Luis Paulino Vargas Solís
Simplemente tengo claro que mi deber es respetar, sin jamás opinar.
Desde luego, en esto deben primar los principios de reciprocidad, que son indispensables para una convivencia civilizada y pacífica, y que son propios de una sociedad democrática. O sea: el respeto debe ser mutuo. De otra forma el respeto mismo, y por lo tanto la convivencia, se hacen imposibles.
Tenemos que reconocer que la noción de una «vida buena» no es igual para distintas personas, o para distintos sectores o grupos específicos de la sociedad. Cada fe religiosa, cada religión, proporciona guías éticas y morales que pueden ser importantes a la hora de que cada quien dé forma a su aspiración de una «vida buena». Pero eso no depende solo de la fe religiosa. De hecho, y para ejemplificar a qué me refiero, es muy posible que una persona adulta mayor y una persona joven, que comparten una misma fe religiosa, tengan, sin embargo, nociones de lo que es una «vida buena» que podrían diferir en no pocos aspectos.
Por eso, en democracia, es deseable y necesario que se guarden ciertas saludables distancias entre religión y política. Cada líder o lideresa puede tener la fe religiosa que desee tener. Y practicarla y manifestarla como mejor le parezca. Pero la persona que gobierna, presidente o presidenta, tiene el deber de gobernar para todas y todos. Así debe entenderlo, y es su deber ineludible saber actuar en consecuencia.
Y, por supuesto, ese «todos y todas» es, literalmente, todas y todos. Indistintamente de sus opiniones y/o sentimientos religiosos, independientemente de la «vida buena» a que cada una de esas personas aspira y que desea para sí y para sus personas más cercanas y más amadas.
Cierto, hay religiones mayoritarias. En Costa Rica, alrededor del 50% de la población es católica y más o menos un 30% se identifica como cristiana evangélica.
Pero, por favor, observemos dos detalles importantes:
- Todavía nos queda un remanente de alrededor del 20% de ciudadanos y ciudadanas que no se identifican, ni como católicos ni como evangélicos. El presidente o presidenta también debe gobernar para ese 20%.
- La regla de la decisión por mayoría es característica de la democracia, pero eso no debe confundirse con la imposición de una «tiranía de la mayoría». Porque también es inherente a la democracia el respeto a los derechos de las minorías, las cuales, desde luego, estando investidas de esos derechos, están sujetas a las mismas obligaciones y deberes de las mayorías.
Por eso la persona que gobierna debe saber que, al gobernar, lo hace para personas que comparten sus ideas religiosas, pero también para personas que tienen ideas distintas de las suyas en materia de religión.
Esa persona que gobierna debe gobernar teniendo presente que, en una sociedad democrática, conviven nociones distintas de lo que es una «vida buena» y que, entonces, su deber, como gobernante, es propiciar condiciones de participación, equidad y justicia, que, en lo posible, faciliten que cada quien logre, en su vida, su más plena realización.
Y no se me malentienda: no estoy diciendo que todo vale lo mismo. La democracia conlleva participación y deliberación ciudadana, como principios fundantes de los procesos de decisión sobre cuestiones de interés compartido. Pero también implica convivencia respetuosa y pacífica, y eso impone ciertos deberes éticos y morales: los de la solidaridad, la compasión, la empatía. Y, en fin, los principios del amor al prójimo.
Son los principios que, con infinita sabiduría, enunció el Jesús evangélico. Y tal fue su sabiduría, que con ello vino a enunciar principios de validez universal, principios en los que es posible creer, y a los cuales adherirse como guía para la vida, sin necesariamente ser cristiano. Principios indispensables si de construir sociedades democráticas, justas y pacíficas se trata.
Necesitamos liderazgos políticos y programas políticos que incluyan y abracen: sin distingos, sin discriminaciones, sin exclusiones. Todos las personas buenas de Costa Rica -que son la inmensa mayoría- tienen derecho a recibir ese abrazo, indistintamente de cuáles sean sus opiniones y sentimientos en materia religiosa.
Debe preocuparnos muchísimo que hoy emerjan propuestas políticas que, en vez de abrazar, más bien empujan, sacan y expulsan. Propuestas que se construyen desde criterios de exclusión y que vienen a decirnos que usted tendrá más derechos o menos derechos, según cuál sea su filiación religiosa.
Eso no es aceptable, eso debe ser rechazado como lo que es: un peligroso atentado contra la democracia y contra nuestras aspiraciones por una convivencia social humanizada, pacífica, justa, solidaria e inspirada en el amor.
– Economista jubilado
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