Suelte amarras Presidente Alvarado

Vértice

Lafitte Fernández

Lafitte Fernández

Carta pública al Presidente

Estoy convencido que usted, y sus asesores, tuvieron buenas razones para mandar a millares de empleados públicos a trabajar en su casas. El temor a multiplicar las esquelas mortuorias y las actas de defunción obligaban a tomar esa medida.

Pero creo que es tiempo, señor Presidente, que devuelva a los funcionarios a sus puestos. Sobre todo a aquellos que toman decisiones, certifican documentos o inciden en las decisiones más importantes para ciudadanos o empresas.

El fracaso de éstos últimos es tal, que las implicaciones de mandar a estos burócratas a su casa es sobrecogedor. En algunos casos ni siquiera tenemos empleados como ganapanes profesionales.

Le pongo algunos ejemplos de lo que está sucediendo.

Pídale a un colaborador suyo que vaya a la oficina donde se tramitan las pensiones del régimen del Seguro Social. Las hileras humanas son tales que si usted no llega a las seis de la mañana, no logra que lo atiendan antes de mediodía, hora en que los oficinistas que atienden el público dejan de servirle a los ciudadanos. Se evaporan. Y entonces no hay vacuna para la desdicha.

Lo peor es que se mira a los ancianos, a la gente de la tercera edad, parada en las aceras a pleno sol, o bajo la lluvia, y a nadie se le ocurre poner, al menos, una carpa para que las personas se protejan en media acera .Mucho menos, piensan en crear una ventanilla para sacar una cita para el día siguiente si lo atrapa el plazo fatal del mediodía.

Y no hay manera de encontrar una razón para entender el por qué un funcionario atiende hasta mediodía pero no cumple su horario total en las oficinas donde lo necesita la gente.

Pero eso no es lo grave, Presidente Alvarado. Hace pocos días miré, en la Dirección Nacional del Notariado, a un hombre llorar de dolor y rabia. Le urgía que ahí le certificaran un permiso notarial para traerse a un hijo menor desde Guatemala porque debe ser operado con urgencia. El niño vive en Guatemala con su madre. Su padre es costarricense. Usted sabe que la medicina pública en Guatemala es mala, muy mala.

El hombre debía enviar un poder para que su hijo, quien viajaría con pasaporte costarricense, fuera operado en Costa Rica. Parece que en Guatemala no hay especialistas en el padecimiento de su hijo.

Al pobre costarricense le devolvieron la certificación porque no tenía cita previa. A ese hombre le ofrecieron atenderlo, bajo una suerte de piedad, tres días después. Cuando preguntó cuántos días demorarían certificándole el documento, le respondieron que otros tres días. El pobre cristiano, tan costarricense como usted o yo, pidió clemencia. Necesitaba un prodigio de caridad. Explicó la emergencia de su hijo y el hecho que un médico amigo de su esposa viajaría con el menor. No quisieron reducirle el plazo. Le dijeron: “es por la pandemia que trabajamos así”.

El notario, quien acompañaba al padre, le explicó que debían enviar con urgencia el poder a Guatemala. De lo contrario, el niño no podía viajar a Costa Rica. Nadie se apiadó de él. Las prédicas no valieron. Cuando el pobre padre escuchó las palabras finales, se echó a llorar. Pidió que acortaran el plazo por humanidad. Ni lo volvieron a ver. Tenemos empleados que ni siquiera son ganapanes, Presidentes.

El guarda de la oficina fue el más humano de todos: “antes entregaban la certificación el mismo día. Ahora, por todo de la pandemia, son tres días. Sarta de vagos, dijo el guarda, en voz baja, para que nadie lo escuchara.

Afuera, el notario de ese hombre le dijo a ese padre: “opérelo en Guatemala. De aquí hay que llevar el poder al Ministerio de Relaciones Exteriores para apostillar el documento y ahí también hay filas enormes en las calles porque alargaron los plazos y ahí no quieren trabajar”. Aquello sonó a un condenado de esta tierra. Nadie ayudó un quinto.

No se vale, Presidente, que una pandemia evoque estas cosas porque los empleados públicos que deciden, y certifican, trabajan desde su casas con menos ahínco. Le garantizo que si a mí me hacen eso, con un hijo enfermo, agarro a balazos a los culpables de esos hechos desgarradores.

Actúe, gobernante, con mente inquisitiva. Pruebe también la eficiencia de las oficinas donde los servicios se prestan por teléfono. Estoy seguro que gastará su tiempo y nadie lo atenderá. Y si lo atienden encontrará una enconada hostilidad del servidor con su mandíbula saliente.

Debo decirle, presidente, que hay algunos servidores ejemplares que trabajan más en sus casas que en su oficina. Pero la verdad es que el tele trabajo es un verdadero fracaso. El mayor problema está en que los plazos de quienes certifican o deciden con plazos al menos triplicados en días. Y que yo sepa, de eso no se trataba cuando envió a sus casas a esos empleados.

Presidente: hay oficinas que no deben detenerse. Si lo hacen, ahogan al ciudadano o entorpecen al buen empresario. No trate igual a todos los empleados. Hay oficinas que necesitan empleados con más ojos saltones y eficiencia que otras. En ese tema hay que lavarse el lodo de la memoria

Tal vez hasta sea necesario que el buen periodismo ponga a prueba a esas oficinas o funcionarios. Es fácil pillar a esas personas en lo que no debe suceder.

Pero si algo debe usted ordenar, señor presidente, es que, al menos en todas las oficinas públicas sensitivas, los funcionarios cumplan los horarios normales. No tolere vagos en sus casas. No perdone a quienes certifican o dan servicios de ventanillas que necesita el ciudadano con urgencia.

Hay personas, Presidente, que poseen una sordera marcada para la poesía. Pero un gobernante no puede ser sordo a lo que le dicen que está mal. Usted sirve al público, no al poder. Las cosas malas son las que hay que remediar, Presidente. Poner a vagos a trabajar es desatar amarras.

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