Un día de hospital

De vuelta 9

Mauricio Castro Salazar
mauricio.castro.salazar@gmail.com

Mauricio Castro

Mascarilla, careta, guantes, alcohol…no alcohol no porque debe haber montones por todos lados”—me dije cuando iba haciendo el inventario de lo que tenía que llevar al hospital para estar en la sala de espera.

“Castrosalazar: tranquilo, no seas extremista, ¡Vas para un hospital!

Un hospital es sinónimo de higiene y limpieza”—me dijo mi vocecita interna

Llegué y para no ser extremista, hice caso: anduve solo con la mascarilla, lo demás lo dejé en el carro, por lo que potis…

“Empujé una puerta….y busqué donde lavarme las manos….Puta, pero es un hospital privado y del oeste…se supone que deberían tener miles de litros de alcohol o de jabón por todos lados, y miles de gente limpiando”—respondí entre alterado, cabreado y asustado.

Seguí buscando y por allá apareció una botella con gel. Corrí a lavarme y oh sorpresa: vacía.

Me fui al carro y saque mi botellita de gel y la anduve todo el día.

“Castrosalazar: de verdad creo que tenés razón, es una barbaridad, pero lo importante es que vos no bajés la guardia”—me dijo en forma condescendiente y relajada mi vocecita.

Una hora en la sala de espera. No vino nadie a limpiar.

Dos horas sala de espera. No vino nadie a limpiar. Ni siquiera los baños.

A las cuatro horas fui a comer algo. Confieso que el distanciamiento social por donde pasé dejo de ser un tema…Al regresar tenía la esperanza que todo estuviera reluciente y limpio.

¡Cuánta ingenuidad la mía! Todo igual: cero limpieza.

Seis horas espera y todo igual: nadie limpió nada.

Como medida sanitaria decidí buscar otros baños y por supuesto lavarme las manos varias veces cada cierto tiempo, con mi gel.

¿Desorden compulsivo o prevención?—me cuestioné.

De repente en el canal interno del hospital pasaron un video sobre formas de prevenir la covid: lávese las manos varias veces al día….

“Ahh, es prevención”—me dije con un poco de tranquilidad, aunque me quedé con un ligero sin sabor y cuestionándome si era un desorden maníaco compulsivo obsesivo…

Ocho horas sala de espera. No vino nadie a limpiar. ¡Ni los baños!

De inmediato me lavé las manos, por si acaso…

“¡Manda güevo! Ni vergüenza les da, deberían venir a limpiar al menos cada hora”—dije entre en silencio y un toque duro.

Y la gente que había en la sala, que ya se había reciclado unas 3 veces, me volvieron a ver un toque sorprendidos y en automático se ajustaron las mascarillas y alguien sacó un gel y repartió entre sus acompañantes.

No había terminado de decir eso cuando apareció un gringo, fornido y grande, digamos atlético, con pinta de surfista, en shores, descalzo, sin camisa y con mascarilla como si fuera un collar. Haciendo un escándalo increíble, tirando puertas y casi que las sillas… Uno de los muchachos, al igual que todos los demás que estábamos ahí, lo volvimos a ver con gesto de desaprobación. El gringo, en español trabado, se volvió a increparlo con bastante cólera y malacrianza…

El muchacho muy tranquilo, que era igual de grande, le dijo: “sí, desapruebo que usted ande sin mascarilla y nos pueda enfermar a todos los demás, eso es descortesía.”

El mae se medio tranquilizó y se puso la mascarilla.

“Déjenlo no le digan nada, no importa, no lo irriten”—vino corriendo un auxiliar de enfermería a decirnos.

“Castrosalazar: tranquilo, tranquilo”—me dijo mi voz interna al sentir, seguro, mi irritación.

“Nombre no joda, es un tema de salud, no de amabilidad ni de calma, además, estamos en un hospital, lo mínimo es que se sigan las normas del Ministerio de Salud, si no lo hacen aquí no me puedo imaginar cómo es en otros lados.”—pensé en voz alta.

“Quiero ver si en un hospital en EEUU lo dejarían hacer ese escándalo y andar como andaba”—comentó alguien en voz alta. Y los que estábamos en la sala afirmamos en silencio.

“Castrosalazar: tranquilo, tranquilo”—me repitió mi voz interna

Nueve horas. No vino nadie a limpiar. Ni siquiera los baños.

Diez horas. No vino nadie a limpiar. Ni siquiera los baños.

“Perdone, cómo es posible que nadie haya venido a limpiar, a desinfectar, y más si estamos en un hospital”—le dije a la muchacha encargada de cobrar.

“Sí—me dijo—ya nos hemos quejado, a lo mejor si Ud. se queja vienen más a menudo”

“Castrosalazar: tranquilo, tranquilo, no es con ella que tenés que pelear ni discutir”—me dijo mi voz interna.

Al salir revisé los recipientes con gel que había visto en la mañana para ver si era que donde estaba yo era la excepción y comprobé que era la regla: estaban secos. Nadie los había rellenado.

¿Cómo queremos manejar la pandemia si ni en un hospital se siguen las normas?—me pregunté.

Y mi voz interna me dijo: “Castrosalazar: por eso no podés bajar la guardia. Para el control de la pandemia todos tenemos que poner de nuestra parte”

Me lavé las manos de nuevo, me ajusté la mascarilla, llegué al carro, limpié todo con una toallita y regresé a recoger a los demás.

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