Tiempos de apostasía…

Freddy Miranda Castro

Freddy Miranda

Yo no pedí llamarme Freddy. Hubiese preferido Roberto, Juan o Manuel. Pero nadie me preguntó y he navegado toda mi vida con esa etiqueta. Ya me acostumbré.

Tampoco solicité ser cristiano y por más señas católico. Sencillamente no tuve otra opción. Mi familia lo era y había que heredar esa ideología religiosa. La escuela la reafirmó y hasta me hice monaguillo. Los curas me metieron las dudas cuando me enteré de que más que enseñar el catecismo y la biblia, cuando ellos repetían: “Dejad que los niños vengan a mí”, no era precisamente para adoctrinarlos.

Dejé de ir a la iglesia pero continué sintiéndome cristiano, todo el mundo lo era, no había alternativa. Hasta que por casualidad conocí a Ramón Alvarado dirigente sindical de Puntarenas; hombre probo y apóstol sincero y cumplido con su catecismo político. Su ética me convenció y en el barullo de la secundaria y la búsqueda de respuestas, me transformé en joven comunista y dejé de leer la columna del Movimiento Costa Rica Libre que salía en La Nación. Me gustaba leer y leía todo lo que se pusiera ante mis ojos desde Don Marcial Lafuente, hasta ese libelo. Abrazada la nueva religión me volví selectivo con la lectura, para no transgredir el dogma. Con ello perdí variedad y capacidad de análisis, me quedé encerrado en la prisión más terrible, la de las ideas autoimpuestas. Cuando me descarriaba y mis camaradas me sorprendían leyendo algo como la Broma de Milan Kundera; o la dictadura del proletariado de Kautsky, recibía admoniciones y entraba en penitencia mental. Nada más terrible que caer en apostasía.

Luego como le ocurre a toda secta religiosa, mi partido se dividió y cada parte resultante clamaba ser la portadora del fuego de la verdad y estaba dispuesta a despedazar a la otra. Nada más terrible que las guerras fratricidas. Hasta que “La Meca” de mi religión periclitó y como dice una canción: “Todo se derrumbó, dentro de mí…” Y entonces vi llover y gente correr en una especie de sálvese quién pueda; empezando por el secretario general del PVP que sacó lo que realmente llevaba adentro y jugando a las escondidas se convirtió en asesor legislativo de un diputado de derechas y sionista, negoció que uno de sus hijos dirigiera una de las policías nacionales. Mientras él, del diente al labio, seguía proclamando su fidelidad al dogma. Humano después de todo, se olvidó de su apostolado comunista y se entregó a la religión más todopoderosa: La del dinero en forma de una pensión de lujo; que importaba que el medio fuese un derechista y un sionista por aquel entonces, había que asegurar la vejez aunque fuese vergonzantemente. Desatado el dique, uno empezó a enterarse de la podredumbre debajo de la supuestamente impoluta superficie de la moral partidaria. Nada diferente del cristiano y de cualquier movimiento de iluminados humanos que pretenden tener la respuesta infalible de la felicidad para todos.

Luego fue tiempo de estudios superiores formales y nuevas religiones disfrazadas de academia y ciencia llegaron hasta las costas de mi entendimiento. La libertad absoluta del individuo y sus empresas como vía al paraíso de la abundancia; contra las cadenas del fundamentalismo y el totalitarismo de Estado. Es decir un nuevo fundamentalismo, el de mercado. Los humanos somos de memoria corta o selectiva puesto que realmente el fundamentalismo de mercado fue anterior al fundamentalismo de Estado y su rostro tan deshumanizado como el del segundo; ambos con un prontuario de centenares de millones de vidas humanas sacrificadas en el altar de sus respectivos dogmas.

Los grandes imperios coloniales del siglo XIX y XX no fueron creados por gobiernos o Estados nacionales, sino por grandes corporaciones privadas utilizando un método creado por los imaginativos holandeses, la Bolsa y las sociedades anónimas. La India fue conquistada por una empresa británica que llegó a tener un ejército privado de más 300 mil soldados. Igual ocurrió con Indonesia sometida por una compañía privada holandesa. Los Estados Unidos de América fueron inicialmente colonizados por empresas privadas inglesas. Solo en Bengala las acciones de la empresa privada británica que conquistó la India, causaron 10 millones de muertos. Y ni qué decir de la empresa privada creada por el Rey Leopoldo II de Bélgica y el genocidio cometido en el Congo.

La religión del fundamentalismo de Estado produjo despotismo, ausencia de libertad y centenares de millones de muertos. La religión del fundamentalismo de mercado produjo despotismo, ausencia de libertad y centenares de millones de muertos. ¿Qué queda?

Para mí el escepticismo de toda religión que ofrezca una salvación sobrenatural o natural. A todo iluminismo disfrazado de academia cuando en realidad no es otra cosa que una religión disfrazada de ideología. Así como despojarme de la idea de que hay una leyes sociales y económicas que hacen que la historia humana evolucione con un determinado sentido de finalidad. No existe tal cosa, los humamos somos frutos de la casualidad y el comportamiento caótico de la naturaleza en este planeta. Nuestras instituciones no obedecen a ninguna ley natural y son el resultado de nuestras ideas e improvisaciones. Algunas han funcionado mejor que otras, la democracia y los sistemas basados en derechos por ejemplo, pero no son absolutos, como nada lo es. Así que ni tanto que queme al santo, ni tampoco que no lo alumbre. No podemos prescindir del Estado, del mercado, ni de la competencia, ni de la solidaridad, pero todos acotados y limitados para que no aplasten a la colectividad y a la libertad de pensar y de decidir. La permanente apostasía debería ser uno de nuestros credos mas entrañables como parte de la libertad de consciencia.

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