Trump: El esperpéntico uso del poder

Guadi Calvo

Foto: Departamento de Estado dos Estados Unidos

Si Donald Trump, hubiera sido un animador de cabarets baratos -a lo único que realmente podría haber aspirado- hace tiempo que estaría lavando los baños del tugurio, pero ha llegado a ser presidente de los Estados Unidos y esa condición agrava sustancialmente la cuestión, ya que la paz mundial parece depender de sus trastornos menopaúsicos.

A la misma velocidad, utilizando su arma preferida, el twitter, y con la misma irresponsabilidad suspendió una reunión que podría haber sido clave para alcanzar un remotísimo principio de acuerdo para terminar una fase del largo conflicto afgano, (Ver: Trump empantanado en Afganistán). Con otro espasmódico twitter se encargó de su asesor en Seguridad Nacional, John Bolton, un siniestro personaje de los tantos que pululan por los pasillos de Washington, cuando gobiernan los republicanos, que asociado al Complejo Industrial Militar, milita en el extremismo norteamericano, para gastar su producción contra pueblos “potencialmente peligrosos para los norteamericanos”, aunque ni siquiera puedan ubicar a los Estados Unidos en un mapa.

Con la ida del siniestro Bolton, Trump acaba de cargarse al tercer asesor de seguridad nacional, en exactamente 1329 días, sin previo anuncio y consulta a sus asesores y ni siquiera haberlo discutido con el interesado.

Aunque Bolton no ya no sea parte de este juego, es una muy buena noticia para el mundo, ya que sus posturas, como lo expresó el propio presidente a manera de sorna “nos iba a terminar metiendo en una guerra” o “él (Bolton) quiere comenzar tres guerras por día, pero lo tengo atado”, debe considerarse un fracaso más para Trump y la manera de elegir hombres para cargos tan delicados.

Esta decisión además, abre un interrogante ¿sabe Trump que quiere respecto a esta área? Sin duda una de las más sensibles, no solo para los Estados Unidos, sino para el resto del mundo.

El puesto de asesor de seguridad nacional, es una decisión autónoma del presidente por lo que no requiere confirmación del Senado. Sus funciones son fundamentalmente conectar al presidente con otros altos funcionarios, para que esté al tanto de todos los puntos de vista relevantes en una problemática determinada, además de asegurarse que las decisiones presidenciales sean ejecutadas.

El primero de los asesores de seguridad de Trump fue el teniente general retirado Michael T. Flynn, que asumió a pesar de la gran resistencia del establishment, dada su visión extrema sobre las maneras de combatir el terrorismo y sus modos “gentiles” respecto a la política sobre Rusia, lo que finalmente hizo que su posición en el gabinete presidencial detone a solo 24 días desde su asunción. A Flynn lo siguió el teniente general Herbert Raymond McMaster, un veterano de Irak y Afganistán, oficial del ejército demasiado intelectual y aburrido, a quien Trump definió “como un vendedor de cerveza” por lo que terminó desplazado en marzo de 2018.

Con la llegada de John R. Bolton, Trump incorporaba a un hombre con una larga experiencia, opiniones e ideas que estaban muy acordes con la perspectiva presidencial, de “Estados Unidos primero” y eso no era solo en lo comercial, sino en todo y a cualquier costo. Bolton, tras la experiencia sufrida por su antecesor, el rígido general McMaster, del que Trump se aburría de sus largas reuniones estructuradas y complejas, llenas de información que podría ser vital para que miles de personas en países extrañísimos sigan en este mundo, ofreció informes cada vez más cortos, ya que ¿a quién le puede interesar una pandemia en África? por ejemplo. Con gran margen de maniobra Bolton supo, dados sus setenta años, que era seguramente su última oportunidad para cambiar la política norteamericana que durante mucho tiempo había estado atada al control de armas, a los acuerdos internacionales, las Naciones Unidas y otras instituciones multilaterales, que restringían de manera inaceptables el poder y la soberanía de los Estados Unidos. Por eso, operó para retirar a los Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán y del tratado que desde la era soviética eliminaba los misiles nucleares de alcance medio.

Bolton no pudo evitar el acercamiento a Corea del Norte y el encuentro con su presidente Kim Jong-un, pero se mostraba escéptico sobre la campaña de encanto de Trump hacia el presidente norcoreano. En mayo, tras las pruebas de misiles de corto alcance de Pyongyang, Bolton insistió en que esos lanzamientos violaban las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, más tarde Trump declaró sobre el mismo hecho: “perturbaron a algunos de mis hombres… pero no a mí”. En julio, durante su tercer encuentro con Kim, Bolton había sido enviado a Mongolia sin ningún otro fin que alejarlo de ese encuentro. A pesar de ese guiño, Bolton siguió alentado sus convicciones belicistas con una larga de conflictos por profundizar: Venezuela, Cuba, Irán, Turquía, Siria, Irak, Corea del Norte, Rusia, Somalia, Níger, Chad, y un largo etcétera donde se incluye la “guerra”, por ahora solo comercial con China, por lo que el propio Trump terminó entendiendo que incluso para los Estados Unidos, eran demasiados los frentes de conflicto abiertos en apenas tres años y nueve meses.

El mundo, no es una mesa de arena

Bolton al igual que Trump muy poco les importa que quede en los territorios después que pasan sus ejércitos, su artillería, sus bombardeos, sus empresas y su economía. Afganistán, es el más claro ejemplo de esas políticas.

En el país centro asiático la guerra se sigue prolongando y la solución sigue lejana, ya no importa si en Washington reinen republicanos o demócratas. El reciente fracaso de las negociaciones de paz entre los talibanes, el gobierno del preside Ashraf Ghani y Estados Unidos, cierra la perspectiva de una paz remota, pero posible, mientras funcionarios como el defenestrado Bolton o el actual Secretario de Estado, Mike Pompeo, se jactan en sus recientes declaraciones de que en “los últimos diez días hemos matado a más de mil talibanes”. ¿Qué es lo que le asegura a Pompeo, que los mil muertos sean todos talibanes, y que entre ellos no hubiera campesinos, mujeres o niños que vivían en áreas controladas por el talibán que cada vez son más extensas?

Desde que la administración Trump se instaló en la Casa Blanca, el número de civiles asesinados por las acciones norteamericanas ha crecido año tras año, debido al cambio estratégico de las fuerzas del Pentágono en su lucha contra la insurgencia ya que ahora la guerra se libra esencialmente desde el aire, desde donde, sin duda, el territorio debe verse muy parecido a una mesa de arena, lo que hace que los “daños colaterales” que estrictamente se refieren a la muertes de inocentes, se noten mucho menos.

Por su propia génesis, el talibán, que desde hace años han dejado de ser un alocado grupo de estudiantes religiosos fanáticos, hoy es un ejército de base campesina, mucho más parecido al mítico e invencible Vietcong que a al-Qaeda, que, al igual que otras organizaciones de resistencia, es más activo que antes de enero 2016.

Si la idea sigue siendo, como también lo afirmó Pompeo, una guerra de desgaste, los 34 millones de afganos están en severísimos problemas y los Estados Unidos también.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC


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