Una pelea en la que perdimos todos

Casos y cosas

Heriberto Valverde Castro

Heriberto Valverde

Me subí al carro y la radio me contactó con algo que no estaba en mis planes: escuchar la comparecencia del Presidente de la República ante una Comisión de la Asamblea Legislativa.

Hace tiempo que estoy alejado del ambiente noticioso y en especial del de la política. Hoy quedé convencido de lo saludable de esa medida pues lo escuchado me confirmó el mal momento que padece nuestra clase política.

Según dijo el director del noticiero hubo un par de intervenciones de diputados que resultaron rescatables, pero de lo que yo escuché no hay nada que rescatar.

Y es que además el encuentro con el mandatario estaba reglamentado de tal manera que, como sucedió varias veces, “el preguntador (la preguntadora) preguntaba y luego no le daba oportunidad al contestador de contestar”.

Era como estar viendo o escuchando ciertas entrevistas en la tele o en la radio, y no pude menos que pensar cómo nuestros políticos han aprendido las “mañas” de algunos periodistas.

En fin, de lo que escuché resumo así. Unas diputadas preguntadoras que no saben preguntar, que dan pena ajena por su falta de racionalidad, de sustento teórico, pero sobre todo por su incapacidad de comunicar, de conversar, de indagar, de utilizar los términos correctos.

Un preguntador, al que ni siquiera me atrevo a llamar diputado, que daba grima, ya no como político sino sobre todo como persona: irrespetuoso, chabacano, repugnante, con un interrogatorio que parecía más de cantina, en fin, retrato de cuerpo entero.

Por otro lado, un par de diputadas (no preguntadoras sino contestadoras) que actuaban como edecanes (para no decir falderitas) del interrogado mandatario, realmente daban pena.

¿Y el Presidente? Un hombre astuto.

Hago el símil con el boxeo. Conforme avanzó el combate, sabedor de que no había nadie con suficiente pegada como para inquietarlo, y menos para poner en riesgo su verticalidad, el campeón defensor se apertrechó en su esquina y allí le fueron suficientes unos estudiados movimientos de cuerpo para esquivar los amagues del contrincante.

Sus asistentes aprovecharon los minutos de descanso y corrieron a ponerle vaselina en un par de chollones.

Luego del ataque artero sufrido en el tercer “round” cuando su oponente le propinó un par de golpes por la espalda, Alvarado sabía que tenía de su lado el importante criterio del “pobrecito” que finalmente inclinaría la balanza de los jueces para ganar la pelea aunque fuera por puntos, así que por momentos hasta se dio el lujo de ser amable y gentil.

Por eso el señor Presidente se mantuvo en su fuero, repitiendo el mismo bien aprendido estribillo, escudándose a ratos en formalidades y en otros pretendiendo dictar cátedra en un ambiente que evidentemente no era el propicio, pero dejando profundas dudas en los asuntos de fondo de que trataba la comparecencia.

La conclusión es terrible pues este capítulo de nuestra vida política vivido en el recinto del Primer Poder de la República, fue la constatación, en vivo y a todo color, de la crisis que vivimos como país, convertido hoy en el reino de la incompetencia.

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