PAREHARA: Educación, realidad y ficción

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Oscar Llanes

Oscar B. Llanes Torres
Diplomático y Profesor Universitario paraguayo

El camino es largo y pedregoso, con variables y vertientes, con entusiasmos y desánimos, con cambios y reformas, con ilusión y desidia, es el triste recorrido de la fuerza vital de un pueblo, de una sociedad para su afirmación y reconocimiento en el foro del mundo civilizado.

Me refiero a la EDUCACION en sus más variadas facetas y del interés que pueda motivar, como los sentidos de la enseñanza, formación, instrucción, ilustración, aleccionamiento, adoctrinamiento, adiestramiento, civilización, capacitación, habilitación, cortesía, corrección, modales y modos, delicadeza y urbanidad, siendo su opuesto la incultura, la ignorancia y la descortesía.

Para tener EDUCACION, poseerla y derivar a la generación venidera debe tener un guía, un orientador, alguien que entrega luz en las tinieblas, dedica su tiempo y desgasta su vida por vocación y alma nunca reconocido por gobiernos, ni patrones, es allí donde quería fijar el tema de referencia, me pregunto, ¿por qué?, ¿cuál la razón?, ¿cuál el motivo?, realmente viendo en el contexto político de la Educación no la encontramos entre las figuras proselitistas por excelencia, es demanda común que se pierde en el paisaje de las promesas a lograr, es inevitablemente sustituida por supuestas otras prioridades que dejan a la misma en el montón de fenómenos desechables y en la eterna exclusión.

No veo en un cercano tiempo, en pleno siglo XXI, la conquista de postergados sueños de los docentes, maestros, investigadores, que a diario carga su desencanto a cuesta, pesado el fardo, lamentable la estampa de quien su vida es orientar, es alumbrar cerebros, que causal lleva a gobernantes y patrones olvidar al elemento principal del hecho milagroso de enseñar y aprender, no veo en el horizonte maestros felices mucho menos satisfechos, con la situación de penuria de una existencia plagada de miseria y necesidades, y el continua en la dura porfía de enseñar y silenciosamente llevar su desgracia como un algo natural en la profesión elegida ante la indiferencia, desidia, desinterés, de quienes deberían ser los primeros en otorgar los medios y las herramientas para que los maestros tengan una existencia digna y autoestima que le devuelva su cuota de honorabilidad en el ejercicio de sus funciones.

Es verdad que a lo largo del tiempo se tuvo reconocimiento que marcan exclusivamente su vanidad personal, diplomas y títulos honoríficos que de nada podrían servirle a su sacrificada existencia, porque las anoréxicas remuneraciones no cubren sus necesidades básicas, y en ese ritmo descompasado en su diario vivir las ilusiones ya no tienen vigencia, cuando llega el fin de la jornada se encuentra que le resta nada más que esperar la muerte en un ambiente de tristeza y carencias que lo dejan marginados, pero eso sí, con aplausos que tienen eco y se pierden en el vacío de logros y conquistas postergadas por siempre.

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