¿Quién es más importante: el candidato o el partido?

El Sereno

Álvaro Campos Solís
campos.solis,alvaro@gmail.com

Alvaro Campos

La pregunta resulta pertinente ahora que brotan por todos lados candidatos a presidente de la república y a diputados. Son legión. Algunos son viejos conocidos, -tan conocidos que ya están “quemados”-. Otros son caras nuevas que esperan un golpe del destino para abandonar el anonimato y, desde una posición de privilegio, tomar decisiones que necesariamente tendrán que afectar, positiva o negativamente, a toda la población.

El ideal de todo pueblo es que surja un estadista. Sin embargo, la cruda realidad suele imponerse. La diferencia entre un estadista y un político es que el primero piensa en la próxima generación, el político en la próxima elección, en opinión de un célebre político alemán.

Por lo general y salvo mejor opinión, el candidato es el que mueve al partido. Tal cosa ocurre, si el aspirante reúne ciertas condiciones: carisma, inteligencia, carácter y honestidad. Por lo general, la relación candidato y partido es un vínculo de conveniencia.

Conviene destacar que en toda contienda electoral la figura más importante es el elector. Unos votan por pasión. Son los que admiten que, “si mi partido pone un caballo de candidato, yo voto por ese caballo”. Otros razonan el voto tratando de encontrar la mejor opción, dentro de un amplio abanico de aspirantes. Un tercer grupo son los abstencionistas: aducen que no les gusta la política o no les gusta ningún candidato.

Con esos actores, el pueblo es convocado a un rito que se lleva a cabo cada cuatro años., con un costo financiero altísimo que asumen los mismos sufragantes. En algunos casos llega dinero del exterior, pero de tales remesas no se entera el Tribunal Supremo de Elecciones, tampoco la prensa y mucho menos el pueblo.

El proceso electoral que muchos califican como “fiesta democrática” en realidad no es ni más ni menos que una cita a ciegas en la que surgen dos posibilidades: que el gobierno (presidente y diputados) pongan en marcha un proyecto país que contemple el desarrollo sostenido y la aplicación de la mayor justicia social y equidad. Puede ser que los elegidos conviertan el poder en un arca desde la cual salen los recursos para enriquecer aún más a la oligarquía y concederle nuevos y mayores beneficios al sector sindical. Ese ha sido el esquema de gobierno durante los últimos 20 o 30 años.

Un buen candidato puede obrar milagros. Rescatar los restos de un partido envejecido, sin metas ni horizonte, de hecho, convertido en una virtual pieza de museo. A la inversa: el partido con prestigio, ideas, señorío puede abrirle de par en par las puertas del poder.

Al aspirante presidencial, dueño de una personalidad fuerte será esa su propia vacuna contra los ayatolas del partido. Me refiero a esos personajes que un día condujeron los destinos del partido y hasta del país y que, a pesar de la pobre herencia política que dejaron, quieren conservar su parcela de poder
En tal circunstancia, los grandes asuntos de interés nacional pasan por el filtro de un “líder histórico, dúo o troika” autodefinidos como dueños del partido, para que el presidente de la nación se limite a ejecutar la orden emanada de quienes gobiernan desde las sombras.

Al candidato le corresponde discernir si esa agrupación política que ahora le sirve de andamio para alcanzar el poder mantiene los principios que le dieron origen o en su defecto se convertido en un partido sin ideas y sin ideales y que, debido al pobre papel administrativo sus predecesores, ahora cambió el traje formal para vestir harapos.

Los partidos políticos, como ocurre con las personas, cumplen su ciclo. Desde ese momento, caminan lento, se anquilosan, por lo que cada día que pasa proyecta menor sombra, finalmente pierden su identidad. La incógnita que toca, de manera directa, al PLN y al PUSC, quedará despejada el próximo el 6 de febrero del año próximo. Nada ni nadie es eterno.

Además de superar las crisis internas, uno de los principales retos que deben encarar los partidos políticos con alguna opción de triunfo en las próximas elecciones generales es el manejo de las redes sociales. Es un sistema que facilita la comunicación entre los aspirantes y el pueblo. Su buen uso la convierte en una herramienta extraordinaria. Mal utilizadas se convierten en armas de autodestrucción.

La tecnología en el campo de la comunicación abre posibilidades inimaginables para todos los actores, siempre y cuando su caballo de batalla sean las ideas y las propuestas de gran calado vengan envueltas en la bandera de la verdad.

El sistema es de tal transparencia que limita el espacio para la mentira y el engaño. Por el contrario, los candidatos tendrán que explicar muy bien las razones que los mueven para llegar al Congreso o a la Casa Presidencial. Las reuniones de plaza pública y los discursos por televisión son cosa del pasado. Ahora tendrán que demostrar si conocen los problemas más apremiantes del pueblo y lo más importante explicar cómo se solucionan.

Por el contrario, si los candidatos y los partidos confunden el método y destinan el tiempo al ataque artero, la mentira o a descalificar a su adversario quedara demostrado que a tales aspirantes no los cambia ni crisis ni pandemias.

Entre los aspirantes novatos algunos de ellos traerían bajo el brazo un proyecto de largo aliento con la ilusión de convertir a su partido en la renovación de aquellas agrupaciones políticas que, habiendo cumplido su ciclo, poco a poco se van convirtiendo en simples espectadores de una contienda electoral. Son espectadores que ahora observan los acontecimientos con la invitación de que acudan a votar pero invadidos por la nostalgia.

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