Posverdad, política y pluralismo

Mauricio Ramírez Núñez

La polarización de ideas es impulsada desde los medios de comunicación, la academia y los políticos, afirma el filósofo italiano Maurizio Ferraris. Esto como parte del problema de la posverdad, consecuencia directa de la posmodernidad y lo que él llama la “liberalización de la verdad” y el fin de los totalitarismos del siglo XX. Ferraris explica que el advenimiento de todo esto tiene una raíz muy particular: Nietzsche, con quien esto toma mucha fuerza, pues su famosa frase: “no hay hechos, solo interpretaciones”, da rienda suelta según el autor, a una subjetividad absolutista, en la cual es imposible que exista una verdad compartida o de carácter colectiva.

Por el contrario, se propone de alguna u otra manera, una especie de lo que yo llamo, “lógica de torre de babel”, en la cual llegamos a un mundo donde literalmente es imposible ponerse de acuerdo y llegar a puntos mínimos de unión para resolver desde los problemas más básicos de la vida cotidiana (crisis de la familia), hasta las diferencias políticas, ideológicas o económicas que plantea la realidad actual.

La gran interrogante de hoy sobre este tema de la posverdad o verdades a medias, relacionado a la filosofía política y el régimen democrático es; ¿cuál es el espacio de encuentro para acercarnos con todo y nuestras diferencias, a construir patria? De seguir así a como estamos, todo será “muy ofensivo” para todos, pues al tener cada quién su verdad propia con su consecuente escala de valores totalmente blindada de la del “otro”, y convencidos de que es la única verdadera, entonces no habrá un espacio mínimo para una verdad común, compartida y colectiva, lo que nos lleva a una contradicción muy clara, que no es solo un tema de discusión epistemológica u ontológica, sino, también práctica y política.

¿Qué hay después de la absolutización de mi verdad particular y del demostrar que todos están equivocados? ¿Qué hay después de la apatía, la indiferencia, el hartazgo y la falta de confianza? después de todo esto, que podrían llamar algunos como el camino a la libertad individual y al “despertar” de la conciencia, lo que tenemos no es felicidad, no es comunidad y mucho menos bien-vivir. Es un camino a la autodestrucción personal y social, la destrucción de toda identidad colectiva, de toda esfera de inmunidad comunitaria, para usar el término del alemán Peter Sloterdijk, en una realidad que sigue existiendo con todo y sus defectos, a pesar de nuestra actitud de negación absoluta.

Volver al diálogo y a la construcción de verdades colectivas

No hay espacio en el mundo de hoy para otra forma de enfrentar los grandes problemas que no sea a través del diálogo. Las hermosas narrativas revolucionarias del siglo pasado que tanto inspiraron a las personas con deseos de cambio han muerto, hoy la sociedad está encomendada al espíritu de la ley mercantil neoliberal que deshumaniza y nos hace creer que ser libres es caer en el hedonismo extremo, al mismo tiempo que nos desentendemos de los asunto públicos, sociales, económicos y políticos. Hoy, toda persona que se atreva a pensar diferente queda automáticamente expulsada y estigmatizada, como una nueva forma de castigo por herejía en pleno siglo XXI.

Por eso el diálogo es el camino, pero no me refiero a ese diálogo prepotente donde aquello se convierte en un campo de batalla de verdades individuales o gremiales para ver cuál gana y cuál se impone, especialmente si llegamos y tratamos de ver la vida solo desde el terreno de los números y las finanzas, ahí solo unos pocos ganan. La verdadera ciencia de este diálogo está en crear espacios para una ecología de saberes, tal como muchos autores lo han venido planteando hace algunos años, esto implica un gran ejercicio de humildad, apertura y pluralidad, no inclusión, pues podemos ser inclusivos, pero pensar igual.

Como civilización occidental nos hemos creído el cuento de que somos el paladín de la diversidad y la apertura, el ejemplo a seguir en temas de respeto por los derechos humanos y el progreso, tanto así, que hasta justificamos ataques contra otras culturas en nombre de estos, creyendo todavía en aquel añejo argumento que usan los colonialistas para hacer de la suyas; “tenemos que llevar la civilización y la luz a todo el mundo”. El llevar esa “civilización” a todas partes se ha traducido en actos como los que se acaban de descubrir en Canadá con las tumbas que encontraron de niños y adultos originarios de ahí, que fueron masacrados solo por no ser blancos, con ojos azules y cristianos, vaya forma de “llevar la luz y la civilización”. La diferencia es que hoy se utilizan métodos más tecnológicos y sofisticados, vergonzosamente.

Pienso que, si bien es cierto, se han dado avances en occidente muy trascendentales en esa área de los derechos humanos y las libertades, no todo es como lo pintan y nuestras sociedades siguen siendo profundamente excluyentes e intolerantes, con potencias de corte imperialista, las luchas emprendidas contra otras culturas no occidentales así lo demuestran. Diferente no es sinónimo de prohibido, incorrecto o extremo, es simplemente ver y entender las cosas distinto, ahí radica la desemejanza entre ser inclusivos y ser pluralistas. Podemos ser inclusivos, pero pensar igual, eso no ayuda a construir en sociedades que se dicen abiertas, mucho menos nos permiten salir de nuestro etnocentrismo para entender con otros ojos fenómenos políticos, sociales o culturales en otras latitudes.

El filósofo surcoreano, Byung Chul-Han lo describe de una manera magnífica en su texto “La expulsión de lo distinto”, donde expone su tesis, planteando que el aumento de la violencia global en todos los ámbitos es producto entre otras cosas, de la negación del “otro” y el advenimiento de lo “igual”, ese otro diferente ya no existe, simplemente es desechado, expulsado, descartado, dando espacio a la “dictadura de lo igual” y lo positivo, abriendo de esta manera las puertas a la psicopolítica, que supera a la vieja biopolítica de Foucault, pues ya no es necesario disciplinar los cuerpos, lo estratégico ahora es el dominio mental y emocional de los individuos.

Esa compleja realidad hace que las nuevas patologías sociales estén caracterizadas por las crisis de depresión constantes (al igual que las depresiones cíclicas del sistema económico) y el terror por lo auténtico, pues en el fondo, con colores distintos, ropa diferente o una identidad de género no binaria, nadie quiere desencajar o “quedarse por fuera”. Ese violento poder de lo global como lo denomina el pensador, barre con toda singularidad y rasgo de autenticidad que no se somete a las “tendencias generales” delimitadas por la hipercomunicación, la sobreproducción y el hiperconsumo, ¿quién va a tener fuerza para en su singularidad enfrentar el terror de lo global? es prácticamente imposible.

Por ello se vuelve menester entender todo esto para diseñar nuevas formas de lucha política y social, ya que con sociedades cada vez más divididas y fragmentadas, unir se vuelve una tarea titánica que implica sacrificios que no todos están dispuestos a hacer de cara a un fin superior. Se requieren de liderazgos con experiencia y juventud, que sean firmes, continuos y flexibles, que entiendan la importancia de la horizontalidad, pero también de la naturaleza de la lucha política y su verticalidad, al mismo tiempo que tenga la suficiente apertura mental y espiritual para ser humilde, escuchar a todas las personas y sus verdades, para romper el saco y bajo una nueva síntesis histórica, irrumpir en la realidad de manera disruptiva y verdaderamente revolucionaria.

Académico


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