Venezuela se apellida diáspora

Por Humberto Márquez

Venezuela se apellida diáspora

El venezolano Fernando García, de 60 años, cabeza de un grupo familiar que ha migrado en bloque a Perú, desde una localidad cercana a Caracas, con la decisión de “volver a comenzar como familia”, después de una vida de trabajo. Crédito: Humberto Márquez/IPS

CARACAS, 13 sep 2018 (IPS) – Venden si los tienen y lo logran, así sea a precios irrisorios, la vivienda, el auto, la motocicleta, enseres, ropas y adornos, reúnen unos pocos dólares, toman un autobús y, en muchos casos, por primera vez viajan fuera de su país: son los migrantes que por cientos de miles huyen de Venezuela.

El colapso económico en este país petrolero que fue por décadas la cuarta economía latinoamericana, traducida en una imparable escasez y carestía de alimentos y medicinas, más la inseguridad ciudadana, disparó el éxodo de sus habitantes hacia naciones vecinas, en un movimiento que en el corto plazo aparece como indetenible.

“Lo que ganaba no me alcanzaba para mantener a mis niñas y mandarlas a la escuela, así que busqué venir a Perú, ya puedo enviar hasta 100 dólares mensuales a la familia y reúno dinero para traérmela”, dijo a IPS por teléfono Johnny Velásquez, un instructor de cocina de 39 años, casado y con dos hijas, empleado como cocinero en un restaurante de Lima.

Fernando García, 60 años, pequeño comerciante, es esposo, padre, suegro y abuelo de un grupo familiar que decidió migrar al completo a Perú: “La decisión nos costó muchísimo. La tomamos después de que se enfermaron las dos nietecitas y no conseguíamos antibióticos”, dijo a IPS.

“No vemos una solución pronta para Venezuela, vamos a probar suerte”, confió con tristeza desde su hogar en Cúa, ciudad-dormitorio al este de Caracas, mientras escoge los bártulos que llevará en su travesía de cinco o seis días en autobús.

Adriana Lara, de 30 años, maestra de preescolar, ahora empleada en un hotel de Natal, en el noreste de Brasil, contó a IPS desde su nueva residencia que “renuncié al seguro de salud para estirar el dinero y comprar comida. Cuando ya ni así pude, dejé el colegio y decidí marcharme”.

Un argumento casi idéntico dio Mariela Acevedo, de 28 años, madre de un niño de un año que permanece en Caracas al cuidado de una tía mientras la madre trabaja en una tienda de Bucaramanga, en el noreste colombiano: “Es muy simple, el dinero en Venezuela no alcanza”.

Aumenta el flujo y el dramatismo de las historias y las imágenes de quienes se van, extenuados por la carrera por la sobrevivencia: ya son migrantes indígenas o habitantes de barriadas urbanas que viven a la intemperie en el lado brasileño de la frontera, o madres embarazadas o con hijos pequeños que forman las hileras de quienes, sin medios para pagar un transporte, caminan por carreteras de Colombia o Ecuador, rumbo al sur.


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