Romperse los sesos con un proyectil

Freddy Miranda Castro

Freddy Miranda

La muerte es el bálsamo que nos espera al final de la vida. La vida no es un juego fácil, para nadie, rico o pobre, es siempre algo rudo. Nuestra existencia está condicionada por la de los otros. Estamos constreñidos materialmente, por la dotación inicial de activos que el azar nos asigne. Intelectualmente, por la lotería de los genes. Así que no estamos hechos a imagen y semejanza de ninguna deidad. Estamos sometidos al caos del azar, de la caótica evolución y de las leyes de Mendel sobre la transmisión de la herencia genética, que no deja de ser siempre una ruleta rusa. A mí me hubiese gustado tener la voz de Josep Carreras, la habilidad futbolística de Messi y la pinta de Robert Redford, todo junto. Pero ni modo, fue todo al revés, tengo el oído de un capitán de artillería y la voz destemplada; soy más tieso que un lagarto enyesado y tengo la pinta de un pirata árabe del mediterráneo. Pero que carajo, aún así y todo me quiero, y me deseo una muerte digna, noble.

Si hubiese estado en los zapatos de Allan García, también me hubiese dado un pistoletazo en la frente. Ser Presidente dos veces, amasar con ello, una fortuna digna de un Sultán; para al final de la vejez ir a dar con ese corpachón a la cárcel. Ese no es el final imaginado por quienes pasan por esos altos puestos sociales. Todos se imaginan siendo loados y ungidos con premios, coronas de laurel en sus sienes, doctorados honoríficos y sobre todo una constante lluvia de aplausos del populacho. Pero ellos se imaginan cosas y Odebrecht y la justicia disponen. Mediados eso sí, por una prensa libre e independiente, y una sociedad civil no sometida a los designios del poder, y que los investigó con ahínco hasta empujar a las autoridades a hacer algo.

Odebrecht es como el diablo del cristianismo, sedujo a todos. Políticos de derecha, ultraderecha, socialdemócratas, socialcristianos, izquierdistas, socialistas, nadie escapó a sus tentaciones. Solo en Venezuela, no ha pasado nada con Odebrecht y sus delaciones de jugosos sobornos a políticos de mano larga y con una caja registradora por cerebro.

Pillado en el desliz, a Allan García solo le quedó la benigna opción de sentir una bala despedazándole los sesos, ante la certidumbre de una prisión inevitable. Porque digan lo que digan, los que pillados optaron por pasar por los tribunales, un ratito por la cárcel, para luego agarrarse de alguna leguleyada para tener casa por cárcel o un, “In Dubio Pro Reo”; saben que la vergüenza sigue allí, como otra piel que les acompañará hasta el día de la muerte. Y esa otra piel es lacerante, la sobrellevan con mucho licor, drogas y descaro, algo que siempre les abundó. Condenados, eso sí, a la quemante mirada de los demás, por siempre.

¿Por qué se corrompen, si ya tiene honores, abundancia y poder? Pues porque sí. Porque la vida es concebida como un maratón al éxito y el prestigio; y ambos están revestidos de oro y del placer que permite comprar. La vida es una angustiosa carrera tras los oropeles del éxito material y/o intelectual, del reconocimiento y el aplauso de los demás. Son pocos, muy pocos los que tienen la virtud de vivirla simple y llanamente, sin esas demandas. Allan García no era uno de ellos y por eso lo mejor que pudo hacer fue estallarse el cerebro con un pequeño proyectil; unos cuantos estertores, el cerebro descargando rápidamente todos los recuerdos, los buenos como el nacimiento de los hijos, y los malos, como la policía llegando a detenerte. Y después la nada, ese hermoso bálsamo que nos espera a todos.

Alan García

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