Níger, un círculo del infierno

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Guadi Calvo

Análisis Global

Disimulado en la catarata de noticias que provocó el magnicidio del general iraní Qassem Soleimani y sus consecuencias, pasó casi desapercibido el ataque contra la base militar del ejército nigerino de Chinagoder, en la localidad de Tillaberi, próximo a la frontera con Burkina Faso, el pasado jueves 8 de enero, que dejó 89 soldados muertos, en el que también, según fuentes oficiales, 77 terroristas habrían perdido la vida.

La acción fue reconocida por el grupo Daesh en el Gran Sahara (DGS), cada vez más activo en la zona donde comparten fronteras Malí, Burkina Faso y Níger. El grupo también fue responsables de los ataques en Indelimane (Malí) el viernes 1 de noviembre que dejó 54 muertos militares del ejército malí y en Inates (Níger) el 10 de diciembre donde murieron otros 74 efectivos nigerinos (Ver: Sahel: Terrorismo, una razón para subsistir). El 18 de noviembre de 2019, durante un enfrentamiento entre fuerzas conjuntas malíes y nigerianas con una khatiba del DGS, en la región de Gao, al este de Malí, murieron 24 efectivos del ejército malí y otros 29 resultaron heridos.

Menos de un mes después, el 25 de diciembre cerca de Sanam, a unos 200 kilómetros de Niamey, la capital de Níger, el DGS atacó una caravana de vehículos en los que se trasportaban funcionarios electorales que preparaban un censo poblacional con miras a las elecciones presidenciales de febrero de 2021. En el asalto, los muyahidines asesinaron a 14 hombres de la fuerzas de seguridad que escoltaban a los funcionarios gubernamentales. Los ataques parecen cumplir siempre la misma metodología: hordas de motocicletas llegan a un campamento militar, casi siempre aislado, destruyen las comunicaciones, al tiempo que bombardean con abundante cargas de mortero. Una vez tomado el sitio matan a los soldados, capturan armamento, elementos de comunicación, vehículos y huyen antes de que cualquier respuesta pueda ser articulada.

La inteligencia ha captado que en la mayoría de los ataques por cada combatiente entrenado y radicalizado por la organización, que no son más de trecientos, se emplean entre dos y tres “combatientes ocasionales”, contratados para una determinada operación, reclutados entre criminales comunes, traficantes y cazadores furtivos, con un prefecto conocimiento del territorio. El DGS también cuenta con la colaboración de sus “hermanos” del Daesh en África Occidental (DWAP) y en más de una vez con los nigerianos de Boko Haram. Todas estas acciones se desarrollan, en la misma área donde en octubre de 2017, en una emboscada cercana a la aldea de Tongo-Tongo, murieron cuatro Green Berets (Boinas Verdes) norteamericanos y otros tantos miembros del ejército nigerino, además de haber resultado heridos otros dos norteamericanos y trece nigerinos, que componían en conjunto una patrulla de cerca de cincuenta hombres, lo que provocó estupor en la ciudadanía norteamericana ignorante de que efectivos de su país estaban involucrados en la lucha antiterrorista en ese rincón africano.

El hecho que en menos de dos meses los fundamentalistas hayan provocado 177 muertos al ejército nigerino provocó que el presidente Issoufou Mahamadou decida desplazar al Jefe del Estado Mayor, el Teniente General Ahmed Mohamed, quien será sustituido por el general de división Salifou Modi. También fue dado de baja un grupo de oficiales del alto mando como el Secretario General del Ministerio de Defensa Nacional , el secretario general del Ministerio de Defensa Nacional, y el inspector general del Ejército.

El último ataque es el más mortal en el ejército de Níger desde que la violencia extremista islamista comenzó a extenderse desde la vecina Mali en 2015, donde también opera el poderoso grupo Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin conocido también por las siglas JNIM o GISM (Frente de Apoyo para el Islam y los Musulmanes) tributario de al-Qaeda.

El ataque de diciembre estimuló a los líderes de las naciones del G5 Sahel a pedir una cooperación más estrecha y apoyo internacional en la batalla contra la amenaza islamista.

La violencia integrista se comenzó a extender a amplios sectores del Sahel, particularmente hacia Burkina Faso y Níger, desde el norte de Mali, tras el estallido armado de 2012, primero de los tuareg que reclamaban sus territorios (Azawad) y enseguida de grupos vinculados a al-Qaeda para el Magreb Islámico, (AQMI) lo que ya ha provocado miles de civiles muertos, un importante incremento de la violencia entre diferentes etnias. Más de un millón personas han abandonado sus hogares particularmente en el norte de Burkina Faso, donde cientos de escuelas han debido cerrar por las amenazas a sus maestros por parte de las bandas wahabitas, que pululan en toda la región cruzando las fronteras nacionales sin ningún inconveniente. Cerca de 12 millones están requiriendo asistencia humanitaria.

Estos grupos insurgentes han aumentado de manera exponencial sus acciones en toda la región, más allá de la presencia de los ejércitos del Chad, Burkina Faso, Malí, Mauritania y Níger, aunque con poca capacidad de fuego, entrenamiento y planes tácticos, sin servicios de inteligencia que pueda anticipar las operaciones terroristas, pero respaldados fuertemente por los 4500 efectivos franceses de la Operación Barkhane, y los cerca de 13mil hombres de la MINUSMA (Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí), demostrado su cada vez más efectiva capacidad táctica y de combate, con acciones cada vez más sofisticadas y arriesgadas. Para 2018 estuvieron bajo el hostigamiento y repetidas acciones de la Barkhane, en acción conjunta con el ejército y los grupos de autodefensa Dan Na Ambassago (Los cazadores que confían en Dios) de la etnia dogon, el grupo peul identificado como MSA, y los tuareg de la Gatia (Tuareg Imghad), pero el líder del grupo, Adnane Abou Walid al-Sahraoui, ex miembro del Frente Polisario y del AQMI, pudo escapar del cerco que le tendieron. Todo esto ha incentivando los conflictos entre las diferentes etnias, con rivalidades milenarias, tras lo que se generaron fuertes enfrentamientos que han dejado un significativo números de muertos y han distraído el control de los terroristas.

Un cambio de prevalencias

Si bien terrorismo fundamentalista en África tiene una larga historia (se remonta quizá a la creación de los Hermanos Musulmanes en 1928) ha tenido un punto de inflexión a partir del asesinato del Coronel Mohamed Gadaffi en 2010, y el surgimiento de la guerra civil libia, ya que las naciones tanto del Magreb y el Sahel no estaban capacitadas para reprimirlos o bien, como en el caso de Egipto, lo consideraron apenas como un hecho puntual y de corto alcance, a pesar de que grupos como al-Gama’a al-Islamiyya (grupo islámico), eran responsables de los ataques en Luxor en 1997 que dejaron sesenta turistas muertos y estuvieron vinculados también al asesinato del presidente egipcio Anwar el-Sadat en 1981, y de que combatientes veteranos de la guerra antisoviética en Afganistán actuaban en la guerra civil argelina (1991–2002).

Fue predominantemente al-Qaeda el que supo captar la fidelidad de esos grupos que brotaban, se afianzaban y se radicalizaron al calor de la Primavera Árabe, que pareció incendiar todo el islam. A partir de la aparición del Daesh y su inteligente trabajo publicitario en las redes y sus acciones cada vez más violentas, los jóvenes militantes arrastraran a sus jefes de las organizaciones takfiristas a abandonar a al-Qaeda y hacer su bayat (juramento de lealtad) a la organización fundada por Abu Bakr al-Baghdadi en Irak en 2014 conocida como Daesh o Estado Islámico.

En estos últimos años el grupo fundado por Osama bin Laden consiguió que una serie de khatibas (brigadas) que operaban en el Sahel de manera independiente se articularán en 2017 bajo la organización que se conoce como Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin, considerada como la organización más peligrosa que operaba en la región, aunque la ofensiva que ha desarrollado Daesh para el Gran Sahara de estos últimos años, ha conseguido convertirse en la más letal.

El pasado lunes 13, el presidente francés Emmanuel Macron, reunido con sus pares de Burkina Faso, Chad, Mali, Mauritania, Níger, en la cumbre del Grupo Sahel 5 (GS5) en la ciudad francesa de Pau en los Pirineos Atlánticos, suroeste de Francia, coincidieron en reconocer el fracaso de las estrategia de seguridad en la región tras siete años de esfuerzos comunes junto al incremento del sentimiento antifrancés.

Macron definió al Daesh en el Gran Sahara como el grupo terrorista más importante en la región por lo que derrotarlo es prioritario para la seguridad regional y los intereses franceses. Tras la cumbre, se acordó reforzar la coordinación militar, precisar el ámbito de la operación y solicitar la colaboración de otras naciones europeas, para seguir expandiendo ese nuevo círculo del infierno.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC


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