¿Por qué Argentina está, otra vez, en crisis?

Argentina enfrenta una nueva crisis económica. Pese a provenir del mundo empresarial, el presidente Mauricio Macri no logra generar confianza en los mercados. La vuelta al Fondo Monetario Internacional divide aguas. El gobierno no solo fracasó en su intento de frenar la inflación, sino que los precios están viviendo una disparada histórica. Y Argentina tiene hoy las tasas de interés más altas del mundo.

¿Por qué Argentina está, otra vez, en crisis?

Por Leandro Mora Alfonsín

Si un lector desprevenido dejó de leer informes vinculados a la economía argentina hacia principios de año, seguramente se encontrará muy sorprendido de leer noticias actuales. En muy pocos meses, el país sufrió un vertiginoso cambio de ciclo económico signado por una frágil posición externa, un paulatino pero imparable deterioro de las condiciones socioeconómicas de los sectores medios y bajos, y pocos fundamentos para esperar una mejora en el corto plazo.

¿Qué pasó? ¿Cómo puede ser que un país que en 2017 había empezado a mostrar indicios de recuperación (aunque no de crecimiento) y cierto ordenamiento de sus variables haya podido tener tan pocas respuestas a un cambio de condiciones internacionales? ¿Qué medidas se tomaron para mitigar estos daños? ¿Qué puede esperarse hacia adelante?

Para responder estas preguntas, hay que comprender algunos aspectos sustanciales de la estructura económica argentina, diagnosticar los problemas de raíz que presenta, y luego analizar las políticas y enfoques económicos que contribuyeron a esta crisis.

El potencial argentino

Contrario a lo que el sentido común suele indicar sobre Argentina, si bien se trata de un país rico en recursos naturales, estos no alcanzan para dar forma a un modelo económico integrador e inclusivo. De acuerdo a la medición de Capital natural per capita del Banco Mundial, Argentina ocupa el puesto número 40 del ranking de países con mayor dotación de recursos naturales explotables por habitante, detrás de naciones como Australia, Arabia Saudita, Canadá o Brasil. Esto significa que 45 millones de personas no pueden vivir de las exportaciones primarias o de bajo valor agregado como las del complejo oleaginoso, con grandes ventajas comparativas.

Argentina es un país con un entramado productivo heterogéneo, con fuerte presencia del sector industrial. La industria manufacturera es, con más de 1.300.000 puestos de trabajo (casi 20% de la población económicamente activa), es el principal empleador, el que paga mejores salarios y el que presenta menores índices de informalidad en un país con 30% de su población bajo la línea de pobreza. Cada puesto industrial directo genera, además, 2,5 empleos indirectos. Por supuesto, competir con bienes industriales y con valor agregado en un mundo donde la frontera tecnológica se corre día a día, es difícil.

El 72% del comercio internacional se explica por bienes manufacturados y cada vez pesan más los intangibles que engarzan industria con servicios. En este contexto, Argentina tiene la capacidad, la historia y la estructura para jugar un rol más significativo. Hoy solo exporta bienes de media y alta tecnología por 500 dólares anuales por habitante, lejos de los países desarrollados. Estos países despliegan políticas industriales cada vez más sofisticadas que ponen la generación de valor en el centro, como dinamizador de la economía: Italia está implementando un ambicioso plan (Impresa 4.0) que premia con un 50% de crédito fiscal la inversión en investigación y desarrollo, garantiza préstamos y destina 2.700 millones de dólares a un fondo para la productividad y el capital intangible. Estas iniciativas integrales y de articulación público-privada también se ven en Estados Unidos (Adavanced Manufacturing Program), Reino Unido (The Plan for Growth), Japón (Abenomics), China (Made in China 2025), Alemania (Sociedad Fraunhofer) y Taiwán (Productivity 4.0).

¿Cuál es entonces el camino para el desarrollo argentino? Si bien competir es cada vez más difícil, esta diversidad que muestra Argentina es parte de la solución, una oportunidad. Durante muchas décadas predominó la falsa dicotomía entre ser un país industrial o «el granero del mundo». Lo cierto es que para romper escalas y ascender en una integración inteligente en mundo, el país necesita todo su potencial. No es «campo o industria», es «campo e industria… y servicios». Para eso, se necesita una política industrial que se ponga de pie y que, a la vez, amplifique una estabilidad macro y un diseño microeconómico. Pero para que eso ocurra, debemos diagnosticar los problemas de forma correcta.

Problemas de raíz

Hace casi 50 años, el empresario argentino Marcelo Diamand teorizó que el país tiene una estructura productiva desequilibrada y que eso genera una restricción de dólares. Según su postura, en momentos de crecimiento las necesidades de divisas para insumos y bienes de capital aumentan más que los ingresos en dólares. Esto provoca presiones sobre el tipo de cambio. El diagnóstico de Diamand explica una parte de la situación argentina actual, cuya historia se repite.

La restricción externa reduce la capacidad que tiene una economía para generar las divisas (dólares) necesarias para afrontar sus necesidades de importaciones para el consumo, la inversión, la remisión, el pago de deuda y el atesoramiento. Cuando las necesidades de divisas crecen y las fuentes de las mismas no lo hacen en la misma cuantía, afloran presiones sobre el tipo de cambio, su correlato sobre precios y costos, estancamiento o caída de la inversión, congelamiento de la creación de empleo y, en definitiva, la ralentización del crecimiento económico. Si seguimos a Diamand, no puede afirmarse que este sea un fenómeno nuevo, ya que la historia argentina se caracteriza por episodios recurrentes de restricción externa. El actual puede datar su inicio hacia 2011 o 2012. Básicamente, hay dos canales a través de los cuales un país (que no imprime dólares) puede hacerse con divisas: sus exportaciones y el financiamiento en moneda extranjera.

Si observamos el desempeño de las exportaciones argentinas en los últimos años, vemos un aspecto claro de estas restricciones. Si bien en 2017 se quebraron seis años consecutivos de caídas y 2018 arrancó con exportaciones crecientes, las ventas argentinas al mundo son un 29,6% más bajas que en 2011, cuando alcanzaron un pico de casi 83.000 millones de dólares. Este devenir está íntimamente relacionado con el impacto que la grave crisis de Brasil, principal comprador de exportaciones argentinas, tuvo sobre las ventas externas «gauchas».

Del otro lado está el financiamiento externo, que ahora empieza a encarecerse tanto por el aumento de la tasa internacional como el spread de riesgo que muestra Argentina. Tomar deuda no es algo necesariamente malo. La clave es cómo se canalizan esos fondos. La toma de deuda para obras públicas estratégicas que mejoren la competitividad estructural del país (energía, vialidad, ferrocarril, hidrovía) es algo deseable porque mejora las condiciones de exportación y, por ende, de generación genuina de divisas. Pero el país necesita dólares para funcionar (unos 45.000 millones por año). El déficit de cuenta corriente se ha profundizado y llega a 4,5% del PIB y el salto del tipo de cambio es la única ancla que hoy lo está resolviendo.

La respuesta ensayada por el gobierno de Cristina Fernández Kirchner a este problema, ya vigente en 2011, fue un cepo cambiario que limitaba la compra de divisas. Una mala solución que alentó un mercado paralelo de cambios, disruptivo, cuando había un gran margen de maniobra para intentar otras alternativas que combinaran el financiamiento externo y una política de tasas locales reales positivas. Por su parte, el gobierno liderado por Mauricio Macri financia este déficit con financiamiento externo. Y estos dólares hoy son más caros. En la búsqueda de mejorar la confianza entra en escena el acercamiento al Fondo Monetario Internacional (FMI).

De péndulos y crisis

Si el diagnóstico del anterior gobierno fue que para mitigar la restricción externa había que frenar la salida de divisas, el diagnóstico del actual consideraba que no existía tal cosa como una «restricción» si estamos abiertos a los mercados internacionales de crédito. Ninguno de los extremos, queda demostrado, resultaron adecuados. Entre 2016 y hoy, el sector público argentino asumió compromisos en moneda extranjera por cerca de 150.000 millones de dólares. La exposición argentina al dólar fue creciendo, volviendo frágil la economía del país a los cambios internacionales. Ahora bien, ¿por qué la situación externa pesó más en Argentina que en otros países de la región? Si bien todos padecieron la «tormenta» financiera, Argentina es hasta ahora el único «inundado». La clave está en las respuestas que Argentina dio al cambio de contexto internacional.

Lo cierto es que el gobierno de Macri dio una respuesta tartamuda. Entrampado en sus objetivos de política económica, las señales que se dieron fueron confusas. Al inicio de la corrida cambiaria cuyo origen está en la suba de la tasa de interés de Estados Unidos, el principal objetivo de la conducción económica del gobierno de era bajar la inflación. En este sentido, se optó en primera instancia por no acompañar la suba del dólar con una depreciación del peso y se liquidaron reservas internacionales para «contener a los mercados». Los mercados respondieron con voracidad por dólares baratos, descontando que Argentina debía acompañar las depreciaciones brasileña, turca, y de otros países de América Latina.

El resultado fue la yuxtaposición de variados ensayos de la autoridad monetaria que desplegó medidas de todo tipo sin una estrategia: subir de tasa de interés, dejar libre el tipo de cambio, operar futuros de dólar para fijar el precio o seguir cubriendo demanda con reservas (en lo que va de 2018 Argentina perdió en esta operatoria 15.000 millones de dólares de reservas internacionales). Cuando estas respuestas generaron desconcierto, la réplica de los mercados fue el desprendimiento de acciones y títulos argentinos y, por ende, se produjo el incremento del riesgo país. Es en este punto en que Argentina se acerca al FMI como forma de mejorar la confianza internacional. Dos meses después del acuerdo –y con la crisis turca de por medio–, Argentina encuentra a los mercados desconfiando de su capacidad de financiamiento y repago. Además, el acuerdo con el FMI reduce los grados de libertad de la política económica. Asimismo, queda claro que los problemas estructurales siguen intactos y que la inflación no solo no ha descendido como pretendía el gobierno, sino que podría tocar el récord de la década este mismo año (superando el 40%).

En los últimos cinco meses, las respuestas de Argentina ante los cambios en el contexto internacional fueron reactivas, ajustadas al «humor» de los mercados. Esto fue reduciendo la capacidad de respuesta y volviendo inocuo cada anuncio de esfuerzos por la estabilización fiscal. Todo esto en un marco en el que los acreedores y tenedores del mercado marcan el ritmo al grito de «show me the money», aprovechando las ganancias de corto plazo que da una tasa de interés del 60% (la más alta del mundo en la actualidad) cada vez menos efectiva para controlar el tipo de cambio pero infalible para que quienes tienen liquidez tengan extraordinarias ganancias de corto plazo.

Entretanto, los fundamentos de la economía real se deterioran y no hay políticas que se orienten a la generación de valor y empleo. El consumo empieza a mostrar una retracción de la mano de salarios reales en baja, con revisiones de las negociaciones paritarias que no se acercan a la inflación estimada para este año. La inversión, sobre todo la local, se ve comprometida con márgenes de rentabilidad exiguos a causa de aumento de costos (tarifas y costo financiero, a la cabeza) y caída de ventas. También incide el aumento de los costos en dólares de los bienes de capital del exterior. El gasto tiende a bajar por decisión política y por los condicionamientos del FMI. Y las exportaciones, si bien pueden mostrar mayor dinamismo, en lo inmediato, con el nuevo nivel de dólar, verán su competitividad-precio cada vez más erosionada ante el avance de la inflación diluyendo el efecto del dólar alto. Con una actividad que se desploma (el último dato de actividad mostró una caída de 6,7%) la brutal caída de la industria en junio (-8,1%) y el freno de la construcción (protagonista de la recuperación incompleta de 2017), solo puede esperarse un deterioro de las condiciones laborales en el corto plazo.

Es fundamental que Argentina cambie el eje de su mirada sobre los problemas económicos transita. La sobreponderación que hoy tiene una mirada fiscalista de la economía subestima todos los demás efectos que ya empiezan a verse en la economía real. Si bien las urgencias del corto plazo son altas, una óptica integral de incentivar los amortiguadores de mediano plazo de fortalecimiento del mercado interno y mejora de la rentabilidad de los sectores industriales asoma prioritaria para que la fragilidad externa no se propague a la velocidad de la luz en deterioro interno. Cada paso contrario que Argentina da ante la crisis, la aleja de lo que hacen los países que basan su estrategia en estas prioridades.


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