¡Váyanse al carajo!

Gustavo Román Jacobo

Hoy que Brasil está por dar un paso (más) al abismo, no puedo dejar de recordar discusiones y amargas rupturas personales del trienio 2005-2007.

Entonces, en la cresta de la ola del “momento chavista” o, más amplio aún, del llamado “giro a la izquierda de América Latina”, algunos insistíamos en que el repudio al Consenso de Washington y a la criminal administración Bush, no nos alcanzaba para abrazar un populismo que apestaba a culto a la personalidad, y a pensamiento mágico en lo económico, mítico en lo histórico y conservador en lo moral.

Burlándose de una, para ellos, periclitada democracia electoral, formal, apostaban por la superación de la democracia representativa por una “participativa” (que nunca fue más que la cooptación por Ejecutivos dispendiosos y agresivos de los movimientos sociales y de los medios de comunicación). Vamos, que no les bastaba con pasearse en la economía, de paso se cargaban la sociedad civil. Pretendieron estatizar (no democratizar) la esfera pública y reconstruyeron las narrativas burguesas y liberales de sus países, de finales del XIX y funcionales a sus oligarquías, sustituyéndolas por nuevas narrativas igual de fantasiosas (como la idiota del Bolívar marxista) y funcionales a la casta burocrática en el poder, pero, además, dirigidas a polarizar las sociedades en amigo/enemigo, rechazando la lógica integradora de la política republicana, diseñada para que nadie, nunca, lo gane todo.

¿Y cuál es el saldo? Los casos de Nicaragua y Venezuela, no requieren comentario. A esta última, Argentina la persigue en inflación y la triplica en tasas de interés. En Ecuador, al tiempo que se desanda el camino andado, se persigue penalmente a su demiurgo. Y Brasil, pues lo dicho. Es decir, que estos países (con excepción de Bolivia y de Uruguay, cuyo gobierno de izquierda, al igual que el chileno, nunca sucumbió a la deriva populista), están o en gravísimas crisis económicas y políticas o, en buena medida gracias a la descomunal corrupción de sus mandarines revolucionarios, han dado paso a gobiernos de extrema derecha de perfiles fascistoides.

“Ingenuo” era lo más bonito que le decían a uno por entonces. “Acomodado”, “reaccionario”, y, en mi caso, además, “traidor”. Lo asombroso es que nadie se ha disculpado. No conmigo. Eso carece de importancia. Me refiero a los miles de libros, artículos, documentales, simposios, coloquios, etc, etc, etc, que, disfrazados de arte y academia “comprometida”, nunca fueron más que propaganda del poder establecido.

¿Cuántos hicieron por tres lustros de esa charlatanada su modus vivendi? Los Ramonet, los Boron o los Dussel, solo fueron la cúspide de una pirámide de intelectuales, artistas y profesores universitarios que hicieron carrera a costa de este carnaval de macabro final.

¿Dónde están ahora? ¿Qué han dicho de lo que ha pasado? ¿Sus ingresos y calidad de vida ha corrido la suerte de los de las familias venezolanas a las que alentaban a la revolución? ¿Se han disculpado o admitido errores de juicio? No lo he visto. Lo que sí he visto, impávido en mi perplejidad, es que los hay que mantienen intacta la temeridad de seguir anteponiendo su “democracia de la calle” sobre la representación política formal y que conservan incólume la autoridad moral (en sus mentes, claro) para seguir dictando sentencias de justicia social, “sentipensando” las boludeces del Galeano (que hasta el fin de sus días defendió a Maduro), y echándole a uno en cara su falta de sensibilidad frente a la pobreza. ¡Váyanse al carajo!


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