Por qué la izquierda debe resistirse a sacar partido de las actitudes xenófobas

Colin Crouch

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Desde 2008, la izquierda del mundo avanzado ha soñado con un levantamiento popular contra la élite neoliberal que nos trajo el derrumbe financiero. Ahora bien, esa sublevación ha llegado, pero ha quedado casi por completo atrapada en manos de una extrema derecha que moviliza la hostilidad contra los inmigrantes, la Unión Europea, otras formas de cooperación internacional, la globalización y los extranjeros en general.

Si bien la izquierda quiere dirigir la ira pública contra objetivos de clase, hay quienes están preguntándose si no puede ganar algo de terreno vital extra dándole a algunos de estos temas de enorme eficacia: los inmigrantes que hacen que bajen los salarios, la UE que es un club capitalista, el comercio con China que destruye empleos industriales. Los máximos líderes laboristas se inclinaron por un apoyo inequívoco al Brexit. En Alemania se ha lanzado un nuevo movimiento, Aufstehen, para congregar el sentimiento anti-EU, anti-inmigrante en la izquierda. Se oyen murmullos semejantes procedentes de Dinamarca, Italia y otros lugares.

La respuesta es que ‘¡NO!’, por cuatro razones.

En primer lugar, la xenofobia debería resultar inaceptable para la izquierda. Esto no es algo totalmente claro. Muchas, probablemente la mayoría de las moralidades estaban enraizadas en las identidades compartidas por comunidades, y las normas de buen comportamiento las delimitaba -es más, eran su emblema- la pertenencia al grupo. Esta clase de moralidad exige una definición clara de quién está dentro y quién está fuera. La solidaridad de los movimientos sindicales se erigió sobre identidades de este género. Los mineros eran mineros, no miembros de una clase trabajadora más amplia. Desde luego, los mineros de Yorkshire nunca tuvieron en gran concepto a los a los mineros de Leicestershire, un antagonismo que tuvo su enfrentamiento final en las huelgas mineras de 1984-85.

Pero el logro histórico de los partidos socialdemócratas consistía precisamente en soldar estas solidaridades tan particularistas en otras más amplias, no destruyéndolas sino subordinándolas en el seno de una moralidad de universalismo basada en la clase social. Durante la mayor parte del siglo XX, ‘universal’ vino a significar ‘nacional’. La razón para ello consistía en una amalgama de razonamiento pragmático (el Estado nacional era el plano en el que la democracia podía establecerse de modo más eficaz) y apelaciones a las solidaridades basadas en la sangre y el suelo. La moralidad universalista, igualitaria de la izquierda acentuaba lo primero; las tendencias excluyentes de la derecha, lo segundo. La mezcla precisa no importaba mucho mientras ambas pudieran proceder de consuno, pero conforme el Estado nacional ha perdido su capacidad de gobernar el espacio económico de modo autónomo, el caso favorable a insistir en la prioridad de la nación se ha inclinado más gravosamente hacia a las apelaciones a suelo y tierra. Por lo tanto, la derecha se ha convertido en beneficiaria de la incomodidad con un mundo globalizador. Para sacar algo de ello, la izquierda ha de abandonar una moralidad universal, igualitaria en pro de otra excluyente, una traición a la nobleza de su pasado.

Afirmar que la presencia de polacos en el mercado de trabajo empuja a la baja los salarios de los trabajadores británicos no constituye una crítica socialista del capitalismo sino que significa tocar a rebato cínicamente. Los polacos que vemos localmente están presentes de un modo en el que no lo está la idea de capitalismo y son un blanco más fácil del odio.

Delitos de odio

En segundo lugar, esto también significa que, lejos de hurtarle una parte a la actuación de la derecha, todo lo que consigue la izquierda es legitimar el mensaje de la extrema derecha, conspirando con ella para hacer pedazos los límites con los que la auténtica moralidad del universalismo ha mantenido a la derecha bajo control. No es casualidad que se registraran las oleadas de delitos de odio y violencia contra las minorías tras el voto favorable al Brexit, la elección de Donald Trump y la entrada de la Lega en el gobierno italiano. Los debates acerca de estos acontecimientos legitimaron que se denigrara a los inmigrantes y a otras personas e instituciones de origen extranjero, algo que se había vuelto vergonzante gracias a décadas de revulsión ante todo aquello que había defendido Adolf Hitler. El odio es de lejos la más poderosa de las emociones humanas y es, políticamente hablando, propiedad del a extrema derecha. Había que aplacarlo, dejándolo fuera del discurso admisible.

En tercer lugar, los estados nacionales no pueden cada uno regular por sí mismo la economía global. Hay tres respuestas posibles a esto. Se puede considerar que está muy bien, pues la economía global queda mucho mejor fuera del alcance de la regulación. Esta es la postura de la derecha extrema neoliberal, que puede entonces echar cínicamente su cuarto a espadas por la derecha nacionalista, pues el nacionalismo se ha vuelto económicamente inoperante, limitándose a los símbolos.

Una segunda respuesta estriba en sellar el Estado nacional frente a las presiones globales mediante el proteccionismo. Es este el enfoque tanto de la derecha como de la izquierda anti-globalización. Tiene como resultado un mundo de comercio más reducido, economías más pobres y escasa innovación, con relaciones potencialmente hostiles entre los estados. .

Se puede, luego, tratar de crear coaliciones de estados nacionales y organizaciones internacionales que puedan regular las transacciones globales. Este es el enfoque de los neoliberales moderados y de los socialdemócratas. Resulta difícil, porque requiere acuerdos por parte de toda una serie de países, pero es la única manera de combinar las ventajas del comercio global con buenas normativas de conducta económica, salvando la estrategia central de la socialdemocracia de hacer el capitalismo socialmente responsable. Los intentos de subirse al tren de los xenófobos impiden que la izquierda desarrolle la opinión pública que se necesita para apoyar esa etapa siguiente de su impulso universalizador.

Los jóvenes tolerantes

Por último, en modo alguno se ven todos los ciudadanos atraídos por el orden del día xenófobo, que raramente alcanza a más de un tercio de los votantes. Décadas de hostilidad oficial a la xenofobia en muchos países han tenido sus efectos. A su vez, a mucha gente le desagrada el odio y prefiere ser tolerante y mostrar aceptación frente a otras culturas. Estas personas, con frecuencia las más jóvenes, con mayor formación y visión de futuro, se están convirtiendo cada vez más en el núcleo base de la izquierda. Serán ellos quienes porten los valores universalistas de la izquierda, llevándolos a un plano vitalmente importante, el plano postnacional. Una izquierda que los rehuya rehuye su propio futuro.

Se ha vuelto algo rutinario para los comentaristas de muchas variedades de opinión despotricar contra las ‘élites liberales’, pronunciando el adjetivo con un desdén que se agarra cada vez más a la palabra ‘liberal’ misma. Pero es contra las élites iliberales y anti-liberales contra las que tenemos que reunir a la opinión pública. Su poder va creciendo a medida que la xenofobia se extiende por Europa, los EE.UU. y otros lugares. Se necesita a las fuerzas de la izquierda y el centro para combatirlas.

Colin Crouch (1944) es profesor emérito de la Universidad de Warwick y miembro del Instituto Max Planck. Estudió en la London School of Economics y en el Nuffield College de Oxford, instituciones en las que luego impartió clases, lo mismo que en las universidades de Bath y Warwick, además del Instituto Europeo de Florencia. Su último libro es The Globalisation Backlash, (Polity Press/John Wiley).

Fuente: Social Europe, 2 de octubre de 2018
Traducción: Lucas Antón para sinpermiso.info


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