Queremos tanto a Bruno

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David Loynaz

David Loynaz

Continuamos hoy con la prometida lista de cine nacional “liberado” por sus creadores, hace unas cuantas semanas, para dedicar estos tiempos de aislamiento y encierro preventivo a un ocio más cercano, a la cinematografía en formación de un país en la periferia del mundo.

Me es inevitable no volver hacia Antonio Jara en esta segunda publicación. Ahora con: “Queremos tanto a Bruno”. Documental dirigido por su hermano Ernesto Jara y guionizado por ambos. Estrenado en el 2017 en el CRFIC.

Para aquellos que posean la filia hacia la música de nuestro país, sus orígenes y proyecciones, el documental les será un douce en la bouche. El proyecto en mención explora el fenómeno “Bruno Porter” acaecido hace ya un par de décadas. Se trata de un conjunto musical, disruptivo -es decir, de una rotura o interrupción brusca- que se abre paso en una escena relegada a la penumbra.

Acá, en esta nueva aventura cienematográfica de Jara, los testimonios abundan por doquier, debido a la contemporaneidad de aquello que se narra. Esto fecunda en el espectador una cierta sensación de cercanía, como si aún, hoy en día, pudiéramos percibir el eco de los redoblantes.

Para quienes no conozcan a Bruno Porter, les comentaré que se trató de un grupo de rock experimental fundado a inicios de los años noventa. La banda, marcada por un sonido lisérgico, transgresor y subversivo, se constituyó con el tiempo y sus relatos en unos de los hitos musicales más llamativos del país.

El complejo musical se difunde a través de artesanas grabaciones y teatros, que tras peculiares negociaciones, permiten ser el receptáculo de los conciertos.

¿Conciertos? Pues sí, en parte. Sin embargo, esto era un fragmento de tan jugoso fenómeno. Bruno Porter era una puesta en escena; generación de sonidos que iban más allá de lo esperado y de lo que, pareciera ser, demandaba el público a identificarse con su música nacional.

Su textura sonora se percibía misteriosa, esotérica y movediza. Con el paso de los años, las responsabilidades de estos jóvenes músicos se fueron devorando, así como la banda, sus expectativas y determinaciones. Y es precisamente allí, donde Bruno Porter transmuta en sonoro estallido…lo efímero… lo inmediato.

Esa oportunidad que tienen los conjuntos nacionales para ejecutar una escisión en el lienzo de nuestra cultura, en el tímpano de lo esperado, y fugazmente transfigurarse en familia, responsabilidad y sujeción.

La obra nos obliga a ver entonces la escena musical como un estallido de gestos melódicos que se diluyen con prisa, debido a las necesidades de un país tercermundista y la utópica proyección a futuro. ¿Será que podemos perdurar más allá de los tablones de la cámara? ¿Será viable pensar en un país donde las bandas puedan dar de comer a sus integrantes? ¿O será más bien esa puesta del tercer mundo, cuasi guerrillera, efímera, ese suspiro de la asfixia lo que atraviesa y dota de territorialidad y se convierte en algo que nos hace costarricenses?

Esa música implosiva, que se desvanece al instante, ¿será por otra parte la ausencia de trascendencia? ¿O será más bien todo el diafragma hermenéutico que se genera en torno a “lo trascendente”?

Realmente no lo sé y no me atrevo a asegurarlo. Sin embargo, definitivamente sí se puede reconocer algo con certeza: el delimitar la trascendencia a un lugar de masas, de espectáculo, de revista que tiene algo de cadavérico, de fenecido, de desaparecido.

Si acaso puedo pensar, en estos tiempos de monástico reclutamiento, que justamente ese soplo fugaz de lo que significa “pegarla” en este país, podría ser, al fin y al cabo, una nueva forma de permanecer en el aire, mitológicamente libres, en lo minúsculo.

La forma del documental, por otra parte, es magistral. Jara y su equipo logran narrar el fenómeno Porter, a partir de materiales de archivo, testimonios y oníricos motion graphics (animaciones 2D). Y a partir de un poético montaje, la imagen dialoga con las narraciones, se corresponde y genera nuevos significados. Es aquí, donde el documental, a través de múltiples dispositivos expresivos, convulsiona con la historia generando conocimiento, pero también apela al cuerpo, acaricia la mirada, las ganas de bailar, antes de desaparecer.

Nos encontraremos la próxima semana.


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