Sin vientos de cambio en las municipalidades

El Sereno

Álvaro Campos Solís
campos.solis.alvaro@gmail.com

Alvaro Campos

Quien espere un cambio positivo en el quehacer municipal, luego del proceso electoral del pasado 2 de febrero, peca de ingenuo o tiene una fe capaz de mover montañas. En las 82 municipalidades del país, ese binomio voluntad política – recursos financieros no siempre andan de la mano. La situación en los gobiernos locales parece condenada a seguir igual, pues además de las limitaciones financieras, las decisiones de los ayuntamientos son colegiadas y allí hay gente que disfruta convertir la condición de opositor en instrumento para practicar el filibusterismo, sindicatos que velan por los intereses de sus agremiados y una planilla consolidada que conoce el teje y maneje de la institución. Es la gente que, en algunos casos, da la información a medias o pide unos timbres ahora y otros más tarde, como si el objetivo de su trabajo fuera irritar al usuario de aquel servicio público.

Mientras la gente espera ese cambio que los llevó hasta las urnas, pensando en el desarrollo de su cantón, la dirigencia de los partidos políticos busca la forma de interpretar los resultados y de qué manera se van a proyectar para las elecciones nacionales. No se trata de celebrar el triunfo de fulano ni lamentar la derrota de sutano. Convierten las elecciones municipales en una especie de termómetro para proyectar los resultados de las elecciones nacionales. Algo así como un ensayo.

Ciertamente, no dejan de tener razón, pues los resultados de estas elecciones demuestran que algunos partidos, el PAC y el Frente Amplio en particular, están en capilla ardiente. Es decir, a punto de desaparecer del mapa político. Otros partidos tendrán que entender que el poder es para compartirlo. Se acabo el tiempo del poder absoluto y la negociación como un acto casi maldito. El poder se atomizó y ahora la opción es negociar o negociar.

Sin embargo, el futuro todos los partidos políticos dependerá en gran medida del candidato que presenten. Surgirán lideres capaces de convocar al pueblo. También han de aparecer aquellos con vocación de sepulturero.

Aquí lo que cuenta es la elección de Presidente de la Republica y diputados. La cuestión consiste en que los números de esta elección se convierten en el faro de lo que puede ocurrir en las elecciones del 2022. Y esa competencia nadie la quiere perder, pues lo resultados determinan la continuidad o la desaparición de uno o más partidos políticos.

Sin embargo, en esa caja de resonancia política que se llama Asamblea Legislativa, diputados de distintos partidos políticos dedicaron parte de su tiempo en la sesión del lunes 3 para lanzar discursos triunfalistas. No obstante, hacia el interior de algunos partidos políticos hay preocupación por la reelección de determinados alcaldes y su impacto en la próxima contienda electoral. Los alcaldes, al igual que los diputados, son la imagen del partido y algunos no entienden ese rol y su obligación de hacer bien las cosas. Ignoran que los errores, omisiones, deslice y faltas a la ética su partido las paga.
Resulta difícil entender cualquier discurso triunfalista cuando solo una tercera parte del electorado concurrió a las urnas. Mas difícil aún resulta entender a la dirigencia de agrupaciones políticas que van perdiendo el apoyo del electorado (Liberación Nacional) y más grave aún aquellos partidos que no sacaron un solo alcalde, Restauración Nacional y Nueva República.

Finalmente, caber destacar la polarización que genera la participación de líderes religiosos en la actividad política nacional. La dirigencia de los fundamentalistas insiste en que se puede gobernar con La Biblia en la mano. Sostienen que el Libro Sagrado para los creyentes tiene la respuesta para todo problema de naturaleza espiritual o material. La iglesia católica también quiere un pedazo del pastel. Es obvio que al pueblo le sobran administradores.

Por su parte, los dirigentes de partidos laicos prefieren apegarse a los dictados de nuestra Constitución Política.

Algunos observadores distinguen a un tercer grupo en el que determinados dirigentes pretenden conducir los destinos de una comunidad prescindiendo de La Biblia y de la Carta Magna. Se trata de individuos que quisieran gobernar por la libre, imponiendo sus ideas y asumiendo poses de pequeños dictadores. En la Costa Rica de la primera mitad del siglo anterior se les llamaba caciques.

Periodista

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