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Jeremy Corbyn

Y ahora, la Reacción: en defensa de Jeremy Corbyn

Thierry Labica

Jeremy Corbyn

I

La derrota del Partido Laborista el 12 de diciembre es grave. Los incondicionales del Remain [en contra del Brexit] en el seno del laborismo tienen una enorme responsabilidad en ella. Sobre todo, esta derrota es de ellos por haber impuesto la opción de un nuevo referéndum y, además, haberse comprometido a favor del Remain sin ni siquiera esperar a la versión laborista de un acuerdo sobre el Brexit para pronunciarse sobre el mismo.

Sin embargo, hay que reconocerles dos proezas. La primera, política. Tiene que ver con no haber aprendido nada del estrago político provocado por el no-respeto continuo de los referéndums en diversos países europeos desde hace unos años. Sobretodo, el descarrilamiento de Syriza tras el referéndum de julio de 2015, que sin embargo ganó. La otra proeza, ésta moral, reside en el intento de querer cargar sobre Jeremy Corbyn y el programa laborista la responsabilidad de un fracaso que han provocado con su ceguera, pero también con un celo odioso y difamatorio tan feroz como ininterrumpido, hacia el dirigente del partido. Según ellos, toda la culpa sería de Jeremy Corbyn y de su programa que, sin embargo, casi en 2017 vinculando la lucha contra la austeridad al respeto del resultado del referéndum de 2016, le permitió avanzar. La arrogancia y la incongruencia tienen que ser grandes para no ver, por ejemplo, que los 43 escaños perdidos en 2019 –algunos en tradicionales feudos laboristas– habían votado Leave [a favor del Brexit] en 2016 y a favor de los laboristas bajo la dirección de Corbyn en 2017; a menudo con mayorías muy amplias.

No obstante, hay que tomar nota y analizar sin paños calientes los muy malos resultados del 12 de diciembre1/, si bien sigue siendo crucial no dar por sentado las distorsiones propias del sistemas electoral británico. En caso contrario, se corre el riesgo de, implícitamente, dar por buenas las dramatizaciones y demagogias que alimentan la virulencia de los ataques contra Corbyn y la izquierda británica. Por ejemplo, como ponía de manifiesto un artículo del Washington Post publicado al día siguiente de las elecciones, en el sistema alemán los mismos resultados hubieran significado la derrota de Johnson2/.

Así pues, precisemos lo siguiente: en primer lugar, la relación de fuerzas electoral y política se ha degradado mucho; la legitimidad y el margen de maniobra que ha logrado el poder conservador, al que formalmente se ha unido una parte de la extrema derecha, salen muy reforzados tras tres años de estar muy fragilizados: el potencial desestabilizador de la izquierda en el seno del laborismo (y en general, el vinculado a Corbyn) es real y va a constituir un elemento central durante los próximos meses ante la perspectiva de renovación de la dirección del partido; el apocalipsis hipócrita tiene un peso central en el arsenal argumentario de la derecha laborista y contará con el apoyo espiritual externo. Otra consecuencia calamitosa es que los millones de personas que tenían una necesidad vital del proyecto laborista (entre ellas una gran parte de los 16 millones de abstencionistas) parecen estar ya comprometidos con la continuidad de las mortales políticas que se vienen impulsando desde hace casi diez años.

En segundo lugar, aunque no sea el tema a debate, es preciso recordar que el 43,6% obtenido por los conservadores representa el 30% del electorado total si bien se traduce en el 58% de escaños en el parlamento, que este voto no refleja un trasvase masivo de voto laborista hacia los conservadores: éstos últimos han ganado 200.000 votos (y el voto a favor del Brexit Party de N. Farage continúa siendo casi idéntico al de UKIP en 2017), mientras que el laborismo explícitamente pronunciado a favor del Remain ha perdido 2,6 millones de votos en relación a 2017.

En tercer lugar, es útil recordar que Corbyn no sólo ha logrado éxitos electorales sin precedentes en el partidos y en las elecciones de 2017 (la progresión más grande del partido desde 1945, con casi 13 millones de votos), sino que además, en medio del reciente fracaso, el número de electores y electoras que se han movilizado a favor del laborismo (10,3 millones de votos, 32,1%) es superior al apoyo electoral recabado por Tony Blair cuando ganó las elecciones en 2005: logró la mayoría parlamentaria con el 35,2% y 9,5 millones de votos. El electorado que ha movilizado el laborismo en 2019 es el equivalente al de la victoria de Blair en 2001 (con un índice de participación históricamente bajo) y muy superior al de la derrota de Gordon Brown en 2010 o la de Ed Miliband en 2015. Otras comparaciones del mismo tipo con las derrotas electorales (bastante peores) e incluso algunos éxitos conservadores en el período reciente muestran que a pesar de los aspavientos y los temores sobrerrepresentados y a pesar de la derrota, el laborismo bajo Corbyn, en términos de audiencia electoral, se comportan tan bien e incluso mejor que los dignos representantes de política al uso en Gran Bretaña. Algo más remarcable aún dado que, como lo observan y cuantifican numerosos estudios, la hostilidad mediática contra Corbyn ha sido de una intensidad y sistematicidad sin precedentes.

Por último, es urgente clarificar un persistente malentendido en gran parte del sector pro-Remain en el seno del laborismo. Sus figuras tutelares, atrozmente pro-UE, se cuentan entre los más fervientes promotores del más eufórico y estrecho nacionalismo. En su discurso de despedida en tanto que Primer ministro en 2007, Tony Blair concluyó su alocución con estas palabras: “Este país es una nación bendita. Los británicos tienes algo especial. El mundo lo sabe. En el fondo de nuestros corazón, nosotros también lo sabemos. Este país es la nación más grande de la tierra”. Su sucesor, Gordon Brown, en cuanto a él, recuperó un eslogan y una reivindicación clásica de la extrema derecha británica: “Empleos británicos para trabajadores británicos”. El programa laborista impulsado por Brown en 2010 asociaba explícitamente inmigración y criminalidad3/. No faltan los ejemplos que van en ese sentido. Los testaferros del Remain tienen mucho que ver con el aumento del nacionalismo xenófobo que pretenden cargar a las espaldas de los sectores desclasados y abandonados que contribuyeron a crear. ¿Alguien podía dudarlo? Todo el mundo sabe hasta que punto la adhesión incondicional a una UE basada en la competencia feroz de todo el mundo contra todo el mundo (salvo entre sus sabios prescriptores) se acomoda con la transformación del Mediterráneo en un cementerio marino para las personas refugiadas que huyen de las guerras y de un caos regional, aparentemente sin fin, de la que al fin y al cabo ella es responsable. Que el zombi político Tony Blair, manipulador patológico del parlamento y fanático promotor de guerras criminales, pueda aún manifestarse como garante de la política adecuada dice bastante del mundo moral en el que se supone que aún debemos habitar; un mundo en el que la gente anti-guerra se convierta en una amenaza para la civilización, la antirracista, en racista, y en el que la derecha y la extrema derecha supremacista y fascistizante actual pueden erigirse como fiscales del antisemitismo (uniendo judíos y no-judíos) frente a cualquier puesta en cuestión de la política de ocupación y anexión del gobierno israelí.

II

Dicho esto, para mucha gente que apoya el Remain en el laborismo, al igual que para los vencedores de estas elecciones legislativas y para el conjunto del bloque político y mediático reaccionario, las cosas no se acaban ahí. La victoria electoral se ha convertido de inmediato en la ocasión para poner en marcha una intensa campaña revanchista. Entendámoslo bien: son más de cuatro años de profundo pánico frente a un proyecto político y un conjunto de posibilidades sin precedentes comparables en la historia del país. La aparición de Jeremy Corbyn y, a través de él, de todo el movimiento antiguerra y antiausteridad de principios del siglo XXI, en primera línea política como dirigente de la oposición y potencial Primer ministro, comenzaba a hacer visible e imaginable lo que se presenta como impensable e inimaginable: un proyecto de sociedad consagrado a otra cosa que perennizar una dominación social cada vez más predadora y un arcaísmo y una brutalidad cada vez más asumidas. Para la oligarquía en el poder y para su devota servidumbre, era y es necesario erradicar todas estas manifestaciones y hacerlo por mucho tiempo.

El miedo ha sido tan grande, que para la mayor parte de ellos, ya nada, ni siquiera una promesa, por muy ilusoria que sea, permite justificar ni conceder la mínima confianza al consenso político que se viene arrastrando desde hace casi dos generaciones. A través de Corbyn, la corte de los pudientes ha tomado acta de la profunda crisis de su régimen normal. Para perdurar en el poder, sólo le quedan como vía de salida el racismo, la manipulación grosera y la persistencia de todos los registros de violencia oficial. Fueran cuales fueran los límites y las incertidumbres del proyecto de la izquierda corbynista, para ellos era demasiado. Por tanto, va a ser necesario esterilizar cualquier rebrote, impedir cualquier impulso, desalentar todas los entusiasmos y las grandes esperanzas mediante una contraofensiva reaccionaria en el sentido más estricto del término: no solo garantizar la victoria por todos los medios –lo que ya se ha logrado- sino, sobre todo, garantizar que la amenaza sea proscrita y por mucho tiempo. Esta ofensiva va a ser general y puede desplegarse en todo el universo de las y los comentaristas de opinión restauracionistas, tanto en Gran Bretaña como en otros países; especialmente en Francia, en un movimiento de ardiente solidaridad versallesca.

Así pues, la derrota del 12 de diciembre ofrece esa ocasión esperada con alborozo por todos los representantes y servidores del poder de clase, dondequiera que estuvieran: desembarazarse de Corbyn de una vez por todas. Esperaban ese momento desde el inicio de su mandato; un momento que no sólo no llegaba, sino que en junio de 2017 [elecciones anticipadas convocadas por T. May] incluso sus adversarios más inflexibles tuvieron que admitir, al menos durante un tiempo, que Corbyn estuvo muy cerca de la victoria al frustrar todos los pronósticos.

Así pues, en 2019 ha ido el mismo Corbyn, con el mismo programa, más elaborado y desarrollado, quien ha desarrollado la campaña. Sin embargo, entre tanto, no Corbyn sino los sectores laboristas determinados a hacer del laborismo un partido pro-Remain, rompieron el compromiso de respetar el resultado del referéndum de 2016. Una tras otra, las personalidades del partido, incluso del gobierno en la sombra, afirmaron que si éste lograba acceder al poder defenderían el Remain en un nuevo referéndum fueran cuales fueran los términos de la salida de la UE negociados por el laborismo.

Por consiguiente, no es el dirigente ni su programa lo que se ha puesto en cuestión, sino la catastrófica reorientación que logró imponer un sector del partido. La inteligencia y la lealtad con la que Corbyn se esforzó en asumir esta posición, confusa, de renuncia difuminando su propia línea, sin embargo justa e invariable a favor de un Brexit respetado y negociado, no fueron suficientes para calmar el sentimiento de traición.

Por si fuera poco, los pro-Remain-pase-lo-que-pase, no parecen haber tomado nota de que su actitud repetía hasta hartar uno de los grandes motivos del profundo descrédito del proyecto europeo: proyecto en el que la expresión democrática electoral sirve para poco salvo que concuerde con las orientaciones pro-mercado, pro-flexibilidad, que la Unión Europa trata de imponer a la gente. El voto francés en 2005 contra el Tratado Constitucional Europeo y la suerte que le fue reservada [la aplicación posterior del Tratado de Lisboa sin referéndum alguno] constituye un precedente entre otros, pero que nos vale para entender. Dicho de otra forma, la posición pro-Remain no hace sino confirmar las razones que se podían tener para desconfiar de la democracia al estilo la UE: adherirse firmemente a la UE como el beso de la muerte.

III

En defensa de Corbyn

Para no olvidar y a título preventivo, retengamos siempre esto.

1/ Tras decenios con proyectos intercambiables y con equipos dirigentes que competían entre sí para decidir cual de ellos sería el mejor en poner en marcha el único programa disponible, de com [batallas de comunicación] y de despolitización centrista, Jeremy Corbin encarnó el resurgir de una radicalidad política creíble a escala de masas y, por ello, la posibilidad de una renovación democrática real: una personalidad singular, al servicio de un programa auténticamente diferentes que ofrecía la posibilidad de una opción no limitada a una diferencia de estilo, tan costosa como vacía de contenido.

2/ En el momento en el que la consciencia de la gravedad del cambio climático es ampliamente compartida, en el que el saqueo de los recursos estatales por la industria de la evasión fiscal se ha convertido en un debate público por derecho propio; en un momento en el que la pobreza, la precariedad y la pérdida de derechos afecta a millones de trabajadores y trabajadoras, personas jóvenes o pensionistas; en el que servicios públicos enteros están a punto de hundirse, el programa presentado por Corbyn resultaba el único a la altura de los retos del período. Su nivel de elaboración tenía vocación de generar un marco de discusión y una propuesta para la gente comprometida en las duras luchas sociales del período, más allá de las cuales, por el momento, no se perfila ningún horizonte político transformador claramente articulado.

3/ No tiene ningún sentido decretar que este programa está demasiado a la izquierda. Muchas de sus propuestas corresponden a aspiraciones mayoritarias de la población británica y que vienen de lejos; por ejemplo, la renacionalización del sector ferroviario o la defensa de un servicio público de salud. Otras dan respuesta a la urgencia social de la gente o de regiones enteras expuestas a un empobrecimiento acelerado. Hablar de un programa muy a la izquierda, no hace más que, en el mejor de los casos, mostrar una concepción perezosa y congelada del campo político; y, en el peor, una posición derechosa groseramente disimulada tras pretendidos sabios análisis políticos. En todo caso, los bastantes buenos o muy buenos resultados electorales para el partido desde 2015 hacen que este argumento no tenga sentido. Y la derrota de 2019 no cambia nada.

4/ Corbyn, en tanto que dirigente de la oposición, no sólo ha tenido que hacer frente a una batalla diaria, sino que a tres: contra el poder conservador cuya audacia en lo que respecta a la manipulación de la opinión pública eran inéditas (una web falsa de comprobación de hechos creada durante el primer debate entre Corbyn y Johnson, una web falsa dedicada al programa laborista…), contra un enseñamiento y una hostilidad mediática de una dimensión y agresividad excepcional (como lo ha vuelto a demostrar un estudio de la universidad de Loughborough4/ sobre las portadas de las primeras semanas de la campaña electoral) y más aún…

5/… contra un gran sector del partido laborista parlamentario (PLP- como se denomina al grupo parlamentario) que desde que Corbyn asumió la dirección del partido impulsó contra él una campaña, lanzada por el exconsejero de Tony Blair, A. Campbell, a semejante de la de ABC (“lo que sea salvo Corbyn”). Desde que logró una amplia mayoría para dirigir el Partido Laborista en 2015 (después también en 2016), no resulta nada exagerado decir que no ha pasado un solo día sin que el PLP y la derecha del partido no hayan buscado debilitar y desacreditar a Jeremy Corbin, dando así una inestimable munición a su adversario político oficial y a la prensa escrita y las cadenas de TV, empeñadas en restablecer las normas de lo políticamente correcto. Más aún que Tony Benn en los años 1970 o 1980, o que los mineros británicos durante la huelga de 1984-1985, seguramente, un día, Corbyn será reconocido como la personalidad pública más sistemáticamente difamada en la historia reciente de Gran Bretaña, cuando menos.

6/ Por tanto, se entiende que con su sola presencia Corbyn ha sido el nombre de un desafío lanzado a un boque determinado a preservar el buen orden de los asuntos cotidianos al servicio de la reproducción de una sociedad cada vez más dislocada y librada a la brutalidad; una sociedad tan privada de futuro que las y los demógrafos analizar ahora el trágico incremento de la mortalidad ligada a la desesperación (dispair-related deaths). En esto, la calma y afabilidad aparentemente inquebrantables de Corbyn tenían, para mucha gente, tanto una forma de heroísmo como de enigma estoico. Sin duda, la historia terrible del movimiento obrero, desde la masacre de Peterloo en 1819 hasta la huelga de los mineros en 1984-1985, pasando por los mártires de Tolpuddle, la falsa carta de Zinoviev en vísperas de las elecciones de 19245/, la movilización militante contra la huelga general de 1926, la campaña de guerra fría contra todos los dirigentes laboristas que estaban a punto de llegar al poder, esta historia terrible que él conoce bien, le habrá instruido sobre lo que le vendría encima.

7/ Este desafío acaba de conocer un fracaso electoral en gran medida evitable; de ahí la necesidad de presentarla, una vez más, como si estuviera inscrita en el programa y en la personalidad del dirigente y de quienes le apoyaban. Ahora la lucha está en marcha por la esterilización o por el enraizamiento durable de las esperanzas y ambiciones, de la nueva confianza que estos años de Corbyn han hecho posibles y las han hecho crecer. Las armas no están equilibradas. Pero ahora mismo no hay otra opción. La constancia política de Jeremy Corbyn desde hace ya cinco decenios puede servir de brújula. En los agitados tiempos que prometen las negociaciones comerciales de la Gran Bretaña post- Brexit, las anunciada crisis constitucional y el colapso social acompañado de los cortejos de bancos alimentarios, un proyecto político y social, como la moral corbynista tienen todo el futuro que, en primer lugar, podremos reconocer y defender en el seno del partido laborista para comenzar, expropiando a los autoproclamados poseedores.

8/ La flor y la nata de los dirigentes nacionalistas autoritarios, supremacistas, racistas, incluso fascistas –Modi, Netanyahou, Trump, Orban, Bolsonaro, la AfD6/…- no han perdido tiempo para felicitar a su amigo Boris Johnson. A nivel internacional, un complemento británico como él a las involuciones extremo-derechistas del período es una muy mala noticia que nadie debería menospreciar. Como puede ver todo el mundo, a la izquierda, sean cuales sean las diferencias, cuando se acerca al poder o detente una parte aunque sea muy limitada del mismo, se le ofrece elegir entre golpe constitucional fraudulento, prisión o guerra, a modo de cooperación internacional (Brasil, Bolivia, Venezuela, Honduras). A su vez, Jeremy Corbyn, como el resurgimiento de la posibilidad articulada, programada y tangible de un ecosocialismo democrático y a ese título, como objetivo de la ira planetaria, tiene que ser defendido en todo momento y lugar..

Su sucesión en el Partido Laborista constituye una batalla crucial cuyo significado supera ampliamente las fronteras de la Gran Bretaña.

La lucha contra la avalancha revanchista reaccionaria, allí y aquí, es la versión ampliada. Lo escrito hasta aquí es una incitación a convertirlo en nuestro problema desde ahora.

9/ Por ello, digamos simplemente, con la periodistas Frea Lockley, en un texto que dirigió al líder de la izquierda británica:

We’ve not come this far to ever be stopped.

We thank you

And we will rise.

[No hemos llegado tan lejos para detenernos

Te damos las gracias

Nos levantaremos]

Thierry Labica, es profesor de estudios británicos en la Universidad de Nanterre. Recientemente ha publicado L’hypothèse Jeremy Corbyn. Une histoire politique et sociale de la Grande Bretagne depuis Tony Blair. Éditions Demopolis, 2019 (France)

Notas

1 Cf los textos dedicados a las elecciones traducidos al francés por Stathis Kouvelakis para Contretemps y en este caso, el análisis de S. Kouvelakis sobre las debilidades y los límites de la base social del electorado laborista : “Grande-Bretagne: les raisons d’une défaite”, Contretemps, 16/12/2019, ttps://www.contretemps.eu/grande-bretagne-corbyn-defaite/

2 cf. “If Britain had Germany’s electoral system, Boris Johnson may have lost the election”, Washington Post, 23/12/2019. https://www.washingtonpost.com/world/2019/12/13/if-britain-had-germanys-electoral-system-boris-johnson-may-have-lost-elect

3 Para un debate más detallado de estas cuestiones, cf. Thierry Labica, “Grande-Bretagne : quand les dirigeants du labour jouaient la carte xénophobe” Contretemps, febrero 2019, https://www.contretemps.eu/labour-immigration-corbyn-brown/

4 Este estudio da continuidad a otros del mismo tipo. Cf. B. Cammaerts, B. DeCillia, J. Magalhães, C. Jiminez-Martinez “Journalistic representations of Jeremy Corbyn in the British press: from watchdog to attackdog”, London School of Economics and Political Sciences, 2015 ; “Should he stay or should he go? Television and online news coverage of the labour party in crisis”, Dr J. Schlosberg, Media Reform Coalition and Birkbeck College University of London, 2016, y también, Dr. Justin Schlosberg et Laura Laker, “Labour, Antisemitism and the News: a Disinformation Paradigm”, Media Reform Coalition & Birkbeck College, University of London, septembre 2018.

5 Célebre bulo cuyo objetivo fue alimentar el pánico anti-bolchevique contra el laborismo.

6 cf. Ed Sykes, “Johnson wins not just the election, but the full backing of the far-right around the world”, The Canary, https://www.thecanary.co/trending/2019/12/13/johnson-wins-not-just-the-election-but-the-full-backing-of-the-far-right-around-the-world/


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