Sin miedo y sin permiso

Sin tregua

Claudio Alpízar Otoya

La esperanza es el sueño del hombre despierto”. (Aristóteles)

Claudio Alpizar

En la actualidad Costa Rica sufre la peor de todas las crisis que puede padecer una sociedad, y es que su gente no tiene esperanza, o por lo menos aún no ha logrado encontrarla.

Como personas vivimos sin la ilusión de un futuro mejor y como sociedad no vemos un horizonte promisorio. Y lo peor es que somos pocos los que nos atrevemos a pensar en el futuro pues la inmediatez nos domina por las circunstancias actuales.

Esta situación representa un gran peligro puesto que sin esperanza es imposible soñar con el futuro de nuestra familia, de nuestra comunidad y todavía menos de la nación.

Nos encontramos ante un gran riesgo para el régimen democrático que por años hemos forjado. Hoy se acrecienta la desilusión, el desencanto y la insatisfacción con el actual sistema, en mucho por culpa de los malos gobernantes de los últimos tiempos.

Es un hecho indiscutible que los partidos políticos costarricenses se caracterizan por un feudalismo acentuado, que aumenta con el miedo de las personas de revelarse a lo interno de sus organizaciones partidarias; muchos prefieren huir a otras huestes o conformar nuevos partidos.

Nos encontramos con liderazgos feudales en los partidos tradicionales que promueven su permanencia en el ejercicio del poder. Pero no están solos porque cuentan con “fieles seguidores”, que lo hacen por la necesidad de mantenerse en algunos espacios del feudo, más que por un compromiso ciudadano y menos por apego a un proyecto serio para la nación.

Es así como los partidos políticos de hoy se caracterizan más por una relación entre los “reyes” y los “vasallos”, una relación muy propia de siglos antes de la aparición de la democracia. Y este es un lazo que solamente se puede romper con valentía y con una actitud serena pero osada, pero sobre todo sin miedo y sin pedir permiso.

La desigualdad nos obliga a la urgencia del poder para la clase media; no hay tiempo que perder. Para el año de 1989 el país tenía un ingreso per-capital (ingreso promedio por persona) de $1.728, que aumentó a $4.100 para el año 1999 y que se triplicaría en diez años, al 2019, al llegar a $12.300. ***

Sin embargo, aun con ese mayor crecimiento económico, el índice de Gini -que mide la desigualdad- nos indicaba en 1986 que estábamos en 34,40 y para el 2018, muy preocupante, la desigualdad aumentó a 45,70.

Los entendidos en la materia advierten que cuando se supera en este índice los 40 puntos, la situación se constituye en una alerta roja de alarma que advierte el antagonismo entre ricos y pobres. La conclusión única y sencilla es que el modelo económico costarricense ha premiado a unos pocos, a los que ha hecho ricos, y ha castigado a una gran cantidad que ha sumido en la pobreza y sin la esperanza de salir de esa situación.

Debemos tener presente que hace algunos meses aparecíamos en el lugar número 9 de ranking de los países más desiguales del mundo. Y esto fundamentalmente por culpa de un modelo que a partir de los años 80 del siglo pasado ha venido a menospreciar la solidaridad y la justicia social, la que nunca llegará por medio del mercado, por perfecto que se pretenda que sea este.

En todos los países desarrollados del mundo el Estado y las acertadas políticas públicas de justicia social han sido la base para el desarrollo y el bien común de la sociedad.

Durante los últimos cuarenta años se acentúo marcadamente la desigualdad en nuestro país, la que ahora en el 2020 -con las decisiones que pretenden tomar el Presidente Carlos Alvarado- nos llevará a una situación mucho peor para los años venideros.

Los jóvenes del presente pueden ser los grandes perjudicados en su futuro y sus sueños de superación profesional y económica pueden verse frustrados, tal y como sucedió durante y posterior a la crisis de los ochentas.

Y muy grave, los costarricenses que participan en política se han acostumbrado a pedir permiso a aquellos que se han definido como “reyes” en sus partidos; pero ha llegado el momento de una rebeldía inteligente, dura, directa, elegante, sagas, grupal, con pensamiento y proyecto, pues es la única forma de recuperar la esperanza y la ilusión de una patria inclusiva, en la que todos y todas nos beneficiemos de una mejor vida.

Hoy, y en ello he venido insistiendo últimamente, la gran responsabilidad política está en la clase media, de los que a duras penas se mantienen ahí, los que tienen una tarea fundamental que es recuperar su capacidad económica y política.

Disminuyéndonos la capacidad económica es como nos han relegado políticamente quienes han estado detentando el poder desde los poderes fácticos, con la ayuda de sus vasallos en el poder formal. Es sobre la clase media que ha recaído el financiamiento del sistema social, y es por eso, que hoy la vemos levantarse y negarse a continuar con este esquema.

Sin miedo y sin permiso debemos entonces enfrentar a esos “reyes” y sus “vasallos”, así como a la disminución del nivel de vida y la insatisfacción psíquica que aumenta día a día en nuestra sociedad. De la mano de la ilusión y la esperanza.

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Politólogo


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