones del déspota de Washington; demasiado pareció al de la ucronia de Garland.

Que Trump anatematice a Emmanuel Macron y a su banda amenazándolos con más y más sanciones, como si solo fuera el príncipe de una tribu zulú, joder, divierte, en un mundo donde ya no hay lugar para semejantes lujos. Nadie conoce las conversaciones cifradas entre Vladímir Putin y Xi Jinping, pero no cabe duda de que en ellas también debe haber lugar para risas y regodeos, más allá de la gravedad general del asunto.

Los berrinches de Trump ya no tienen límites; casi podríamos entender en su paranoia la defensa desesperada de su Lebensraum, para lo que no solo requiere de Groenlandia, sino también Canadá, y pobrecito México, siempre tan lejos de Dios…, pero el episodio de la medalla del Premio Nobel de la Paz, que le acaba de arrebatar a su dueña original, María Corina Machado, a la que encima obligó a practicarle una fellation simbólica, mucho más publicitada que la de la señorita Mónica Lewinsky.

Sin duda que a Trump ese reconocimiento, como cualquier otro de esa calaña, le importa un pimiento, pero semejante despliegue no es para humillar a esa pobre mujer, sino para mostrarle al mundo, a su mundo, que consigue todo lo que quiere por “las buenas o por las malas”.

Y bien lo sabrán señoras infinitamente más dignas que la Machado, como Renee Nicole Good, la ciudadana estadounidense, “una terrorista doméstica” según Trump, que solo con su dignidad y su vergüenza enfrentó a los sicarios de Washington, que bajo la cubierta del ICE (United States Immigration and Customs Enforcement), organismo dependiente del Departamento de Seguridad Nacional, le dispararon a quemarropa, con lo que no solo la asesinaron a ella, sino que también masacraron la infancia de sus tres hijos. En vivo y en directo para los siete mil millones de ¿humanos? que estupefactos observamos, quizás ya definitivamente robotizados, sin entender el magnicidio, porque qué dudas quedan de que el asesinato de la señora Good, en la ciudad Minneapolis (Minnesota) el pasado siete de enero, es un verdadero magnicidio, porque con él han atentado contra la condición humana.

Quien escribe estas líneas es simplemente un periodista, con nulos conocimientos en psiquiatría, antropología y sociología, por lo que ignora todo acerca del manejo profundo del inconsciente colectivo, si esto existiera, y nada tampoco sabe sobre la manipulación de la opinión pública, pero me permito una reflexión: Crímenes como el de la señora Good se admiten porque ya la opinión pública mundial ha sido domesticada por el genocidio a cielo abierto de Gaza o el exterminio de Gaza que se sigue ejecutando. Comenzó como un plan maestro para que asesinatos como los de la señora Good, los otros treinta y cinco asesinados desde enero del 2025 y los que vendrán, nos resulten pasmosamente naturales.

La invasión a los Estados Unidos

Es una tentación para el lugar común comparar al ICE con las Schutzstaffel, las famosas S.S. nazis, aunque quizás con los tiempos que corren sería más acorde compararlas con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), tan ocupadas en estos últimos veintiocho meses en exterminar gazatíes, porque tanto las ICE como las FDI son fuerzas de ocupación y exterminio, utilizadas por tiranos para exterminar la razón.

Desde la llegada por segunda vez a la Casa Blanca de Donald Trump hace exactamente un año, el día veinte, los efectivos del ICE, integrados por unos veinte mil hombres de calle, fuertemente armados, con tácticas militares y en toda oportunidad sin identificación y con los rostros ocultos por pasamontañas; tienen la misión de controlar a los indocumentados. Se han convertido en una fuerza de ocupación del gobierno federal, que desconoce incluso la autoridad de los gobernadores y las policías estaduales. Con el guiño de los más altos niveles de la Casa Blanca. Como la sentencia del vicepresidente respecto al agente que asesinó a la señora Renne Good les ha dado todavía más ánimo y mayor certeza de que son inmunes a cualquier ley: “Está protegido por inmunidad absoluta”, al tiempo que, refiriéndose a la señora Good, dijo que ella “era víctima de ideología de izquierda”.

Mientras Trump, que calificó a Good de “terrorista doméstico”, afirmó que intentaba atropellar al agente del ICE con su camioneta. Fiel a su estilo, Trump no solo no se replantea el accionar de su fuerza de ocupación en territorio norteamericano, sino que incentiva la promoción de más agentes, incrementando la plantilla, disponiendo de más de cien millones para nuevas contrataciones, que se buscan en nichos como ferias de armas y sitios por donde transitan elementos ultraderechistas. Además de haber disminuido el periodo de entrenamiento de los nuevos agentes de ciento diez días a cuarenta y siete días, en coincidencia con que Trump es el cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos.

En este contexto de constante agresión de los ICE, ya no solo contra las comunidades latinas, el principal punto de búsqueda de inmigrantes indocumentados o no, de los que han conseguido expulsar de los Estados Unidos a unos doscientos mil, algunos enviados a las cárceles de Nayib Bukele en El Salvador o repatriados a sus países de origen, no respetando en su cacería ni hospitales ni iglesias. Esa ola represiva también se ha extendido a la población negra, y a cualquier otra persona que se indigne por sus arbitrariedades, lo que fue el caso de la señora Good.

Algunos sectores de la sociedad utilizan la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que garantiza el derecho a la posesión y portación de armas según la necesidad de una milicia para la seguridad de un estado libre. Aunque su interpretación es objeto de controversias y decisiones judiciales, algunos sectores han decidido armarse y organizarse como medida de autodefensa frente a la agresión trumpista.

Esto ha dado como resultado la aparición del Black Panther Party, un remedo de la organización que tanto dio que hablar hace cincuenta años. La nueva organización ya ha desfilado con armas largas por las calles de Filadelfia, mientras se espera que nuevos grupos se les sumen a lo largo del país.

Rápidamente, Donald Trump ha anunciado que pondría en funcionamiento una ley del siglo XIX que fue raramente utilizada, que le permitió desplegar al ejército en la ciudad de Mineápolis (Minnesota), donde las protestas por la ejecución de la señora Good, lejos de acallarse, se van incrementando, junto a las exigencias para el repliegue de los agentes del ICE. Situación que podría convertir en documental el film de Alex Garland.

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