Sentir y pensar el dolor

Casos y cosas

Heriberto Valverde Castro

Heriberto Valverde

Hace unos días me prensé un dedo con la tapa del motor del carro. Apenas me afectó la punta del dedo índice de la mano izquierda y pensé que no era mayor cosa. Me dolió pero no era para tanto y deduje que pasaría rápido. Sin embargo no fue así. Lejos de amainar, el dolor creció, se extendió a la mano y comenzó a subir por el brazo.

Era como un ardor profundo y cada vez más intenso. Para entonces yo iba en camino, manejando y llegó el momento en que me asusté pues sentía que el dolor se extendería desde el brazo hacia el pecho. Debo haber conducido unas cinco o seis cuadras con un par de semáforos incluidos y el dolor llegó a tal nivel que me preocupó la posibilidad de desvanecerme y provocar un accidente mayor.

Busqué un espacio para estacionarme y por dicha lo encontré pronto. Me estacioné, bajé los vidrios de las ventanas, recliné un poco el asiento y subí el brazo lo que pude. Efectivamente el dolor me venció y sufrí un leve desvanecimiento con visión borrosa y sudor frío incluidos.

Seguramente fueron unos pocos minutos que se hicieron eternos. Poco a poco el dolor cedió y fue regresando a su lugar y condición de origen concentrándose en el extremo del dedo afectado. Entonces recuperé mi estabilidad y retomé el camino a casa.

Y llegó el tiempo de reflexión. Primero en busca de explicaciones de lo sucedido, lo que por supuesto no encontré, y luego, a partir de ese plano vivencial, pasar al plano teórico y hasta metafísico de esa experiencia humana que llamamos dolor y que nos acompaña en todo nuestro trayecto existencial.

Es un asunto muy complejo, con vertientes diversas que van desde lo biológico-neuronal hasta lo ético y lo espiritual, e incluso a las relaciones de poder y a las relaciones interpersonales en general.

No en vano, por un lado se han desarrollado a lo largo de la historia corrientes filosóficas y credos religiosos que han tratado el tema del dolor, sobre todo en contraposición al placer, dando prioridad en la valoración de una u otra condición humana; o que han buscado como enseñar al ser humano a elevarse a condiciones de vida por sobre el sufrimiento del dolor; o avances de la medicina dedicados a amainar y hasta evitar el dolor; y por otro lado tenemos también a seres humanos dedicados a buscar fórmulas y formas para utilizar el dolor como instrumento de dominio, de control, por ejemplo mediante la tortura física o psicológica.

Por toda esa complejidad, no puedo evitar cierta dosis de pena al abordar semejante temática a partir de una experiencia propia tan insignificante comparada con la que pueden haber vivido o podrían estar viviendo, algunos, a lo mejor muchos de quienes me hacen el honor de leerme, y ni qué decir si lo extiendo a la humanidad, a la historia de la humanidad. Pero eso es lo que tengo como referente más próximo.

Y créanme, vale la pena el ejercicio de pensar el dolor. Les invito a hacerlo, verán como ayuda a mejorar nuestros niveles de comprensión del mundo, así como de tolerancia y hasta de amor al prójimo.

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