Pakistán, la piedra en el estanque

Guadi Calvo

Foto: it.sputniknews.com

Históricamente y geográficamente Pakistán parece signado a que ninguna pieza, por pequeña que sea, movida por Islamabad, deja de afectar el equilibrio regional, sin embargo, con el efecto de una piedra en el estanque sus hondas pueden alcanzar puntos mucho más distantes.

Ahora el gobierno pakistaní se desliza hacía una crisis de importantes y desconocidas consecuencias al confirmarse lo que era un secreto a voces: la presencia de unos 1500 efectivos de su ejército en Arabia Saudita, a los que pronto se les sumarán otros mil, por orden del Primer Ministro Shahid Khaqan Abbasi.

Este último lunes el ministro de defensa pakistaní, Khurram Dastgir, en una sesión informativa ante el senado se negó a dar detalles acerca del envio de más tropas y el tipo de asistencia que prestarán en el reino wahabita. En beneficio del protocolo de seguridad firmado en 1982 rige un protocolo de seguridad firmado por ambas naciones.

Dastgir dijo que Pakistán sigue siendo neutral, en el conflicto que Arabia Saudita mantiene en Yemen contra la insurgencia Houthis, como lo afirma la resolución unánime del parlamento aprobada en 2015 en la que se establece que: “Pakistán no será parte en ninguna guerra en Medio Oriente o cualquier estado árabe”. El ministro solo confirmó que las tropas enviadas tienen la misión de entrenar a militares saudíes, y que no se desplegarán fuera de las fronteras de reino, aunque se cree que los militares pakistaníes ya podrían estar en el sur del país próximos a la frontera yemení.

La cooperación militar entre Islamabad y Riad ha sido muy activa, a lo largo de su historia reciente, más si se tiene en cuenta el marco de la Guerra Fría y la proximidad política de estas dos naciones con Washington.

El fuerte vínculo entre sauditas y pakistaníes se ha puesto a prueba en varias oportunidades, ya durante la guerra soviética-afgana, (1978- 1992) Pakistán de hecho se convirtió en un portaaviones norteamericano para abastecer a los muyahidines afganos, con insumos y mercenarios financiados en gran parte por los sauditas, que ingresaban a Afganistán por la frontera pakistaní.

En 1998, cuando Paquistán sufría fuertes sanciones internacionales para impedir el desarrollo de su plan nuclear, Arabia Saudita proveyó de petróleo y otros insumos al país centro asiático, lo que le permitió la subsistencia de su programa. Los saudíes también dieron asilo político al ex primer ministro pakistaní, Muhammad Nawaz Sharif, tras el golpe militar de 1999 encabezado por el general Pervez Musharraf.

Por su parte, Islamabad colaboró, en los años sesenta, con la modernización de la Real Fuerza Aérea Saudita (RSAF) entrenado a sus pilotos. En 1969, durante el conflicto de al-Wadiah, entre Arabia Saudita y la entonces República Popular de Yemen del Sur, hombres de la fuerza aérea paquistaníes pilotearon naves sauditas. Tropas pakistaníes también asistieron a los combates por la recuperación del lugar más sagrado del Islam, la Gran Mezquita o Masjid al-Haram, en la ciudad de la Meca, después que la toma por parte de un grupo de insurgentes, que intentó derrocar la monarquía. Aquellos combates que se prolongaron desde el 26 de noviembre al 3 de diciembre de 1979, dejaron un saldo cercano a los 300 muertos y 500 heridos.

Durante la primera Guerra del Golfo Pérsico en 1991 un número cercano a los 20 mil militares pakistaníes, entre tropa y “asesores”, se desplegó a territorio saudita. Además, cerca de 10 mil militares sauditas han recibido entrenamiento en diferentes academias y escuelas del ejército pakistaní.

Desde el inició de la guerra en Yemen, con una comunidad chií aproximada del 42 %, el reino saudita ha presionado a Pakistán para que le proporcione tanto naves, como aviones y tropa, a lo que Islamabad se ha negado para evitar las consecuencias internas que se podrían producir dado que el 20 % de los casi 195 millones de pakistaníes son de confesión chií. Sumadas las consecuencia que podría traerle respecto a Irán, que de alguna manera sostiene a la insurgencia del frente Ansarullah, compuesto por chiíes y sunitas pobres.

El jefe del Estado Mayor del ejército pakistaní, el general Qamar Javed Bajwa, en una reciente visita oficial de tres días se reunió con el poderosísimo príncipe heredero Mohammed bin Salman y el comandante de las fuerzas terrestres, el teniente general príncipe Fahd bin Turki bin Abdulaziz, donde habría sido presionado para que Pakistán se involucre en el conflicto.

Aunque oficialmente Islamabad ha intentado mantenerse al margen de la guerra en Yemen, Riad ha presionado exigiendo el despliegue de tropas paquistaníes desde el comienzo del conflicto. Incluso el ex jefe del ejército pakistaní, el general retirado Raheel Sharif, se hizo cargo el año pasado de la comandancia de las fuerzas de la coalición creada por el reino en 2015. Más allá de la gigantesca diferencia en poder militar, y los daños causados a Yemen, con más de 30 mil muertos, millones de desplazados, el azote de epidemias como el cólera entre la población civil y toda la infraestructura productiva y sanitaria destruida, no han podido doblegarlos ni quitarles la iniciativa en la guerra.

Pakistán en su laberinto

Está obligada alianza con Arabia Saudita, complica gravemente a Pakistán en su relación con Irán, país que, más allá del peso específico histórico debido a su fuerza e influencia en la región, tras el acuerdo nuclear con el grupo 5+1 (China, EEUU, Francia, Reino Unido y Rusia más Alemania) y su victoria, junto a Rusia, en Siria, se ha convertido en un factor determinante en el Islam, tanto chií como sunita y en la pesadilla del enclave sionista en Palestina.

Irán lleva desde hace años excelentes relaciones con India, el enemigo jurado de Pakistán, quien esta misma semana acaba de asumir el control del puerto iraní de Chabahar, por donde los productos indios alcanzaran con más rapidez, durante el próximo año y medio, los mercados de Asía Central, Rusia, Afganistán y el Golfo Pérsico, en franca competencia con el puerto pakistaní de Gwadar, a 90 kilómetros de Chabahar. A las intensas relaciones comerciales indo-iraníes, hay que sumarle particularmente las energéticas. Teherán desde hace varios años viene incrementado la venta de petróleo a Nueva Delhi.

Además la vecindad de Irán con la provincia pakistaní de Baluchistán, donde un importante movimiento separatista lucha desde hace décadas por independizarse de Islamabad, podría incrementar su actividad de recibir apoyo iraní. Una media docena de organizaciones insurgente, entre ellas: el Ejército de Liberación de Baluchistán, el Frente de Liberación de la Gente de Baluchistán, Frente Unido de Liberación de Baluchistán, han protagonizado importantes ataques en la provincia llegando incluso a atacar objetivos en la capital del país. Más de una vez, tanto soviéticos como indios, han alentado a estos grupos, cuando tuvieron necesidad de golpear a Pakistán, por lo que el camino para Irán, llegado el caso, ya está allanado.

A este complejo mosaico de problemas para Pakistán, hay que sumar las recientes sanciones de Washington por no estar desarrollando planes acordes a la gravedad del accionar del Talibán y el Daesh, en su frontera con Afganistán.

Quizás ceder a las pretensiones sauditas respecto a Yemen, sea el camino que encontró Islamabad para acercarse a los Estados Unidos, y menguar así el desencuentro con la esta potencia, lo que sin duda podría lastimar la fuerte alianza comercial, que tiene con China.

Pakistán parece castigado por un designio divino a padecer su posición geográfica, atrapado entre potencias, montañas e intereses, campo de batalla histórico entre occidente y oriente, por lo que haga o deje de hacer pareciera ser siempre en contra de alguien, fundamentalmente en contra de sí mismo.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC


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