Xi Jinping se encumbra a sí mismo en el comité central del PCC

Pierre Rousset

El presidente chino, Xi Jinping, y su esposa, Peng Liyuan, en Hamburgo, Alemania. Foto: Bernd Von Jutrczenka/dpa

El comité central del Partido Comunista Chino (PCC) se ha reunido en sesión plenaria del 8 al 11 de noviembre. Para Xi Jinping ha sido la ocasión para encumbrarse a sí mismo y marginar todavía más a las oposiciones del interior del partido, un año antes de su XX congreso.

De creer la resolución adoptada por un comité central servil, los tiempos que corren representan “la epopeya más magnífica de la historia de la nación china desde hace milenios”, “el socialismo con características chinas ha entrado en una nueva era” desde 2012, año en que accedió al poder Xi Jinping, cuyo “pensamiento es la quintaesencia de la cultura y el alma chinas” y cuya presencia en el “corazón” del partido “tiene una importancia decisiva […] para promover el proceso histórico de la gran renovación de la nación china”.

Concentración del poder sin precedentes

Xi acumula las funciones de secretario general del PCC, presidente de la República y de la Comisión Militar Central. Ha modificado la Constitución para poder permanecer en el poder durante toda la vida si lo desea. Ha instaurado un equipo de dirección homogéneo, compuesto de miembros de su camarilla, en detrimento de cualquier funcionamiento colegiado. En el XIX congreso del PCC (2017) había cambiado el modo de gobernanza del país, que hasta entonces compartían el partido, la administración gubernamental y el ejército. Aunque el partido, en el corazón del Estado, conservaba el monopolio del control político, aquel sistema aseguraba cierta flexibilidad en la gestión de los asuntos corrientes en este país-continente. Su culto a la personalidad se dota de todos los medios de control social que permiten las tecnologías modernas (que no solo se emplean en China).

Para evitar tal concentración de poder en una sola persona, Deng Xiaoping había establecido una modalidad de nombramiento del buró político que permitía incorporar a varias fracciones y generaciones con el fin de asegurar la renovación de la dirección cada cinco a diez años. Esto ha cambiado con Xi. El acaparamiento del poder por parte de este último se ha producido a base de violentos arreglos de cuentas, purgas y liquidaciones. Ha venido acompañado de una campaña ideológica con connotaciones feudales que recuerda la China preimperial. En efecto, no es posible acceder a los cargos más altos si no se pertenece a un gran linaje familiar, se es de sangre roja, hijo de un príncipe rojo, uno de los dirigentes históricos de la revolución china. Con ello, la gran mayoría de cuadros del partido tienen vedado el acceso al poder central.

De este modo, Xi se ha granjeado numerosos enemigos que no ha podido eliminar o neutralizar, en un partido que cuenta con unos 80 millones de miembros. Está condenado a practicar perpetuamente la huida hacia delante para impedir que sus adversarios se reagrupen y para separarlos de la población. Al parecer se plantea reinstaurar en el XX congreso el cargo de presidente del partido, que había sido suprimido.

Xi, ¿un nuevo Mao?

Xi Jinping se equipara a Mao Zedong (mejorándolo) y los medios convalidan en general la analogía, olvidando que entre los reinados de uno y otro ha pasado la historia con su sucesión de revoluciones y contrarrevoluciones sociales o políticas/1. Sin embargo, son fruto de dos épocas diferentes: la larga onda revolucionaria iniciada por la revolución rusa de 1917 y que terminó en Asia a finales de la década de 1970, con los hitos más destacados de la victoria china (1949) y vietnamita (1975); y a partir de entonces, la larga onda contrarrevolucionaria generalizada en la década de 1980, cuyo precio seguimos pagando hoy, con los hitos más destacados del conflicto chino-vietnamita (1979) y, con respecto a China, la liquidación de los movimientos populares en 1989, con sendas masacres que se produjeron en numerosas ciudades del país, no solo en Pekín, en los alrededores de la plaza Tiananmen.

Como señala Au Loongyu/2:

Es evidente que Xi ha intentado imitar al presidente Mao en muchos aspectos, en primer lugar para emular su culto personal, hasta el punto de que incluso a los y las fans de las estrellas de cine y a los niños que juegan en línea se les acusa de atentar contra la religión de Estado del pensamiento de Xi. Sin embargo, el parecido entre los dos personajes invocados cómo líderes infalibles no va mucho más lejos.

La China de Mao no progresó jamás hacia el socialismo o el comunismo, y su Revolución cultural destruyó la cultura. De todos modos, su régimen era entonces definitivamente anticapitalista, léase antimercado, hasta el punto de que incluso estaban prohibidos del pequeños empresarios y los autónomos. […] Xi es un porteador capitalista que podría hacer que Mao se revolviera en su tumba. He aquí lo que dice un artículo del canal de noticias económicas Bloomberg a propósito de la pretendida represión de Xi contra la clase capitalista: “Todo […] indica que en materia económica, Xi no es Mao, en el sentido de que quiere reorientar las energías de los empresarios y no eliminarlos como clase. […] Xi tampoco hace suyo plenamente el igualitarismo de Mao. En lo tocante a la ayuda social, sus principales lugartenientes están más cerca del neoliberalismo que del socialismo; piensan que la ayuda a los pobres no hace más que favorecer la indolencia.”

[…] Mao era carismático, Xi no es más que un enano. La idea y la práctica de la revolución de Mao contenían fuertes dosis de la clásica idea china de yixing geming, o “una revolución cuyo único objetivo es sustituir una dinastía antigua por otra nueva”. Por eso estaba obsesionado con la consecución de un poder personal absoluto. No por ello dejó de ser un gran revolucionario dotado de una gran visión y de mucho talento, y gozaba de una enorme popularidad gracias a sus logros. En cuanto a Xi, no es más que un jefe de la burocracia estatal, carente de imaginación. La lectura de sus obras aburren hasta a las ovejas.

Esta enorme diferencia de talento y de temperamento revela asimismo una enorme distancia entre sus respectivas acciones. Mientras que Mao estaba seguro de que cuando llamó a la juventud a hacer una revolución contra su propio partido en la segunda mitad de la década de 1960, esta no se volvería contra él. Xi no se atrevería ni siquiera a intentar semejante maniobra. El aparato de Estado es la única fuerza con la que Xi se siente tranquilo. Las manifestaciones callejeras son lo último que desea. Con este contraste concluyente, toda comparación entre la política de Xi y la Revolución Cultural de Mao parece absurda.

Cabe utilizar el término de camarilla para designar a la dirección encabezada por Xi Jinping, porque la componen hombres ligios. Este no era el caso de la nueva dirección maoísta que ganó prestigio en el seno del partido durante la Larga Marcha (1934-1935). Mao era la figura dominante, pero supo rodearse de personalidades fuertes con antecedentes políticos muy variados en el PCC (algunos incluso se habían opuesto inicialmente a él) y experiencias diversas: Chen Yi, Chen Yun, Deng Xiaoping, Dong Biwu, Lin Biao, Liu Bocheng, Liu Shaoqi, Peng Dehuai, Shu Enlai, Shu De (ninguna mujer).

Si se produjo tal reagrupamiento de cuadros fue porque respondía a un propósito fundamental: romper la subordinación del PCC a Moscú, una subordinación que había conducido al desastre en 1927 y los años subsiguientes. La Internacional Comunista se había convertido en la correa de transmisión de la dirección soviética y el culto a Stalin en el aglutinante ideológico de dicha subordinación. En el PCC, la fracción de Wang Ming era su agente. En el origen de lo que pasó a ser el culto a la personalidad de Mao Zedong estaba la voluntad de oponer una autoridad de pensamiento y de acción chinas frente al gran hermano soviético. Este culto acabó tomando un cariz delirante cuando, a mediados de la década de 1960, la dirección del partido se rompió en pedazos y Mao llamó a la juventud a movilizarse contra sus adversarios.

Factor de inestabilidad

La camarilla de Xi Jinping no representa más que una fracción de las clases dominantes en China. Su reinado es frágil. Cabe pensar que no será puesto en tela de juicio mientras el nivel de vida de la población vaya en aumento, mientras las familias crean que sus hijos e hijas vivirán mejor. Sin embargo, nada garantiza que el país quedará durante mucho tiempo a resguardo de una recesión. La crisis inmobiliaria alcanza puntos álgidos, sobre el telón de fondo de una amenazadora crisis general de la deuda. El Estado, piloto de la economía, ha logrado hasta ahora evitar el estallido de la burbuja del endeudamiento, pero ¿hasta cuándo?

Mientras reparte premios entre los y las ciudadanas que lo merecen y utiliza el nacionalismo de gran potencia como uno de los principales aglutinantes del régimen, el PCC impulsa campañas de represión contra víctimas a veces más simbólicas que peligrosas: las personas LGBTI+, figuras feministas, supuestas traidoras a la patria que se han permitido ironizar demasiado en las redes sociales… Bajo la batuta de Xi, el partido se ha situado en modo permanente de golpear preventivamente, con el fin de liquidar todo embrión de movimiento por la democracia y la igualdad. Se trata de una reacción conservadora extrema, por miedo a una revuelta plebeya desde abajo.

El buró político que precedió al pleno del comité central lo había anunciado, la reescritura de la historia oficial tenía un único objetivo: reforzar la posición del hombre fuerte del régimen: “[Es] necesaria para sostener la posición central del secretario general Xi Jinping. […] Todo el partido debería tratar de comprender las razones del éxito del PCC durante los cien años pasados y saber cómo puede asegurar el éxito en el futuro: siguiendo el principio del materialismo histórico y desde una interpretación correcta de la historia del PCC.”

Para Chloé Froissart/3, “La apuesta consiste en unir al pueblo, al partido y al ejército tras el mito nacional, convertido en religión. La resolución se inscribe desde este punto de vista en los continuos esfuerzos del PCC por establecer una ortodoxia que se basa desde 2013 en la denuncia de toda interpretación alternativa de la historia, calificada de nihilismo histórico.”

La posición de Xi Jinping, sin embargo, todavía no está consolidada. Chloé Froissart señala, asi, que esta resolución no parece haber sido “acogida con tanto entusiasmo como el previsto en el seno del partido: cuatro días después de la clausura del pleno todavía no se ha publicado”. Además, si bien “la figura de Xi Jinping [se ha visto] realzada y singularizada, este pleno no lo sitúa en el mismo plano que Mao. El comunicado indica que el primer secretario del partido ‘ha realizado un nuevo salto en la sinización del marxismo’, subrayando así su ambición de ser reconocido como igual al fundador del régimen en el plano teórico. Sin embargo, su pensamiento sigue calificándose con la fórmula alambicada de ‘pensamiento Xi Jinping por un socialismo con características chinas en una nueva era’. El hecho de que no se designe con la fórmula abreviada de ‘pensamiento Xi Jinping’ indica que todavía no ha alcanzado la legitimidad del ‘pensamiento Mao Zedong’. […] La ausencia de esta designación abreviada del pensamiento del presidente y el retraso en la publicación del texto final de la resolución indican sin duda que Xi todavía se enfrenta a reticencias en la cúspide para imponer plenamente su poder.”

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article60190

Traducción: viento sur

Notas

1/ Véase Rousset, P., China, el nuevo imperialismo emergente, https://vientosur.info/china-el-nuevo-imperialismo-emergente/

2/ Au Loongyu, 22/09/2021, “China and Xi Jinping: Reaction, not Revolution”, Borderless Movement, https://borderless-hk.com/2021/09/22/reaction-not-revolution/

3/ Chloé Froissart, 16/11/2021, «Parti communiste chinois: une nouvelle ère?», The Conversation: https://theconversation.com/parti-communiste-chinois-une-nouvelle-ere-171864/


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