Por Armando Vargas Araya
Principio de política exterior de los Estados Unidos, la doctrina Monroe establece desde 1823 que no se permitirá la intervención de potencias extranjeras en el Nuevo Mundo.
“Alguien siempre joroba con la doctrina Monroe”, reportó ´Time Magazine´sobre “la irreverente” cuestión costarricense. “No se podría haber presentado una interpelación más embarazosa a los estadistas de la Liga, que se han enfadado por cierto. En realidad, nadie sabe qué significa la doctrina Monroe. Es evidente que la Liga no podría definir una doctrina que los gobernantes estadounidenses a menudo han estirado o encogido para adaptarla a su conveniencia. A veces, se reduce a poco más que los Estados Unidos desalienta la intromisión europea en Latinoamérica. En ocasiones se extiende hasta abarcar la intromisión de los Estados Unidos en América Latina, que los europeos califican como ´francamente imperialista´.”
La Liga – predecesora de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) – existió de 1920 a 1946. Costa Rica adhirió al organismo en 1920 pero dejó de ser miembro en 1927: “La influencia de esa institución no se ve que cruce aún el océano Atlántico. Para oír discutir asuntos políticos del Viejo Mundo, nuestra presencia parece estar de más… Para manifestar nuestras simpatías por los esfuerzos de los grandes en pacificar el mundo y traer a la Tierra el reinado de la justicia, no necesitamos estar en Ginebra”. Además, se alegó que no había plata en el erario. El 15 de marzo de 1928 la Liga instó al país a reconsiderar su retiro, comunicación recibida a mediados de abril, en vísperas del cambio de Gobierno.
La nueva Administración respondió el 18 de julio que el Tratado de Paz (Versalles, 1919) ”dio un alcance jurídico internacional a la doctrina Monroe, que es una declaración unilateral. Determinados sucesos históricos que no sería oportuno relatar aquí y aun la falta de una inteligencia uniforme respecto del alcance de aquella declaración han dividido tanto el criterio de los publicistas como a la misma opinión pública, en lo que se refiere a la interpretación justa de ella. El Gobierno de Costa Rica, antes de resolver la invitación, desea saber cómo interpreta la Sociedad de las Naciones la doctrina de Monroe y cuál es el alcance que se le dio al incluirla en el artículo 21”.
Nadie esperaba tanta audacia, de tal impacto y gran demostración de independencia de un país no miembro. Ni la Secretaría de la Liga, ni su Asamblea General sabían cómo proceder. Intentaron obtener de los Estados Unidos una definición, pero Washington se negó a darla. Consideraron modificar el Pacto constitutivo para excluir el artículo 21, pero el Reino Unido se opuso.
“Bajo estas circunstancias, el Consejo de la Liga tenía que escurrirse, y así lo hizo”, informó la revista ’Time’. “El presidente [finlandés] no permitió que la cuestión costarricense fuese sometida abiertamente al Consejo, pero sí obtuvo el respaldo de sus colegas para una nota confidencial que él mismo preparó. La epístola [1.º de setiembre], que no definió ni interpretó la doctrina Monroe, felicitó a Costa Rica en términos elogiosos y amablemente la enrumbó hacia el Departamento de Estado de los Estados Unidos para obtener más información.
¿De dónde surgió la cuestión costarricense? Algunos académicos han especulado sobre la posibilidad de importunar a los Estados Unidos o tirar de las barbas al Tío Sam. La Misión estadounidense en San José la atribuyó “al solapado carbón” de Chile o México. Lo cierto es que “Costa Rica logró ruborizar de un solo golpe a la Sociedad de Naciones y a los Estados Unidos”, según una académica usamericana: “San José actuó indiscutiblemente por su cuenta al retirarse de la Liga y al hacer la consulta. Así afirmó su independencia en la conducción de la política internacional y ante la influencia de los Estados Unidos”.
“Nuestra nación no debe asumir responsabilidades internacionales guiada solo por impulsos momentáneos, cual pueblo incipiente. Nuestra delicada situación nos obliga a asumir tales responsabilidades con serenidad de ánimo y pleno conocimiento de las consecuencias que nos puedan sobrevenir. [El resultado de esta cuestión] constituye para nosotros, sin lugar a dudas, un brillante triunfo internacional”, se lee en la Memoria de la Cancillería 1928.
¡Un pequeño guijarro logró agitar un gran lago!
Ilustración: El Palacio de las Naciones, Ginebra, sede de la Liga