Reforma tributaria: va de nuevo

Luis Paulino Vargas

Luis Paulino Vargas Solís

Escribiré aquí sobre impuestos, un tema incómodo como muy pocos. Al escribir esto, aclaro que aún no he leído la propuesta que el Ministerio de Hacienda ha formulado y hecho pública. Me propongo leerla pronto y entonces procuraré ofrecer algún modesto punto de vista. Por el momento, mi propósito es otro: reflexionar brevemente en relación el trasfondo económico que subyace a esta cuestión, siempre tan espinosa.

Hay dos objeciones que se han vuelto lugar común cada vez que se habla de impuestos: la corrupción y la ineficiencia. No son, ni mucho menos, gratuitas; ambas tienen fundamentos objetivos. Por ahora las dejaré de lado, aunque brevemente señalaré tres cosas. Primero, aunque la corrupción es un problema grave, sin embargo no debería dejar de reconocerse que la mayor parte de quienes trabajan en el sector público lo hacen de forma honesta y empeñosa. Segundo, y no obstante los altos costos que la corrupción conlleva, es muy probable que, hasta en el peor de los casos, ésta constituya tan solo una fracción del déficit fiscal existente. Tercero, aunque seguramente las cosas podrían organizarse y hacerse mejor de cómo se hacen, es muy posible que mucho de lo que usualmente se identifica como “ineficiencia” sea resultado más bien de la escasez de recursos disponibles. Al fin y al cabo, sigue siendo cierto que sin cacao no es posible hacer chocolate.

Formuladas las muy breves acotaciones anteriores, me concentraré en dos aspectos económicos que, creo, ameritan ser tenidos en cuenta.

1) Impuestos, debilidad económica y proyecto neoliberal

Cierto: la economía costarricense es una paciente aquejada de anemia crónica. La cuestión empezó en 2008 y de ahí para acá no ha habido forma de recuperar una dinámica sólida y sostenida. Dadas las características que dominan la estructura económica y el sistema productivo actuales, ello tiene consecuencias socialmente muy dañinas: alto desempleo y subempleo; declinante calidad de los empleos; agravada informalidad y precarización laboral. Y, a fin de cuentas, desigualdades sociales y polarización crecientes y problemas de pobreza que no encuentran solución. Digamos, así como de paso, que estamos entrampados en una crisis de largo plazo del proyecto histórico neoliberal.

Al elevar la carga de impuestos ¿podría entonces agravarse esa debilidad? No necesariamente. En primer lugar ello depende de quiénes paguen. Si fuesen las familias e individuos de muy altos ingresos, ello no afectaría significativamente la demanda interna y, por lo tanto, tampoco el nivel de la actividad económica. El “ofertismo” neoliberal aduciría, sin embargo, que sí podría perjudicarse la inversión de las empresas, cuya rentabilidad podría reducirse. Pero ello es bien discutible. En lo fundamental ello depende de la prudencia con que el gobierno utilice los recursos adicionales: si se genera nueva demanda desde el sector público; se refuerzan y mejoran los servicios; se promueve una mayor equidad social; y se trabaja por recuperar la deteriorada infraestructura económica. En su conjunto, esto podría tener efectos positivos a corto, mediano y largo plazo, incluso mediante la consolidación de un ambiente social más estable que en mayor grado propicie la certidumbre y promueva así la inversión empresarial.

De hecho, todo lo que muy sucintamente acabo de anotar conlleva en sí mismo un salto adelante, más allá de los límites restrictivos del proyecto neoliberal. Éste último tan solo garantiza estancamiento económico y retroceso social. Negarse a modificarlo es perpetuar esa situación. Y, en el intento por modificarlo, debemos entender que lo tributario es un componente importantísimo.

2) ¿Es dañino el déficit fiscal existente?

Por ahora no o, al menos, no de una forma significativa. Sí tuvo ciertas consecuencias dañinas hace unos meses atrás, ya que, junto a algunos otros factores, incidió en una fuerte alza de las tasas de interés. Por el momento, sin embargo, ese déficit está siendo financiado con deuda externa muy barata, lo cual –junto a la marcada ralentización que ha experimentado la economía el último año- ha posibilitado que las tasas de interés nacionales bajen considerablemente. Y, sin embargo, es cierto que la deuda externa va creciendo, de forma lenta pero inexorable. Por ahora no está en niveles “peligrosos”, pero sí podría llegar el momento en que se vuelva un problema serio.

En todo caso el déficit posiblemente ha contribuido a mantener a flote la demanda interna, que ha andado débil y renqueante. Esto último ha contribuido –en conjunto con el evidente debilitamiento de la dinámica exportadora- a que la economía ande así como la vemos: a rastras. De no existir ese déficit, de seguro el estancamiento habría sido más pronunciado. Esa, digámoslo así, es la parte positiva que la ortodoxia dominante usualmente prefiere omitir.

Y, sin embargo, el mayor riesgo está en que el financiamiento barato del déficit en fuentes externas podría acabarse, siendo muy probable que ello ocurra en algún momento a lo largo de 2014 o, quizá, 2015. Depende esencialmente de lo que haga la Reserva Federal (banco central) estadounidense. Mientras ésta mantenga su política de lanzar a la calle la insignificancia de $85 mil millones mensuales, las tasas de interés en el mundo rico se mantendrán bajas. Y aunque la próxima presidenta de esa poderosa institución –señora Janet Yellen- es una economista más bien heterodoxa, también hay ahí influencias nada despreciables de otros sujetos más conservadores. Son estos los que han venido agitando el fantasma de la inflación a fin de presionar por una modificación de la política monetaria vigente que eleve las tasas de interés. No importan si la tal inflación no pase de ser, en efecto, un espectro de existencia puramente discursiva y que la recuperación económica estadounidense continúe muy anémica. Igual la presión existe, la cual, bajo determinadas circunstancias, podrían hacer que las cosas cambien.

El tema es que, caso de subir las tasas de interés, no solo se acabará el financiamiento barato del déficit fiscal. Es que es bien posible que además disminuyan las entradas de capitales a Costa Rica, e incluso que éstos más bien salgan. Eventualmente ello suscitaría un movimiento desordenado de devaluación de la moneda.

Más nos convendría proceder desde ya a poner bajo control las entradas de capital, así como promover un proceso ordenado de corrección del tipo de cambio colón-dólar. Pero es igualmente importante contar con finanzas públicas sólidas y un sector público fortalecido, en capacidad de actuar eficazmente frente a esos choques traumáticos que esta caótica globalización neoliberal provoca con tanta regularidad.

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Fuente: Soñar con los pies en la tierra


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