Ocean Castillo Loría
Dedico este esfuerzo, a los cuerpos docentes de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Región de la Universidad Nacional (UNA), sin cuya formación, la integralidad de este análisis, no hubiera sido posible.
Introducción
La experiencia venezolana entre finales del siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI, constituye uno de los procesos más complejos, prolongados y paradigmáticos de deterioro democrático en América Latina.
Este ensayo se propone analizar ese proceso histórico-político desde una perspectiva multidimensional, articulando la Ciencia Política, las Relaciones Internacionales, la teoría del conflicto, la sociología política y la reflexión ético–teológica contemporánea.
El texto parte de una tesis fundamental: la crisis venezolana no es exclusivamente económica, ni meramente ideológica, sino esencialmente una crisis de representación política, de legitimidad democrática y de ética del poder, cuyas raíces se encuentran en el agotamiento histórico del sistema de partidos tradicionales (Acción Democrática y COPEI), la ruptura del pacto democrático del Punto Fijo y la incapacidad de las élites políticas, para adaptar las instituciones a profundas transformaciones sociales, económicas e internacionales.
Desde esta perspectiva, el ascenso de Hugo Chávez debe comprenderse como un fenómeno de populismo personalista, que emerge en un contexto de desafección partidaria, desigualdad estructural y colapso de la mediación institucional. Sin embargo, el chavismo no se limita a canalizar el conflicto social, sino que lo redefine como antagonismo permanente, sustituyendo el pluralismo democrático por una lógica plebiscitaria y moralizante del poder. Con la llegada de Nicolás Maduro, esta lógica se transforma en un ejercicio de dominación, sustentado crecientemente en la coerción, el control institucional y la represión selectiva, profundizando la crisis económica, social y humanitaria, así como la ruptura con el orden internacional liberal-democrático.
Dado que haremos un análisis multidimensional desde el ascenso de Hugo Chávez, hasta el arresto de Nicolás Maduro, procederemos en esta introducción, a presentar un marco teórico, articulado y plural, para comprender el caso venezolano.
- Teoría de los partidos, representación y democracia: Desde la Ciencia Política clásica y contemporánea, se retoman las contribuciones de Maurice Duverger y Giovanni Sartori, para analizar el rol de los partidos como estructuras de mediación social; y garantes de la gobernabilidad democrática. La crisis del bipartidismo venezolano se interpreta como una crisis de representación, que abre espacio a la antipolítica y al liderazgo personalista. A ello se suman los aportes de Norberto Bobbio, quien subraya que la democracia no se define por sus fines declarados, sino por el respeto efectivo, a las reglas que permiten la resolución pacífica de los conflictos.
- Populismo, liderazgo carismático y erosión institucional: El fenómeno chavista es abordado desde la teoría del liderazgo carismático de Max Weber, complementada por los análisis de Enrique Krauze, John Keane y Levitsky y Ziblatt, quienes permiten entender el populismo como una forma de legitimación directa, que debilita las mediaciones institucionales y erosiona gradualmente la democracia desde dentro.
- Teoría de sistemas, legitimidad y comunicación política: Los aportes de Niklas Luhmann y Jürgen Habermas, resultan centrales para comprender la pérdida de capacidad del sistema político venezolano, para procesar la complejidad social y mantener un espacio público deliberativo.
- Teoría del conflicto y de la paz: Desde Johan Galtung, el análisis distingue entre paz negativa y paz positiva, permitiendo identificar, cómo el chavismo transformó el conflicto social en un recurso político permanente, derivando en violencia estructural, cultural y directa. Esta perspectiva, se articula con la sociología del conflicto y con las reflexiones de Salvador Giner sobre orden social, legitimidad; y ruptura entre estructura social y sistema político.
- Economía política y desigualdad: Las tesis de Thomas Piketty, permiten situar el colapso venezolano en el marco de la desigualdad extrema, el rentismo petrolero y la captura de recursos por élites político–militares, desmontando la narrativa del “socialismo del siglo XXI”; y evidenciando la ausencia de una transformación estructural del modelo de acumulación.
- Relaciones Internacionales y toma de decisiones: Desde las Relaciones Internacionales, se incorporan los enfoques de Celestino del Arenal, así como los modelos de Graham Allison y la teoría de toma de decisiones de Alexander George, para analizar la política exterior venezolana, la internacionalización del conflicto y el arresto de Maduro, como un evento situado en la intersección entre hegemonía, soberanía y realismo político.
- Marco ético y teológico–político: finalmente, el ensayo incorpora la Doctrina Social de la Iglesia, la Teología Política Contemporánea y la Teología Latinoamericana de la Liberación (Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y Enrique Dussel), como herramientas críticas para evaluar la legitimidad ética del poder, el uso instrumental del “pueblo” y la negación de la dignidad humana en nombre de proyectos redentores.
En otro orden de cosas, luego haremos un necesario desplazamiento metodológico: ya no bastará con describir la deriva del sistema político venezolano, ni con enumerar sus síntomas institucionales, económicos o geopolíticos. Lo que se impone es un marco teórico integrador, que permita comprender el tipo de poder que se constituyó desde el ascenso de Hugo Chávez y que, bajo Nicolás Maduro, alcanzó su forma más acabada y radicalizada.
El régimen venezolano no puede ser analizado adecuadamente, desde las categorías clásicas de dictadura militar, autoritarismo tradicional; o simple “democracia defectuosa”. Como advierte Moisés Naím, nos encontramos ante una mutación contemporánea del poder, propia del siglo XXI, en la cual los regímenes autoritarios no niegan la democracia, sino que la simulan, la administran y la vacían desde dentro. En este sentido, el chavismo-madurismo debe ser conceptualizado como una forma de autoritarismo híbrido, iliberal y funcional, cuyo objetivo no es la legitimación plena, sino la confusión sistémica, la dilución deliberada de las fronteras entre lo legal y lo ilegal, lo institucional y lo informal, lo público y lo privado.
Aquí converge el diagnóstico de Giovanni Sartori: Venezuela no transitó hacia una “democracia defectuosa”, sino hacia una simulación de democracia, donde las elecciones subsisten sin competencia real, las instituciones sin autonomía y el Estado de Derecho como retórica vacía. John Keane, profundiza esta lectura, al señalar que las nuevas dictaduras ya no se presentan como negaciones explícitas de la democracia, sino, como regímenes parasitarios de sus formas, capaces de coexistir con elecciones, parlamentos y tribunales, siempre que estos sean políticamente neutralizados.
Desde esta perspectiva, el chavismo no reconstruyó el Estado tras el agotamiento del sistema de Punto Fijo, sino que desinstitucionalizó el poder, personalizándolo en la figura del líder carismático (Weber, Krauze) y erosionando progresivamente los mecanismos de mediación política. El madurismo, lejos de corregir esta deriva, la profundizó: ante la pérdida de legitimidad carismática y redistributiva, el régimen sustituyó la adhesión social por el control coercitivo, la resignación colectiva; y la integración orgánica de economías ilícitas.
Este proceso encuentra una formulación teórica de gran potencia en Enrique Dussel: la autonomización de la potestas respecto de la potentia. En el caso venezolano, el poder institucional dejó de expresar la voluntad popular para convertirse en un aparato autónomo, desvinculado de la vida social concreta. Sin embargo, en su fase contemporánea, esta autonomización, ya no es solo burocrática o ideológica, sino mafiosa y transnacional, como lo demuestra Naím en Ilícito y La revancha de los poderosos: el Estado deja de combatir el crimen organizado y pasa a integrarlo funcionalmente, convirtiéndose en plataforma de negocios ilícitos, redes clientelares y alianzas opacas.
Este marco permite explicar un fenómeno clave: la sobrevivencia del régimen pese al colapso económico y social. No se trata de fortaleza estatal, sino de lo que Naím denomina la rentabilidad del desorden. El Estado venezolano ya no gobierna para producir bienestar, sino para administrar escasez, controlar flujos; y garantizar impunidad. Desde la perspectiva de Johan Galtung, esta situación constituye una forma extrema de violencia estructural; desde la ética política de Francisco, una corrupción radical del bien común; desde Dussel, una negación sistemática de la vida.
En el plano internacional, este análisis exige abandonar lecturas simplistas del antiimperialismo. La política exterior venezolana no responde a una coherente estrategia marxista-leninista, sino a lo que Naím denomina soberanía instrumental: el discurso nacionalista, encubre nuevas dependencias. China, Rusia, Irán y Cuba no operan como aliados ideológicos, sino como socios transaccionales dentro de un sistema internacional fragmentado, volátil.
Aquí se vuelve central el aporte de Alfredo Jalife Rahme. Venezuela no es solo un régimen autoritario colapsado, sino un espacio geopolítico estratégico, atravesado por la disputa entre potencias en un contexto de transición hacia una multipolaridad inestable; o incluso hacia un retorno a las zonas de influencia. El arresto de Nicolás Maduro, debe leerse, entonces, no solo como resultado de un colapso ético-político interno, sino como expresión de la reafirmación del poder duro estadounidense, en un escenario que Jalife define como geopolítica del caos: crisis energéticas, financieras, sanciones, guerras híbridas y confrontaciones indirectas.
Desde la Escuela Realista de las Relaciones Internacionales, esta acción constituye una demostración de fuerza; desde Bobbio, Sartori y Dussel, revela la fragilidad de un orden internacional donde el Derecho cede ante la correlación de fuerzas. El sistema internacional post Guerra Fría aparece así, no como garante de la democracia, sino como un espacio de disputa por recursos estratégicos, rutas financieras y control energético.
Finalmente, el marco teórico se completa con la economía política. Siguiendo a Thomas Piketty, el caso venezolano confirma que la desigualdad sostenida no se corrige espontáneamente: cuando fracasa la legitimidad redistributiva, el régimen opta por el control político. La economía deja de ser un espacio de inclusión y se transforma en instrumento de dominación, donde la escasez es administrada políticamente. A ello se suman las lecturas estructuralistas y neo-estructuralistas (CEPAL, Prebisch, Furtado), el monetarismo (Friedman), el marxismo clásico y el neo-marxismo (Amin, Wallerstein), que convergen en una explicación compleja del colapso: capitalismo rentista, dependencia estructural, desindustrialización y captura del Estado.
En síntesis, este trabajo se inscribe en un enfoque multidimensional, que articula teoría democrática, ética política, economía política y geopolítica crítica. Su hipótesis central es clara: el madurismo no es una desviación accidental del chavismo, sino su mutación autoritaria final; y el arresto de Nicolás Maduro, no constituye el cierre del conflicto venezolano, sino una coyuntura crítica, que revela tanto la implosión interna del Estado como las tensiones profundas del sistema internacional contemporáneo.
Desde esta base teórica, el análisis de escenarios futuros —para Venezuela, América Latina, Centroamérica y Costa Rica— no pretende ofrecer predicciones deterministas, sino mapas de posibilidad, advertencias estructurales y criterios normativos, para comprender los riesgos del neo-populismo, la erosión institucional y la geopolítica sin ética en el siglo XXI.
I
No puede negarse que, con el arresto de Nicolás Maduro, se profundiza la crisis del sistema político venezolano; ya con Maduro, el sostén del liderazgo político venezolano, estaba en problemas. A esto, hay que sumar que ya, en la etapa final de Chávez, había una crisis estructural de representación. Ella, alimentada por la crisis de los partidos políticos, así como la pérdida del pacto democrático.
La experiencia venezolana, desde el último cuarto del siglo XX hasta el primer cuarto del siglo XXI, es uno de los procesos de mayor deterioro institucional, en América Latina. Ese deterioro, fue o es, de largo aliento, con desgaste interno, concentración del poder; e internacionalización del conflicto.
Esto, como fruto de la crisis del pacto político, surgido en 1958, sostenido en el bipartidismo de Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Electoral Política Independiente (COPEI), para adaptarse a las transformaciones económicas y sociales del país (Nos diría el maestro, Maurice Duverger, “el Punto Fijo”, permitiría “un bipartidismo sociopolítico estable”, donde los partidos, no eran meros instrumentos electorales, eran estructuras de mediación social, lo que garantizaba la gobernabilidad. Pero Sartori nos expresaría que: cuando los partidos, no logran adaptarse, producen crisis de representación, que abren espacios a la antipolítica. Nos diría Enrique Krauze, que esa apertura, hace resurgir los mitos de el Salvador, alimentados por la frustración social y el resentimiento).
Rómulo Betancourt, líder de AD, resumió el centro del pacto democrático, diciendo que ningún sector, podía gobernar, excluyendo a los demás. Véase que, para Betancourt, democracia era acuerdo, no imposición, esta tesis fue clave en AD (Teóricamente, apoyada por Duverger).
Por su parte, Rafael Caldera, desde el socialcristianismo de COPEI, complementó esta tesis de democracia, diciendo que ella, era una ética de responsabilidad, frente al poder. Con esto claro, AD, insistía en que su partido político, era un vehículo de mediación, no un fin en sí mismo. Ya veremos que, con el tiempo, esta idea se erosionaría. El mismo Duverger, decía que, cuando los partidos se burocratizan, se distancian de la sociedad, comienzan a perder legitimidad y capacidad representativa.
Este es el contexto del “Punto Fijo” (1958), el acuerdo político, destinado a garantizar, la estabilidad democrática, luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Es así, como AD y COPEI, acuerdan alternarse en el poder, eso sí, reconociéndose (Sin exclusiones como decía Betancourt) y repartiéndose el poder Estatal. Conteste a la historia del pensamiento social, de Salvador Giner, el pacto de “Punto Fijo”, puede entenderse como un orden social legítimo, basado en: normas compartidas, partidos representativos y un Estado con autoridad moral.
Durante varias décadas, el “Punto Fijo”, produjo elecciones competitivas (Moderadamente competitivas, diría Sartori); expansión del Estado Social (Reformismos socialdemócrata y socialcristiano), y prosperidad económica, basada en la renta petrolera. Desde la teoría política, diría J. Habermas: el “puntofijismo”, era la mediación comunicativa entre AD y COPEI, ellos traduciendo las demandas de la sociedad civil organizada y no organizada (Easton), al sistema político.
Incluso, desde ciertas teorías del conflicto, éste es inherente a toda sociedad, pero el carácter de ese conflicto, depende de la existencia de instituciones capaces de canalizarlo: antes de 1998, con todas sus limitaciones, funcionaba un conflicto institucionalizado (Las tensiones eran procesadas por los partidos políticos, por elecciones, por mecanismos de negociación política).
Pero en la década de los 80, el modelo comenzará a agotarse, quizás es más preciso decir que, también hubo un cambio en el sistema internacional: el ascenso de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en Inglaterra. Para ellos, “ya el Estado no es la solución, es el problema”. Son los inicios del neoliberalismo. Será en ese momento, que las afiliaciones de los partidos tradicionales, bajaron fuertemente (Jana Morgan).
En este contexto, caerán los precios del petróleo y aumentará el endeudamiento externo. De ahí vendrán las políticas de ajuste estructural, ellas, llevarán a una crisis de legitimidad de los partidos políticos tradicionales. Nos diría Duverger, que, este tipo de crisis económica, acelera la desafección partidaria, esto, porque esas estructuras, no traducen el malestar social en propuestas creíbles.
AD, busca volver al poder, por medio de la reelección de Carlos Andrés Pérez, él promete la bonanza de su primera administración, cuando ya esto, no era posible: la segunda administración Pérez, será de corte economicista, ello generará la reacción del “Caracazo” (1989): éste es la máxima evidencia de la ruptura de amplios sectores populares, con lo que era el sistema político vigente. Para Giner, se produce aquí una desarticulación entre estructura social y sistema político (Se pierde la mira de los intereses reales y los partidos, pierden su función mediadora). Nos expondría Sartori: se inicia aquí, el proceso de deslegitimación sistémica, donde los partidos, comienzan a ser percibidos, como innecesarios. Aquí es donde Krauze, ve la creación del terreno fértil, para el retorno del mesías político, figura recurrente en la historia latinoamericana.
El error de AD y COPEI, fue creer que, la crisis era coyuntural, de hecho, Carlos Andrés Pérez, sostenía que, con su carisma, podría controlar el descontento. Al contrario, sectores críticos de la izquierda democrática, hablaban de una crisis histórica y de representación, fue el caso de Teodoro Petkoff. Bobbio, nos expone que este error, es decisivo, cuando las élites no reconocen el deterioro de las reglas democráticas, en realidad, en este momento, se prepara el terreno para su sustitución, por “soluciones” autoritarias (El conflicto deja de ser normado, el conflicto, pasa de ser político, a ser existencial).
Niklas Luhmann, nos diría que: el sistema político venezolano, estaba perdiendo capacidad de reducir la complejidad, es decir: ya no procesaba adecuadamente las demandas sociales, ni se percibían decisiones como legítimas.
Desde Jean Meynaud, esta etapa marca el momento de la politización total del conflicto, el Estado, ya no era árbitro, era actor desacreditado incapaz de generar concertaciones o consensos. AD y COPEI, dejaron de funcionar como acoplamientos estructurales entre sociedad y Estado. Jesús Ibáñez, afirmaría que, se rompería el discurso político y su inserción en la experiencia social: la ciudanía dejó de reconocerse en el lenguaje del poder.
Por su parte, este marco, fortalecería un liderazgo militar – populista: Hugo Rafael Chávez Frías. Pérez, advertiría el peligro de tal situación, para él: el populista, prometía redención, pero terminaría destruyendo las bases mismas del sistema republicano: las tesis del socialdemócrata, resultarían proféticas.
Regresando a Duverger, Chávez, sería “el líder antipartidista”, ante el colapso de AD y COPEI. El “comandante”, asumía el rol de “alguien de fuera de la política”, negando la política tradicional, yendo directamente a conectar con las masas (Keane, nos diría que, esta es una de las características del “autoritarismo performativo”). Precisamente, con ese rompimiento con la política tradicional, se reaccionaba a décadas de concentración de los ingresos y exclusión social, exacerbadas por la crisis fiscal del Estado rentista; y el presunto agotamiento del modelo desarrollista (Thomas Piketty).
Desde COPEI, se advertía que, el Chavismo, representaba una ruptura con la tradición civilista, esa, que había costado tanto construir. Pero, para 1998, Chávez triunfa por la vía electoral. él, encarnaba el desencanto político imperante: en este momento, “el comandante”, encarnaba “una purificación moral”: “El Punto Fijo, era corrupción, decadencia moral, exclusión”. En ese momento Chávez, se presentó como “alguien de fuera de la política”, rompiendo la hegemonía AD / COPEI.
Aquí es donde comenzaba a perpetuarse el conflicto (En el libro: “Redentores”, Enrique Krauze, nos dice que: el populismo necesita enemigos para justificar la concentración del poder: ya no hay posibilidad de paz democrática, pues se niega el pluralismo). Es el inicio, de un desgaste incremental, de los contrapesos institucionales.
Chávez, ganará con “V República”, obteniendo un 56 % de los votos, derrotando a una coalición apoyada por AD y COPEI (El fin de las diferencias bipartidistas); esta es la inauguración de “la fase Chavista de la política venezolana”.
Para Habermas, esta fase, es una sustitución de la racionalidad comunicativa, por una racionalidad carismática, esto nos lleva a la teoría sociológica clásica de Weber: la figura del líder, es la fuente directa de legitimidad (Ya no importan las instituciones, ni los procedimientos).
Por esto, Chávez, diría que juraba sobre “una Constitución moribunda”: vendría la Constitución de 1999, ella, con el signo de la concentración del poder en el Ejecutivo, pero presentada como “una profundización democrática”. En realidad, era el proyecto de la erosión de los contrapesos republicanos. Eso fue la “famosa revolución Bolivariana”. Podríamos decir, siguiendo a Salvador Giner, que, “se trata de revestir de una legitimidad racional – legal”, lo que en realidad era: “una legitimidad carismática” (¿Weber?). en el caso de Luhmann: es claro, que: “el sistema se cerró sobre sí mismo”, reduciendo la autonomía de los subsistemas: electoral, jurídico y mediático.
Desde Meynaud, este proceso, expresa la colonización del Estado por el poder político. Las instituciones no desaparecen, pero son vaciadas desde adentro. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), no es un partido de masas, es instrumento del líder, sin deliberación, sin control interno (Duverger, Sartori).
En el “deber ser”, esa “revolución” implicaba:
- Participación popular.
- Redistribución de la renta petrolera (Parte de esto, sí lo hizo Hugo Rafael Chávez, vía gasto social y transferencias directas, pero sin alterar la estructura profunda de acumulación. Basado en esto, el ex embajador de Costa Rica en Venezuela, el Lic. Vladimir de la Cruz de Lemos, es que sostiene que, el régimen Chávez – Madurista, no es socialismo).
- Ampliación del rol del Estado.
Ante esto AD y COPEI, reaccionaron tarde y de manera dividida, incapaces de renovar su discurso y su liderazgo (De hecho, ya en los eventos, Rafael Caldera, le había dado gran poder a Chávez), ellos, se fueron marginando en la nueva configuración política. Habría oposición, sí, pero, sin discurso democrático, ni arraigo popular (En el “deber ser”, el Chavismo, subordinaba las reglas democráticas a la voluntad popular, como lo plantea Sartori).
Lo cierto es que, en ese contexto, Chávez, apuntaló su discurso polarizante: “pueblo versus élite”, con lo que termina de deslegitimar a AD y COPEI; “el Comandante”, terminó siendo el cambio frente al descrédito de AD y COPEI.
Ya lo decía Teodoro Petkoff en el 2001: “Chávez no pretende democratizar el poder, sino apropiarse de él, en nombre del pueblo”; y en su libro: “Las Dos Izquierdas”, del 2005, ya era claro que, quien había sido marxista, era “de izquierda democrática”: “El socialismo sin democracia no es socialismo, es una forma de despotismo con retórica igualitaria”.
Petkoff, también fue duro con la oposición tradicional, esto, al señalar que ellos, habían perdido su capacidad de escucha, a ellos lo que les interesaba, era mantenerse en el poder. Así, la derrota de AD y COPEI, no era solo política, era ética.
Desde finales de los años 90, ya este autor, advirtió que, el proyecto Chavista, mezclaba elementos del populismo plebiscitario (Sartori); con una clara tendencia a la concentración de poder. Lo interesante es que, para él, lo peligroso no era la retórica socialista (Del mal llamado “Socialismo del siglo XXI”); en el fondo, no había tal socialismo: la ciudadanía, era sustituida por la lealtad política (Incluso, Chávez, ya le daba fuertes cuotas de poder a los militares). Si retornamos a la teoría política de Jesús Ibáñez, esto es una reconfiguración del discurso.
Si vamos a la literatura académica, el Chavismo, es una forma de populismo personalista, con un liderazgo centralizado y una legitimación directa en las masas, debilitando las mediaciones institucionales tradicionales. Esto, fue profundizado con la Constitución de 1999: ella, debilitó la independencia de poderes.
Chávez, consolidó mecanismos de control político – social, fue el caso de las “misiones”, ellas, controlaban recursos, adicionalmente, se profundizaba el discurso polarizador. Chávez, enfermaría de cáncer, los precios del petróleo bajarían, se observaba el deterioro económico; comenzaban a verse cambios en la base política y social del Chavismo.
Dicho esto, nos parece valioso, tomar las categorías de Levitsky y Zibblat (“¿Cómo mueren las democracias?”); en este texto, se demuestra que, las democracias hoy, no muren, por golpes militares clásicos, sino, por procesos graduales de erosión interna, esto, por actores que acceden por la vía electoral (Chávez) y luego, sobajan “las reglas de juego” desde adentro.
Para estos autores, el colapso democrático se intensificó por cuatro indicadores centrales del comportamiento autoritario:
- Rechazo, explícito o implícito, de las reglas democráticas de juego.
- Negación de la legitimidad de los adversarios políticos.
- Tolerancia o fomento de la violencia política (Aquí complementa Keane: incluso, esa violencia, dosificada, ejemplarizante y selectiva)
- Disposición a restringir las libertades civiles, especialmente de opositores o medios de comunicación.
A partir de estos indicadores, los regímenes, pasan a ser híbridos o autoritarios, conservando elecciones, pero vaciándolas de contenido competitivo. De hecho, al “hiperactivar el electoralismo”, no importó fortalecer el pluralismo, sino justificar la centralización del poder.
II
La transición del Chavismo al Madurismo, no fue una simple continuación sino, una transformación de calidad del proyecto político. Según eruditos, el Madurismo, implicó una profundización de las alianzas “cívico” – militares – policiales, así como una deriva autoritaria, más marcada que bajo Chávez.
Y es que, evidentemente: “Maduro no era Chávez”: seamos claros: menos carisma (Por lo tanto: “más fe en la fuerza”); menos legitimidad electoral, menos formación y “virtú” política diría Maquiavelo. Como lo dirían Levitsky y Ziblatt, es la “normalización del autoritarismo competitivo”. Desde la óptica económica, con Maduro: se radicaliza el colapso del crecimiento, unido a la preservación de privilegios de grupos cercanos al poder (Los militares), intensificando la desigualdad extrema, no solo en materia de ingresos, sino, también, de acceso a bienes y servicios, así como derechos básicos (Piketty).
En el caso de la teoría de Zygmunt Bauman, lo que se daría es: “una modernidad política líquida”, caracterizada por la precariedad institucional, la incertidumbre permanente y la descomposición de vínculos sociales.
Entonces: en principio, se puede hablar de Chávez – Madurismo, el segundo, requiere de la herencia del primero. Pero luego, se distanciaría de aliados históricos, generando tensiones “en las filas de los revolucionarios”.
Retornando a Petkoff, éste diría que, el Madurismo “era un Chavismo degradado”, cosa en la que estamos totalmente de acuerdo. Maduro, trataba de controlar más, por tanto, trataba de reprimir más las libertades básicas: de los medios de comunicación, de los opositores. En términos de Luhmann, el sistema político, se volvía cada vez más autorreferencial; para Habermas: “el espacio público quedaba clausurado”; “la comunicación política, quedó reducida a pura propaganda”. En lo que refiere a Meynaud, el régimen, alcanza una politización total, donde la disidencia es criminalización.
En efecto, el Madurismo, mantuvo formas electorales, pero sin contenido democrático (Petkoff); esto, quedaba reforzado por la lectura de AD: la concentración absoluta de poder en el Ejecutivo, convertía al Estado, en un instrumento partidario y represivo.
Maduro y su grupo, cometerán errores, que, aumentarán la hiperinflación, la escasez y la migración masiva (Internacionalización del conflicto); he aquí, lo que tanto los intelectuales y políticos democráticos de Venezuela, señalarían como: los límites estructurales, del mal llamado: “modelo Bolivariano”.
Dicho esto, podemos abordar el tema del que estamos tratando, desde las Relaciones Internacionales: durante la presidencia de Chávez, éste trató de concretar un reposicionamiento internacional del país, esto por medio de alianzas con:
- China.
- Cuba.
- Rusia.
De igual manera, creó el ALBA, con lo que mezclaba:
- Confrontación con los Estados Unidos.
- Diplomacia petrolera.
- Ideología.
Si vamos a la teoría de Celestino del Arenal, estas acciones de Chávez, eran contestes con la evolución de su régimen interno…
Bajo Maduro, la política exterior venezolana, perdió capacidad de iniciativa, volviéndose defensiva, esto, como fruto de las sanciones internacionales, aumentando su dependencia de los aliados extra hemisféricos, esto mostraba el debilitamiento de la soberanía efectiva del Estado Venezolano. Nos diría Bauman que: Venezuela se convertía en un Estado, atrapado en una inseguridad estructural, dependiendo de alianzas desiguales para sobrevivir.
Ese debilitamiento era alimentado por: la migración masiva y, el aumento de la presión diplomática e imposición de sanciones. El sistema internacional, denunciaba las violaciones del orden democrático. La respuesta del régimen, fue la acusación de la intervención de los Estados Unidos, promoviendo discursos de antiimperialismo y soberanía (Ocultando, su control institucional, la manipulación comunicativa, el legalismo autoritario y su represión selectiva).
Pero lo cierto es que sobre todo lo expuesto, el régimen de Maduro, iba acumulando evidencia de relación con redes criminales transnacionales, sobre todo, el llamado: “Cartel de los Soles” (Al momento de redactar este análisis, en la acusación del Departamento de Justicia a Maduro, se retira la referencia al “Cartel de los Soles”, como grupo criminal en la acusación). Esto unido a los acuerdos entre el régimen y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Esto demuestra lo que dice Moisés Naím, sobre el tema del poder, legitimado por medio de redes de estructuras no – Estatales.
Por ello, Estados Unidos, acusó a Maduro y altos funcionarios de su gobierno, de narco – terrorismo desde el 2020 (Antecedente próximo de la invasión u operación estadounidense y el arresto de Maduro). Esto, aceleró la deslegitimación internacional del régimen y la ampliación del rol de los actores externos (Incluido el ejército de los Estados Unidos).
Con toda esta palestra colocada, Maduro, reforzaba sus lazos para sobrevivir en:
- China y Rusia: quienes le daban apoyo económico, financiero y político.
- Cuba e Irán: actores que ofrecieron apoyo político al régimen.
Todo esto, todavía podía leerse desde un escenario de multipolaridad. Pero llegarían los eventos del 3 de enero: en un primer abordaje, podemos decir lo siguiente:
- Estados Unidos, ha ejercido una acción militar, capturando a Maduro, para concretar los cargos que ya hemos mencionado.
- En América Latina, las reacciones han sido mixtas, lo que refleja entre otras cosas, las divisiones ideológicas en el subcontinente.
- Rusia y China: condenaron la acción como violación del derecho internacional y de la soberanía.
Si vemos el arresto de Maduro, desde los clásicos “Modelos de Allison”, encontraremos lo siguiente:
- Indudablemente la acción de Estados Unidos, busca maximizar sus intereses, reafirmando su hegemonía regional (Esto unido a sus actos en Argentina, Honduras, El Salvador). He aquí: el modelo racional.
- El ejercicio del poder militar antes mencionado, puede enmarcarse en el modelo organizacional: la operación responde a capacidades y rutinas del aparato militar.
- Desde el modelo de política burocrática, no se puede negar que hubo negociaciones internas y entre actores políticos.
Si complementamos esto, con la Teoría de Toma de Decisiones de Alexander George, entonces:
- Esta fue una toma de decisiones bajo condiciones de crisis.
- ¿Se tomaron en cuenta riesgos geopolíticos?
- ¿El impacto en la competencia entre las grandes potencias?
En otro orden de cosas, este arresto plantea tensiones graves en Relaciones Internacionales y Derecho Internacional:
- Se estaría violando el principio de no intervención con base en la Carta de la ONU.
- Los Estados Unidos, se estarían escudando en las acusaciones penales, pero ellas, no anularían la soberanía.
En términos geopolíticos:
- Hay una interpretación y reinterpretación de la “Doctrina Monroe” (Esto nos debe decir mucho a los costarricenses, pues ella, no dejó de ser base de la invasión de William Walker a Centroamérica en 1856 – 1857).
- Desde la Escuela del Realismo Político, ella, sale gananciosa: la tesis del “respeto al Derecho Internacional”, es pura retórica, lo que importa es la fuerza (Trump, dijo que, solo el ejército de Estados Unidos, pudo haber realizado esta operación militar).
- El tema del ajedrez mundial: ¿Cómo quedan las potencias que apoyaron a Maduro?; ¿incidirá este evento, en la lucha por la hegemonía internacional (entre, China, Estados Unidos, Irán y Rusia)?
Con esto claro, el arresto de Maduro, no puede verse como un hecho aislado, ni tampoco, como un hecho aislado de la política exterior estadounidense. Por ello, insistimos en una lectura multidimensional: como hemos podido ver, tanto Chavismo como Madurismo, se pueden ver desde sus semejanzas, pero también desde sus diferencias (Política comparada).
Pero, además, de seguido, veremos que, para muchos analistas políticos e internacionalistas, se concretan la tensión, entre diversos enfoques:
- Los normativos (Lo que “debe ser” la democracia, “lo que deben ser”, las relaciones internacionales).
- Los empírico – institucionales (¿Cómo funcionan los sistemas políticos?)
- Los enfoques críticos (¿Cómo opera el poder real?)
La socialdemocracia y otras fuentes del pensamiento social (Giner), sostienen que la democracia no es solo política (No es solo procedimental), es decir: la legitimidad, es histórica, simbólica y social. No es solo cosa de “técnica jurídica”.
Desde Habermas, el análisis normativo, exige condiciones de comunicación, deliberación y reconocimiento. Pese a ello, el Chavismo y el Madurismo, muestran los límites del idealismo político. El poder, puede invadir el espacio comunicativo, vaciar las formas democráticas, sin abolirlas.
Aún más, desde Giner y Habermas, pese a los defectos del “Punto Fijo”, por medio de éste, se lograba una concertación (¿Consenso?), sobre lo que se entendía por democracia, ella, con las siguientes características:
- Institucionalista.
- Pluralista.
- Racional – legal.
Pero de nuevo: Jesús Ibáñez tendría razón: se llegaría al rompimiento, del discurso político y la experiencia social. Entonces, el Chavismo:
- Redefine el sujeto político: el Pueblo (Laclau y Mouffe; para Bobbio, cuando el pluralismo se sustituye por una voluntad única, la democracia se transforma en lo contrario).
- Lo que es y será “la verdad política” (Dice Keane: esto se logra por la saturación informativa).
- Quien tiene autoridad para interpretarla: Hugo Rafael Chávez Frías.
De este modo, trataría de volver a resolver la complejidad política (Luhmann), pero por medio de la polarización populista: Pueblo / enemigo: aquí es, donde la realidad – real, se distancia de la realidad creada por el Chavismo.
Es Chávez el que crea la realidad, su realidad; aquí es donde entra el formalismo legal de la Constitución de 1999, ella, será el recipiente de la realidad Chavista. Todo en el marco del liderazgo carismático (Weber). Al final, nos dice Sartori: “se personaliza de manera extrema el poder, lo que, en realidad, va en contra de una democracia constitucional”. El mismo Sartori, vería la Constitución de 1999, como: “una ingeniería constitucional al servicio del poder”. Krauze es quizás más preciso: “se convierte el carisma en ley, se busca institucionalizar el mito”. En este momento, desaparecen los canales institucionales, el conflicto se radicaliza, se vuelve violento.
Con Maduro, esto cambiará (El liderazgo carismático), una vez más: “ante la ausencia de carisma, aumento de coerción”. Desde Bauman, el régimen entra en una fase de precariedad extrema, la política se vuelve liquida, pero el tema es: “la calidad de esa liquidez”: improvisada, reactiva. Desde Luhmann, esto es parte de la “auto referencialidad”, perdiendo capacidad de aprendizaje.
Maduro y su grupo:
- Negaron sistemáticamente datos empíricos (Económicos y sociales).
- Descalificaron el conocimiento experto.
- Criminalizaron del disenso (Dice Enrique Krauze, que, cuando el pueblo, se convierte en una entidad mística, la discrepancia se transforma en herejía.).
Con esto reiterado, si regresamos a las Relaciones Internacionales: estamos en lo que se conoce como: “Caso Frontera”:
- Había una democracia formal, pero no, sustantiva.
- El discurso Chávez – Madurista, hablaba de soberanía, pero con el segundo, se perdía más.
- El Derecho se esgrime, mientras se viola selectivamente.
III
Si volvemos a la escuela de Ciencias Políticas francesa, todo lo dicho, demuestra como el sistema venezolano, deja de ser un sistema de partidos, para convertirse en un sistema de dominación personal sostenido por coerción. Para Meynaud, es el colapso de un Estado, que perdió capacidad de legitimarse interna y externamente. Desde Sartori, el régimen avanza hacia una dinámica sin alternancia real, para Bobbio: “las reglas existen, pero no se respetan”.
Entonces: el caso venezolano, demuestra una tesis central de las Ciencias Políticas, a saber: sin partidos representativos, no hay democracia; y cuando el poder se totaliza, deja de ser garante, del orden, en realidad se convierte, en una de sus principales amenazas.
Por otra parte, desde Norberto Bobbio, la democracia no se define por sus fines declarados, sino, por las reglas que permiten la resolución pacífica de los conflictos. Cuando esas reglas se erosionan, a pesar de mantener las formas, la democracia deja de ser tal. Venezuela, desde el “Caracazo”, hasta el arresto de Maduro, era: “una democracia, sin garantías democráticas”. Esto, al contrario de aquella tesis inicial de Rómulo Betancourt: el respeto al adversario, como condición mínima de orden democrático. Por su parte, nos recordaría Enrique Krauze, que este punto es clave: sin pluralismo real, la política degenera en mitología redentora.
Y claro está, mucho más alejado de la tesis de Rafael Caldera, en el sentido de “una ética de responsabilidad frente al poder”; esto, nos recuerda a Bobbio una vez más: la democracia, no se puede separar del Estado de Derecho. Krauze, nos dice que, esa ética de la que hablaba Caldera, siempre está amenazada, esto por la tentación del caudillismo: es decir, la creencia de que un hombre providencial, puede sustituir a las instituciones.
Precisamente, ese Estado de Derecho, daba, diría Sartori, un sistema de partidos funcional, la competencia (Del grado que fuera), no buscaba destruir el sistema, sino, que lo sostenía. En suma, como lo expresara una vez más, Bobbio: Venezuela, era democracia procedimentalmente imperfecta (“Toda democracia es un proceso”, decía Rodolfo Cerdas Cruz), pero operativa. Para Krauze, este fue un raro momento en la historia de Venezuela, la idea era “desacralizar el poder”, sometiéndolo a reglas e instituciones. En suma: con defectos, se trataba de romper con el ideal del “caudillo redentor”.
En este ensayo, hemos pretendido recorrer el camino, del ascenso de Chávez al arresto de Maduro, arresto que demuestra: como un sistema político, termina rompiendo sistemáticamente su Estado de Derecho (Bobbio); para Sartori, lo que hemos visto, es el colapso de un sistema político, que destruyó sus propias bases de legitimación.
Una vez más si escuchamos a Bobbio: “sin derechos, sin límites, sin reglas, no hay democracia, aunque haya elecciones” …
Si escuchamos a Sartori: “sin sistema de partidos funcional y sin pluralismo efectivo, el poder se personaliza y degenera” …
Al regresar a Krauze, Chávez, representaba “al redentor populista”, un líder que prometía “purificación moral”, concentrando en su persona, la voluntad colectiva. Para este autor, el populismo, va más allá de un estilo político (Laclau), es una teología secular del poder, el líder es un intérprete exclusivo del pueblo: divide entre puros e impuros (Lo que, desde la Teología del Antiguo Testamento bíblico, recuerda el judaísmo de aquellos tiempos). Así, la política, se convierte en “una cruzada moral”. Esto conduce a la sacralización del poder: el líder ya no gobierna, redime.
Con Maduro, las cosas cambian: el mito redentor se vacía, pero el aparato represor permanecía. Así, desde Krauze, estaríamos con un ciclo final de un período clásico de populismo latinoamericano: la caída del falso redentor y el descrédito del mito.
La pregunta es: ¿Se resuelve de este modo el conflicto político estructural?: creemos que no. Desde la Teoría de la Paz, Johang Galtung, distingue entre paz negativa (La ausencia de violenta directa) y la paz positiva (Existencia de justicia social, legitimidad institucional, resolución estructural de conflictos).
El Chavismo, se presentó como un proyecto de paz positiva:
- Justicia social.
- Inclusión.
- Reparación histórica.
Pero en los hechos, terminó siendo un proyecto de paz negativa, derivando en autoritarismo:
- Coerción.
- Polarización.
- Eliminación del adversario.
Este patrón, que hemos identificado en otros análisis, transforma el conflicto social en narrativa permanente. Así, esa narrativa, es o se convierte, en parte de la violencia estructural, esto, porque se destruyen los mecanismos que permitirían la resolución pacífica.
Chávez fue pues, un populista o un neo populista de izquierda: él no canalizó las tensiones sociales, las redefinió, como una guerra política permanente; el adversario (La oposición, las oposiciones), ya no compiten, pasan a ser enemigo o enemigos del pueblo (con lo que se cumple el segundo criterio que hemos mencionado de Levitsky y Ziblatt).
Desde Galtung, el conflicto político, pasa a ser conflicto cultural (El riesgo de este postulado, es que pueda ser confundido con las categorías del marxismo cultural o de sus detractores); lo que quiere decir es, que los lenguajes, los relatos, los símbolos, justifican la exclusión.
De nuevo, como hemos dicho en otros análisis, aquí, la comunicación política, no se usa para des escalar el conflicto, sino, para mantenerlo activo: la polarización funciona: “si polarizo, me mantengo en el poder”, el problema es que, en términos de paz, esto impide una transición hacia una paz positiva: el conflicto, se convierte en recurso político.
Esta es la herencia de Chávez a Maduro: un sistema polarizado, pero “el carisma no se hereda”; por ello: la hegemonía del Chavismo en el conflicto, se pierde con la llegada del Madurismo: el poder no se legitima (Ni con demagogia); sino, que se impone.
Entonces con Nicolás, se intensifica la violencia directa y estructural (Galtung):
- Represión.
- Persecución política.
- Deterioro de los derechos sociales.
- Colapso económico.
Por otro lado, ya hemos dicho que, con Chávez, el “deber ser” de la paz positiva, pasó en “el ser” a ser paz negativa. Con Maduro, ella, es más frágil, más cotidiana: retornando a Krauze: “Chávez es el redentor, pero, Maduro se convierte en el ‘administrador del miedo’”. Aquí, es donde hacemos un aporte clave en el análisis: cuando el populismo o neo populismo, pierde legitimidad social, aumenta su agresividad discursiva e institucional.
Así las cosas, una vez más: el arresto de Maduro, no lleva a la transición hacia la paz, pero por ahora, se estaría cerrando un conflicto mal gestionado, lo que queda por delante es:
- Escenario 1: que no pase nada, es decir, que se reproduzca el conflicto existencial.
- Escenario 2: que se reconstruyan las instituciones capaces de transformar el conflicto, en competencia democrática. De seguido, se debería, despolarizar el espacio público, restituyendo la legitimidad institucional, como condición para una paz duradera.
En suma, desde las teorías del conflicto y de la paz: ella, no puede darse sin instituciones, sin justicia, sin pluralismo, sin conflicto productivo (El propio de la política, diría Duverger) …
IV
Reiteremos: Rafael Caldera, desde el socialcristianismo de COPEI, decía que ella, era una ética de responsabilidad, frente al poder. Pero también hemos visto cómo Teodoro Petkoff, señalaba que, con el ascenso de Chávez: la derrota de AD y COPEI, no era solo política, era ética.
Por su parte, nos recuerda a Bobbio una vez más: la democracia, no se puede separar del Estado de Derecho. Krauze, nos dice que, esa ética de la que hablaba Caldera, siempre está amenazada, esto por la tentación del caudillismo: es decir, la creencia de que un hombre providencial, puede sustituir a las instituciones.
Esto, nos lleva a los fundamentos ético – políticos del poder: en este punto abrazaremos:
- La Doctrina Social de la Iglesia Católica.
- La reflexión teológico política del catolicismo contemporáneo.
Para ello, debemos reiterar que, particularmente en América Latina, la tradición cristiana ha influido, históricamente en la cultura política (Pablo Deiros, Enrique Dussel, Pablo Richard); desde la reflexión teológico política, además, los Papas, no son solo figuras religiosas, sino, que tienen un rol político, desde la estructura de la Santa Sede.
Así las cosas, desde Juan XXIII, hasta León XIV, los Papas, han tenido una teología política crítica del poder absoluto. Esto los lleva a la compatibilidad con la democracia constitucional (Duverger); el pluralismo y la resolución pacífica de conflictos.
Ya hemos visto las definiciones entre paz negativa y paz positiva de Galtung, esto embona con las tesis de Juan XXIII en la Encíclica “Pacem in Terris” (1963). Aplicado al caso venezolano, el Chavismo invocó retóricamente el tema de “la justicia social”, pero luego debilitó los derechos civiles, la independencia judicial y la legalidad institucional.
Desde la óptica de Juan XXIII, al final: Hugo Rafael Chávez Frías, negó estructuralmente la paz, pues ningún proyecto político (De derechas o izquierdas), puede justificarse, si sacrifica la dignidad humana y los derechos fundamentales en nombre de la categoría de “pueblo”.
Aquí hay un puente, con lo dicho por Bobbio: sin derechos, sin reglas garantizadas, no hay democracia, no hay paz. La concentración del poder, la erosión del pluralismo político venezolano, cae en contradicción con una dinámica de paz auténtica.
En el caso de Pablo VI, en la Encíclica: “Popolorum Progressio” (1967), se introduce una noción central para las Ciencias Políticas, las Relaciones Internacionales, la Doctrina Social de la Iglesia y los modelos de Teología Histórico – Crítica y la Teología Latinoamericana de la Liberación.
Esa noción es: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Esta afirmación, conecta directamente, con las categorías de la teoría del conflicto estructural: la pobreza, la exclusión, la desigualdad, no son solo problemas sociales, son fuentes de conflicto permanente.
El Chavismo se presentó como un proyecto de justicia social, de desarrollo inclusivo, pero para Pablo VI, el desarrollo debe ir más allá de discursos, debe ser promoción integral de la persona (Libertades políticas, participación y responsabilidad institucional).
En esta línea, hemos dicho que, los neo populismos tienden a reducir la política social, a un instrumento de control simbólico, debilitando las capacidades autónomas de la ciudadanía. En términos del Papa Montini, esto no construye paz, sino, dependencia y conflicto latente, pues el desarrollo sin instituciones sólidas se vuelve insostenible.
Con Juan Pablo II, la teología política, adquiere un énfasis, en la libertad como núcleo de la dignidad humana. En la Encíclica, “Centesimus Annus” (1991), el Papa polaco advierte que los sistemas políticos que sacrifican la libertad en nombre de la justicia social, terminan produciendo nuevas formas de opresión.
Está crítica es altamente pertinente en el caso venezolano, ningún proyecto histórico (El Chávez – Madurismo), no puede absolutizarse, el Estado no puede convertirse en conciencia moral, ni presentarse como redentor colectivo (Pero ya hemos visto desde autores como Weber, que la persona, el carisma, es la que sustituye la moral, la redención, el Estado). Aquí el intercambio con Krauze es claro, es directo: el populismo redentor, transforma al líder, en mediador entre el pueblo y la historia. Esto es, anulación del pluralismo.
Desde la teoría del conflicto de Juan Pablo II, la paz solo es posible, si es gestionada por medio de la verdad y el reconocimiento del otro, como sujeto libre (Eco de Bobbio); la polarización radical del Chávez – Madurismo: “pueblo versus enemigos”, destruye la base moral, convierte, ya lo hemos dicho, el conflicto político en “una cruzada moral total”, incompatible con la paz democrática.
En el caso de Benedicto XVI, en tanto “Papa Teólogo” por excelencia, hizo una crítica sofisticada al poder político, desvinculado de la razón ética. Al estudiar “Cáritas in Veritate” (2009), se ve que la política sin verdad, degenera en voluntarismo; y la justicia, sin instituciones racionales, se convierte en arbitrariedad.
Desde estos lentes, el Chávez – Madurismo, es una patología del poder: hemos visto que, ese presunto proyecto político, pasó por el liderazgo carismático, llegando a la coerción descarnada, es decir, ya no había carisma ni legitimidad social: lo que quedaba era la instrumentalización del Derecho (Lo que nos hace recordar a Marx, aunque este sea distante de Ratzinger – Benedicto XVI: el Estado, el Derecho y la Ideología, son parte de la súper estructura económica).
Benedicto XVI, advierte que, cuando la política pierde su vínculo con la razón, y el Derecho, el conflicto se vuelve permanente y la paz se torna imposible. Evidentemente, estas tesis, coinciden con nuestro análisis sobre la fase terminal del neo populismo: al perder aceptación, el régimen intensifica la polarización y el control profundiza el conflicto, éste ya, como mecanismo de supervivencia (Diría Keane: esta es la fase de una “dictadura adaptativa del siglo XXI”). Desde Benedicto XVI, esto es un signo de crisis moral del poder, no solo institucional.
Yendo de nuevo al arresto de Nicolás Maduro, hemos tratado de dibujar algunos escenarios, cuando menos, con trazos gruesos, pero lo cierto es que, si tornamos una vez más a Niklas Luhmann, lo que está pasando es que aumenta la incertidumbre.
Desde la Teología Política Contemporánea, este momento, no se puede interpretar como el triunfo de un bando (El que podríamos denominar de “la nueva derecha”, con la politóloga argentina, Antonella Marty).
Si se quiere, desde la Doctrina Social de la Iglesia, se puede abrir una palestra para reconstruir un orden político justo. Juan XXIII, exigiría restaurar los derechos; Pablo VI, reorientar el desarrollo hacia las personas; Juan Pablo II, garantizar la libertad y Benedicto XVI, recomponer el vínculo entre: razón, derecho y política.
En convergencia con Bobbio, Krauze, nosotros y Sartori, estas perspectivas, acuerdan en un punto fundamental: no hay paz sin pluralismo, no hay justicia sin instituciones; y no hay política legítima, sin límites al poder.
Así las cosas: Venezuela continúa con una crisis de gobierno, continúa con una crisis ética del poder (De hecho, el Chávez – Madurismo, no fue totalmente descabezado): la pregunta es común y clave: ¿Cuál será el desenlace?: trataremos de decirlo de manera elegante: decía el politólogo costarricense, Rodolfo Cerdas Cruz: “La Ciencia política es buena para diagnosticar, pero, mala para predecir”. Lo cierto es, que hay una dependencia de la capacidad de transformar el conflicto destructivo, en competencia democrática y reconciliación política.
En el caso del Pontificado de Francisco, se da un giro decisivo en la Teología Política Contemporánea, se avanza de las tesis ya expuestas de Benedicto XVI (Orden institucional), hacia la ética del conflicto social, del pueblo y de la paz, como proceso histórico.
En la Exhortación Apostólica: “Evangelii Gaudium” (2013) y en la Encíclica “Fratelli Tutti” (2020), Francisco, dice que el conflicto, no debe negarse ni absolutizarse, sino, asumirse, transformarse y resolverse en el plano superior. Esto, nos hace regresar a las ideas de Galtung, pero suma una dimensión política clave: en el numeral, 244 de “Fratelli Tutti”, se dice que: el conflicto, no se puede ignorar, ni disimular, pero de quedar atrapados en él, se pierden las perspectivas y los horizontes se cierran.
Bajo estas ideas, en efecto (Volvemos a Krauze), el Chávez – Madurismo, sacralizó el conflicto. Éste fue identidad política permanente; con ello, era imposible una nueva síntesis democrática (Álvaro Montero Mejía); Francisco, expresaría, que esto rompe “la amistad social”, condición básica, para la paz política.
Repetimos: en otros análisis, hemos dicho que, los neo populismos, necesitan la polarización permanente, en esto, coincidimos con el Papa argentino, el liderazgo que divide sistemáticamente al pueblo, no construye justicia, sino dominación (Que desde la Teología Histórico – Crítica, implica, una política y una economía egoístas y una cultura opresiva).
Asimismo, uno de los principales aportes de Francisco, es la distinción entre pueblo y populismo: contrario a los liderazgos redentores analizados por Krauze, Francisco, dice que el pueblo no es, un bloque homogéneo, sino una realidad: conflictiva, histórica y plural.
En “Fratelli Tutti”, el Papa Bergoglio, advertía explícitamente contra el uso demagógico del pueblo, cuando este se convierte en un instrumento de poder: la interpretación personal de los populistas, lo reducen a una categoría ideológica.
Como es lógico, esta crítica es totalmente aplicable al Chávez – Madurismo, tanto Hugo Rafael, como Nicolás, convirtieron al pueblo, en fundamento místico del poder, anulando a la ciudadanía plural. Desde Bobbio, esto destruye la democracia procedimental, desde Sartori, rompe la competencia legítima, a lo que complementa Krauze, reinstala el mesianismo; remataría Francisco: niega la fraternidad política.
Francisco, en la línea de Pablo VI, insiste: no hay paz, sin justicia social. Pero, tampoco hay justicia sin instituciones; esta doble afirmación es clave en el caso de “la tierra de Bolívar”: con Chávez, puede decirse que, inicia la erosión de la institucionalidad democrática, pero ella colapsa en manos de Maduro, de ahí, la injusticia estructural (D.H. Cámara) y la violencia política, esta es la máxima negación de la paz (Galtung).
Desde esta óptica, volvemos a decir: el arresto de Maduro, no es equiparable a la reconciliación. Francisco fue claro: “la paz, no es revancha ni castigo”; es reconstrucción del tejido social, que debe cubrir:
- Verdad.
- Justicia.
- Diálogo político real.
Esto se encarna en la categoría de “justicia transicional”.
En el caso de León XIV, nos parece fundamental, el análisis que realiza el sacerdote – periodista, Mateo González Alonso:
- El Papa, es fiel al estilo diplomático del Vaticano, sin nombres, ni referencias, en sus declaraciones.
- El Pontífice, es estadounidense – peruano y su Secretario de Estado, Pietro Parolin, sirvió en Venezuela, al equipo se suma: Edgar Peña Parra: primer venezolano en ser Nuncio (Embajador del Vaticano), actualmente, parte de la Secretaría de Estado.
- El Papa usa la clave del “bien común del pueblo”, para leer la coyuntura.
- Para lograrlo se debe reconocer la dignidad humana (Para decirlo de algún modo, incluso la de Maduro).
- En pro de ese “bien común del pueblo”, no solo se deben recorrer los caminos de la paz, se debe garantizar la soberanía del país (Cosa que por ahora no es así, Trump, ha dicho que, prácticamente, Estados Unidos, gobernará Venezuela).
- Precisamente en este tema de la soberanía, es que las estructuras partidarias de la Escuela Idealista, están haciendo presión (La ONU).
- La mención de la categoría de Soberanía, es una crítica de León XIV a Trump, pero también es una categoría clave para el futuro, que ya sabemos es incierto en Venezuela.
Ahora, demos un paso más: abordemos el tema, desde la Teología Latinoamericana de la Liberación, para ello, asumiremos desde la teoría hacia la praxis (Al contrario de la recomendación de ese modelo teológico), dos obras claves del filósofo argentino: Enrique Dussel:
- Ética de la Liberación.
- Política de la Liberación.
Iniciamos con una idea clave de la Teología de la Liberación, América Latina, está marcada por la pobreza estructural, la exclusión política y la dependencia internacional; desde este contexto, Dussel, genera una ética desde las víctimas del sistema, no desde el poder constituido.
En el libro: “La Ética de la Liberación”, Dussel sostiene que la legitimidad política, no se origina en el procedimiento, ni en el carisma, ni siquiera en la legalidad formal, sino, en la capacidad del sistema político, para producir una vida digna, de los sujetos históricamente oprimidos. Cuando el sistema deja de hacerlo, pierde legitimidad ética, aunque tenga formas jurídicas.
En el caso del país suramericano que nos ocupa, esta tesis, permite una lectura crítica en doble dirección:
A) “El Punto Fijo”, pese a sus logros democráticos, fue éticamente incompleto, pues no logró integrar plenamente a los sectores populares que quedaron excluidos, de ahí, la crisis de legitimidad histórica (En esto coincide con Petkoff).
B) El Chavismo, aunque se presentó como liberación de los excluidos, terminó traicionando el principio ético fundamental de la Teología de la Liberación: “la vida concreta del pueblo, fue sacrificada en nombre del poder”.
Desde el Marxismo, Dussel expresa: “Todo poder que se absolutiza, incluso en nombre del pueblo, se convierte en fetiche”; aquí es donde se cruza el filósofo argentino con Krauze: “El Chavismo encarna el fetichismo del poder redentor”; complementaría Dussel: “desde una retórica de liberación”.
Para Dussel, esta es la forma más peligrosa de dominación: “se legitima moralmente, pero destruye materialmente la vida social”. Esto nos hace retornar a su vez, a la Teología Histórico – Crítica (Borg y Crossan): “se fortalecería la cultura opresiva, que alimentaría a la política y a la economía egoístas”.
En su libro: “Política de la Liberación”, Dussel, introduce una distinción clave que diferencia el ciclo Chávez – Maduro:
- “Potentia”: Poder que emerge del pueblo como comunidad viva.
- “Potestas”: poder institucional delegado, siempre revocable.
El problema del Chavismo, no fue solo institucional, fue ético – político: la “Potestas”, se independizó de la “Potentia”: esto fetichizó a la primera: el liderazgo carismático de Chávez y el poder coercitivo de Maduro, dejaron de derivar de la “Potentia”, comenzaron a hablar en su nombre: regresando al Marxismo: “ideologizaron la Potestas”.
Esto nos hace coincidir con el marco teórico aquí presentado, de las Ciencias Políticas y la Doctrina Social de la Iglesia:
- Sartori: colapso de la democracia competitiva.
- Bobbio: destrucción de “las reglas de juego”.
- Habermas: clausura del espacio comunicativo.
- Francisco: absolutización del conflicto.
- Quien esto escribe: Neo populismo como sustituto de la representación.
Y quizás, desde Dussel, el diagnóstico sea más radical: el régimen se volvió éticamente ilegitimo, incluso antes de volverse autoritario: para ser precisos, ya en la etapa final de Chávez y todo el periodo de Maduro, se dejó de garantizar la reproducción material de la vida (Alimentación, migración forzada, salud).
Por otra parte, no deja de sorprendernos (Cosa de mantener el asombro), el que ciertos analistas históricos y políticos, sean indulgentes con el tema del populismo (En este caso de izquierdas). Dussel, es claro en señalar que: “el liderazgo por aclamación, cambia la deliberación y ya abandona la dinámica propia de la política” (En esto coincide con Duverger).
Así, el populismo Chávez – Madurista, cayó en una lógica plebiscitaria, ella ligada al culto al líder (La sacralización del líder diría Krauze; “Estalinización”, definiría M. Gorbachov); unida a la identificación del pueblo como un sujeto único: al final, se destruyó la pluralidad, condición básica de la política.
En esto Dussel converge con Laclau, pero también se distancia de él, críticamente:
- Coinciden en la construcción histórica del pueblo (A ello se uniría Francisco desde la Teología del Pueblo).
- Laclau habla del escenario de la captura del pueblo por un líder redentor. Aquí es donde Dussel se distancia.
En el caso venezolano, el pueblo fue redefinido como:
- Lealtad política.
- Identidad ideológica.
- Dependiente material del Estado (En esto insisten autores de derecha con tenacidad).
Desde “La Ética de la Liberación”, esto es una forma de violencia estructural (Teorías del conflicto y la paz), porque niega la autonomía del sujeto popular. En este contexto, si la fase Chavista, fue el poder fetichizado, la fase Madurista, fue la manifestación terminal del fetiche.
El poder ya no se podía legitimar: ni ética, ni simbólicamente: es Maduro, ejerciendo la coerción sistémica. El escenario de esa coerción es:
- Hiperinflación.
- Colapso sanitario.
- Migración masiva.
- Criminalización del disenso.
Desde las categorías del filósofo argentino de la liberación, estas son las consecuencias de la negación directa de la vida; en términos de legitimidad ética, “el medidor le marcaba a Nicolás Maduro”: 0.
Esto nos lleva a un cruce con Galtung: no solo hay violencia directa, hay violencia estructural (Esto a su vez, embona con las categorías propias de Dom Hélder Cámara) y como lo exponen Borg y Crossan, hay violencia (Dominación) cultural.
Desde la Teología de la Liberación, este fracaso, va más allá de lo político, “los que decían liberar, fueron parte del pecado estructural” (Pablo VI); el sistema Chávez – Madurista: “proclamaba la vida, pero, producía la muerte social”.
Véase que, Dussel, no propone la sustitución de la democracia liberal (Lo que sería propio del Marxismo clásico), sino su radicalización ética (Lo que coincide con lo que recientemente ha propuesto el teólogo de la Liberación, Juan José Tamayo). Esto, de nuevo, coincide con el marco de las Ciencias Políticas y de la Doctrina Social de la Iglesia, aquí propuesto:
- Bobbio: reglas.
- Sartori: competencia.
- Habermas: deliberación.
- Francisco: fraternidad.
- Quien esto escribe: representación real.
La salida del conflicto venezolano desde la Teología de la Liberación exige:
- Reconstrucción institucional desde las víctimas.
- Democratización real del poder (Democratización real de “la Potestas”. A esto, hay que unir, una tesis de la Ciencia Política moderna, reforzada por Moisés Naím: el poder, ya no se ejerce exclusivamente desde el Estado).
- Paz como justicia material, no solo ausencia de violencia (Esto se une al concepto de democracia social, del socialismo democrático y el socialismo cristiano).
- Rechazo definitivo al redentorismo político.
Cambio Político Opinión, análisis y noticias
