Un espectáculo deplorable

El Sereno

Alvaro Campos solis
campos.solis.alvaro@gmail.com

Alvaro Campos

Dicen que cuando dos elefantes pelean el que más pierde es el pasto. Algo parecido podría estar viviendo el pueblo estadounidense ante el espectáculo, digno de un atrasado país del tercer mundo, que desde el pasado 3 de noviembre ofrecen los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos: el republicano y actual presidente, Donald Trump y el Demócrata y exvicepresidente, Joe Biden.

En una reñida votación que empezó por favorecer las aspiraciones de reelección del presidente Trump, el conteo de los votos ha modificado el esquema y ahora quien acaricia el triunfo es precisamente el candidato demócrata.

Luego de las elecciones del pasado martes 3 de noviembre, la poderosa nación se ha convertido en un caldero del diablo en el cual, precisamente hierven las pasiones hasta convertir al mismo presidente Trump en un ser primitivo e incapaz de apelar a la razón y mucho menos al sentido común para esperar, con paciencia, el resultado de las elecciones.

El autócrata cree que está por encima de las leyes y de la misma Constitución Política, al anunciar el triunfo que le otorgaría un segundo mandato, adelantándose al veredicto del Colegio Electoral, constitucionalmente facultado para anunciar al vencedor de la contienda electoral. El presidente Trump no acepta los resultados de los votos enviados por correo, por lo que ha recurrido a las instancias judiciales en el fan de que paralicen el conteo de esos votos que evidentemente, favorecen a su adversario el demócrata Joe Biden.

El giro de los acontecimientos aunado al tono agresivo de los republicanos y la extrema derecha norteamericana que hablan de fraude electoral y animan a un sabotaje del proceso, han creado en esa nación un clima de incertidumbre y miedo.

Lo más grave de las crisis estadounidenses, en opinión de analistas políticos, es que en el resultado del proceso electoral esta en juego el orden internacional, considerando que esa nación ha operado como la locomotora mundial a pesar de que ahora exhibe una abultada deuda externa que limita su propio desarrollo. La deuda externa de los Estados ascendía, hasta enero del presente año, a poco más de 23 billones de dólares. Su principal acreedor es la República Popular China.

De cara a la contienda electoral, el espectáculo resulta deplorable para quienes creen en la voluntad de la mayoría, expresada en las urnas electorales. Aún es temprano para pensar en la escalada de un conflicto interno, a pesar de la división y radicalización que hoy vive el pueblo norteamericano. A la frustración republicana se suma el alto nivel de desempleo y una pandemia que sigue ensañada contra la población de ese país.

Sin embargo, las tensiones van en aumento, surgen las manifestaciones callejeras y las posibilidades de enfrentamientos entre republicanos y demócratas, así como entre supremacistas blancos contra negros, inmigrantes latinos y de otras latitudes, todo lo cual es observado a corta distancia por la Guardia Nacional.

El ambiente resulta ominoso para millones de latinoamericanos que un día abandonaron sus respectivos países en busca del sueño americano y huyendo de la pobreza y la inseguridad de sus respectivos países. 60 millones de latinoamericanos, entre ellos unos 150 mil costarricenses, la mayoría mujeres, ven con preocupación cómo crece el clima de crispación social, en medio de problemas tan graves como la pandemia y el desempleo. La situación tiende a empeorar cuando el comercio instalado en las grandes ciudades opta por proteger puertas y ventanas para evitar saqueos y destrucción.

Sin embargo, en ese caldeado y peligroso ambiente político, La organización de Estados Americanos, es decir, su secretario General, el Uruguayo Luis Almagro y los cancilleres de la región, se mantienen en silencio, guardando el más bajo perfil posible. Como si los Estados Unidos de América no fuera miembro de esa organización.

Distintita seria su actuación si el conflicto tuviera como escenario alguna de las naciones latinoamericanas. Su grado de intervención ha sido tan directo que Almagro o el Consejo Permanente certificaban o no la legitimidad de un gobierno. Así ocurrió en numerosos países de la región, particularmente en aquellos cuyas relaciones con Washington no pasaban por su mejor momento.

Los resultados de la contienda están por verse. El presidente Donald Trump, postulado por el Partido Republicano para un segundo período se declaró ganador cuando apenas comenzaba el conteo de los votos emitidos por correo. Ciertamente, los votos presenciales, el que cada elector deposita en la urna, le dieron ventaja al inquilino de la Casa Blanca desde enero del 2016. Los votos enviados por correo, cuyo conteo es manual, favorecen a Joe Biden, candidato del Partido Demócrata. Es muy posible que este mismo fin de semana el problema electoral quede zanjado cuando uno de los dos contendores alcance el número mágico de 270 delegados y de esa manera se convierta en el presidente número 45 de los Estados Unidos de América.

Mientras tanto, los amigos y adversarios del país americano, alrededor del mundo, mantienen un recatado silencio para no inmiscuirse en un problema interno que solo atañe al pueblo estadounidense. De toda suerte, la solución del conflicto electoral, cualquiera que ella sea, tendrá repercusiones mundiales. En cuanto a la cicatrización de las heridas o un eventual encono de las mismas, será del resorte exclusivo de los norteamericanos.

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Periodista


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