Nicaragua: Otra revolución traicionada

Roberto Montoya

Nicaragua: El laberinto sandinista. Dossier

La lucha entre dos dinámicas políticas y sociales opuestas
determina la realidad actual de Nicaragua. Una, se dirige hacia la
reconstrucción de un Estado burgués, la otra hacia la formación de
un Gobierno Obrero y Campesino
”.

Miguel ’Moro’ Romero (¡Viva Nicaragua libre!, 1979)

Parte I

En el capítulo “Doble poder en Nicaragua”de su libro ¡Viva Nicaragua libre! editado por la L.C.R. en 1979, Miguel Romero, editor fundador de Viento Sur y dirigente de la L.C.R. fallecido en 2014, analizaba las dinámicas enfrentadas que se presentaban en el país centroamericano.

Entre los que querían reconstruir el Estado burgués rápidamente antes de que se profundizara la revolución y se convirtiera en otra Cuba estaba, claro está, el propio imperialismo estadounidense y la gran empresa nicaragüense, esa burguesía que se había ido distanciando cada vez más del dictador Anastasio Somoza a partir de 1977, ya en sus horas bajas y con la oposición en alza, y que intentaba a través de sus representantes en el Gobierno de Reconstrucción Nacional (GRN) -en el que coexistían con el FSLN- reconducir el triunfo sandinista.

Enfrentados a esa opción burguesa Miguel veía al pueblo, “organizándose, fortaleciendo su unidad, manteniendo su movilización”, reconociendo la indudable dirección del FSLN.

Pero a diferencia de tantos que en aquel momento veían un camino de rosas para la flamante revolución sandinista y como efecto dominó para las revoluciones de las vecinas Guatemala o El Salvador, Miguel Romero advertía sobre la deriva que podría adquirir esa dualidad de poder: “Respecto a ella, no se trata de tener confianzas ciegas en nadie, ni en dar por ganadas batallas que apenas han comenzado y cuyo desarrollo concreto es imposible de prever: cómo y cuándo aparecerán los conflictos abiertos con el imperialismo, se agravarán las contradicciones del GRN; aparecerá claramente ante la conciencia de las masas la necesidad de la ruptura política con la burguesía; qué cambios, reagrupamientos de fuerzas se producirán dentro del propio FSLN a lo largo de este proceso; cómo la revolución nicaragüense influirá y será influida por el polvorín centroamericano que ella misma ha contribuido decisivamente a crear”.

“No hemos ido a Nicaragua como profesores sino como alumnos”, escribía nuestro compañero en la introducción a su libro, publicado tras su visita al país, en el que recogió entrevistas y documentos claves del FSLN.

“Hemos ido a aprender, a tratar de enriquecer nuestra política, a ponerla a prueba (…) Por eso debemos continuar con los ojos abiertos hacia la revolución nicaragüense, luchando por ella, exponiendo abiertamente lo que pensamos, nuestros aplausos y nuestras críticas, pero encerrando bajo siete llaves sectarismos y esquematismos”.

Releyendo estos y otros pasajes de su libro 39 años después se ve cómo algunas de las claves de la actual crisis en Nicaragua estaban ya visibles en 1979.

Treinta y nueve años después el FSLN, aunque burocratizado, dividido, debilitado, está de nuevo en el poder, pero el escenario ha cambiado drásticamente.

Los valores que defendió el FSLN al movilizar masivamente al pueblo de forma ejemplar para acabar con la dictadura de Somoza en 1979 y que mantuvo hasta su derrota electoral en 1990, han desaparecido.

El FSLN ha dejado hace mucho de ser la referencia de las masas para profundizar el proceso revolucionario y hacer de Nicaragua aquel estado campesino y obrero por el que tantos miles de luchadores y luchadoras dieron la vida.

Pero tampoco hay una alternativa de izquierda creíble al actual régimen, cada vez más autoritario, controlado férreamente por la mesiánica pareja de Daniel Ortega y Rosario Murillo. La derecha nacional e internacional intentan por todos los medios montarse en la ola de legítimas protestas e ira popular para capitalizarla políticamente y acabar definitivamente con los restos del sandinismo.

Jimmy Carter, falsas expectativas

En las postrimerías de la tiranía de Somoza la Casa Blanca estaba ocupada por Jimmy Carter, ese presidente que en plena Guerra Fría, mientras impulsaba a Sadam Husein a desatar una guerra contra la triunfante revolución islámica del ayatolá Jomeini en Irán, y lanzaba una gigantesca operación encubierta para reclutar y armar a miles de mujaidin para combatir en Afganistán a las tropas soviéticas, en América Latina mostraba su cara amable y daba un tirón de orejas a los dictadores que no respetaran los derechos humanos, llegando a cortar las exportaciones de armas a varios regímenes militares.

El FSLN vio en ello una oportunidad. En aquella época, con dictaduras militares auspiciadas y armadas por Estados Unidos en casi toda América Latina y el Caribe, parecía impensable que pudiera volver a triunfar una revolución armada como en Cuba en 1959, veinte años antes. Pero en Nicaragua se logró.

Carter sabía desde hacía tiempo que Somoza era insalvable. Tras décadas apoyando económica, política y militarmente a la dinastía de los Somoza que tantos servicios le prestó, EE UU se resignaba finalmente a abandonar a su suerte al último de la saga, a Anastasio Somoza, tras comprobar que cada vez eran más los sectores de la burguesía nicaragüense y de la Iglesia católica que querían acabar con la tiranía.

La crisis económica y la propia avaricia de Somoza y su ceguera política le llevó a arrebatar cada vez más parcelas de poder económico a sectores de la oligarquía terrateniente y con ello se ganó nuevos enemigos. Washington intentó en vano una salida negociada para Somoza pero el FSLN, que logró la fusión de sus tres corrientes internas y generó una movilización popular generalizada, hizo trizas esos planes y precipitó su derrumbe.

La dirección sandinista, compuesta por nueve miembros, tres por cada tendencia, había conseguido lo que parecía imposible. Toda América Latina y el Caribe festejó aquel triunfo.

Carter decidió adaptarse a la nueva situación; apostó por apoyar a la burguesía local y confiar en la influencia que esta pudiera tener en el Gobierno de Reconstrucción Nacional, convencido de que podrían ir reduciendo el peso del FSLN en él y descafeinando la revolución. EE UU ni rompió las relaciones diplomáticas con Nicaragua ni cortó préstamos ni ayudas significativas al país todavía en la primera etapa de la revolución.

El FSLN aceptó las reglas de juego, convencido a su vez de que ganaría en el pulso a la burguesía dentro del GRN y que no tendría obstáculo para lanzar reformas radicales en Nicaragua.

Lo imposible parecía repentinamente posible; con la no injerencia directa del imperialismo por primera vez; con la luz verde de la OEA, de la burguesía y la Iglesia, con potentes movimientos guerrilleros en El Salvador, Guatemala, Colombia, el nuevo gobierno no empezaba con tan mal pie, según algunos sectores del sandinismo. Otros temían perder el control de la situación.

Miguel Romero lo veía así: “Frente a la Cuba de los años 59-60, la política del imperialismo fue fundamentalmente ofensiva, hasta llegar a la invasión militar. Frente a Nicaragua, trata de emplear las enseñanzas que sacó de la revolución cubana, con la ayuda de los Carazo y los López Portillo, los Soares y los Felipe González, que repiten a coro: Nicaragua no será una nueva Cuba, porque los USA no cometerán el mismo error (a lo que añaden, ya en tono más bajo: Para eso estamos nosotros, para ayudarles a que no lo cometan).

Para no cometer el mismo error el imperialismo trata de dividir y frenar al movimiento de masas y a su dirección; ganarse a un sector de la dirección sandinista (tarea encomendada particularmente a la II Internacional) y lograr que sea el GRN quien realmente gobierne el país, para emprender tan rápidamente como sea posible la reconstrucción del Estado burgués, la contrarrevolución democrática”.

El 24 de agosto de 1979, a poco más de un mes del derrocamiento de Somoza, el entonces representante para Europa del FSLN, Guerrero Mayorga, dirigía una carta al director de El País en la que reprochaba un documento de la Internacional Socialista en el que tras describir las características de las tres corrientes internas de esa organización la IS decía: “La ayuda directa de partido a partido debe constituirse con el Frente Sandinista y, más concretamente, con los terceristas de Daniel Ortega. Debe ofrecerse sin condiciones, pero bajo la promesa de que se celebren elecciones sin demora”.

La Internacional Socialista estaba en ese momento en inmejorables condiciones para influir en la nueva etapa que se abría en Nicaragua.

El comité de apoyo al proceso nicaragüense que creó la Internacional Socialista en 1980 estaba liderado por Felipe González -elegido un año antes secretario general del PSOE- y se enmarcaba en la gran ofensiva que había iniciado la IS en toda América Latina a partir de su 14º Congreso en Vancouver de 1978, en el que participaron 29 partidos y organizaciones latinoamericanas.

En un giro a la pasividad que venía manteniendo desde el inicio de la Guerra Fría, la IS adoptó una postura crítica a EE UU y a los dictadores militares aliados, presentándose como una alternativa al imperialismo y al comunismo, como la tercera vía.

En sus conversaciones con Willy Brandt y Olof Palme, Bruno Kreisky sintetizaba así la postura a adoptar frente a los procesos de liberación en África y América Latina: “Hasta ahora han sufrido las consecuencias de la polarización de fuerzas, que en los países del Tercer Mundo se plantea en forma mucho más aguda. A un lado están los norteamericanos y al otro los comunistas. Si nosotros, los socialdemócratas europeos, les ofrecemos nuestra cooperación, estoy convencido de que no dejarán pasar la oportunidad”.

La IS explícitamente justificó el derecho de los movimientos armados de oposición a las dictaduras que proliferaban en los años ’70 en la región en el derecho de autodefensa de los pueblos, lo que provocó una gran tensión con Washington (José María Bulnes A., 1979).

La ofensiva política socialdemócrata se daba también en el plano económico; el capital alemán y sueco invertía cada vez más en países del patio trasero de EEUU, y el español irrumpiría con fuerza también poco después, tras el triunfo del PSOE en 1982 que llevó al poder a Felipe González en España.

Numerosos partidos nacionales latinoamericanos se fueron acercando a la IS, en calidad de miembros de pleno derecho, a título consultivo o con vínculos informales.

El FSLN terminaría integrándose también en la IS, donde permanece hasta el día de hoy. La IS ejerció gran influencia sobre los terceristas de Ortega -la corriente mayoritaria y la más ambigua ideológicamente de las tres- para que garantizaran una economía de libre mercado, para que coexistieran en el poder con la burguesía antisomocista y para que no cortaran lazos ni con el FMI ni con el BID ni el BM. Y así lo hicieron.

Los socialdemócratas hacen propuestas reformistas progresistas cuando están en la oposición, decía en Le Monde Diplomatique Petras, pero una vez en el poder terminan defraudando a los pueblos (James F. Petras, 1980).

El profesor de Sociología de la Universidad de Nueva York ponía como ejemplos de ello al PRI mexicano, el APRA de Perú, el PLN de Costa Rica, el PRD panameño, o el AD de Venezuela, el partido de Carlos Andrés Pérez, el hombre que con su plan de ajuste de 1989 provocaría el caracazo, estallido popular callejero que se saldó con cientos de muertos.

El sarampión de la Internacional Socialista para América Latina, esa política pseudo progresista de la segunda mitad de los ’70 y parte de los ’80 iría cambiando con el tiempo y ya en los ’90 se reacomodaría y aprovecharía para hacer pingües negocios la llegada de una oleada de gobiernos neoliberales, privatizadores a ultranza, los de Menem, Fujimori, Salinas de Gortari y otros.

En esa época también algunos gobiernos europeos miembros de la IS se enfrentaban a EE UU en aquella región, pero lo hacían como aves de rapiña tratando de no perderse parte de ese gran botín que suponía la privatización generalizada de empresas públicas por parte de los gobiernos neoliberales latinoamericanos. Es la época en la que España particularmente empieza a hacerse con el control de buena parte de los servicios públicos en el subcontinente americano.

Frente al escenario que se presentaba en los primeros meses de la revolución nuestro compañero Miguel Romero sostenía: “La reconstrucción de Nicaragua no puede concebirse como una etapa política en la que existe, ni siquiera parcial o temporalmente, una coincidencia de intereses entre el pueblo nicaragüense, la burguesía antisomocista y el imperialismo. En realidad, esta etapa se caracteriza por una batalla política a muerte, en la cual el imperialismo y la burguesía están tratando, aunque todavía con mucha prudencia, de preparar la contrarrevolución, y ante la cual una política revolucionaria tiene que estar orientada a preparar a los trabajadores y campesinos de Nicaragua para el inevitable enfrentamiento de clases”.

Y concluía ese apartado: “La dirección sandinista debe ser juzgada respecto a él, hay que establecer si su política práctica -no sus discursos o entrevistas, en los que resulta muy fácil encontrar frases con contenidos contradictorios-, está sirviendo para alcanzar ese objetivo o para alejarse de él”.

La Dirección Nacional del FSLN, cuya tendencia principal era la encabezada por Daniel Ortega, la tercerista, decidió cogobernar en el GRN con destacados representantes de la gran burguesía nicaragüense. Fue así que en el GRN se integraron Violeta Chamorro y personajes como Alfonso Robelo y Arturo Cruz. Tiempo después Robelo y Cruz serían algunas de las cabezas más visibles de la contrarrevolución.

Y con Reagan llegó la segunda guerra fría

El triunfo de la revolución en Nicaragua tuvo lugar el 19 de julio de 1979. El 4 de noviembre de 1980 el republicano Ronald Reagan ganaba las elecciones presidenciales y el 20 de enero de 1981 asumía su cargo.

A pesar que durante su campaña electoral ya había denunciado a los marxistas leninistas que querían incendiar Centroamérica, durante su discurso de inauguración de mandato no dio pistas todavía sobre sus planes.

Sus preocupaciones principales en política exterior parecían centradas fundamentalmente en Irán, Afganistán, en la Europa dividida por el Muro de Berlín. EE UU se lamía todavía sus heridas de Vietnam.

Dos meses después de llegar al poder el ex actor y ex gobernador de California resultaba gravemente herido en un atentado, aparentemente sin contenido político. Pero en diciembre de ese 1980 ya empezó a elogiar cada vez más explícitamente a los luchadores por la libertad, a la Contra, a los somocistas y mercenarios que desde sus bases en la vecina Honduras entraban y salían a Nicaragua para cometer acciones de sabotaje a la infraestructura nicaragüense y hostigar a las tropas sandinistas.

La guerra encubierta había empezado. Medio millar de ex oficiales somocistas recibían en Honduras entrenamiento de militares a las órdenes del coronel argentino Oswaldo Rivero, del coronel hondureño Torres Arias y de oficiales de la CIA.

En junio de 1982, durante un discurso ante la Cámara de los Comunes en Reino Unido Reagan declaraba formalmente la guerra contra el comunismo en todo el mundo y en marzo de 1983 llamaba a la URSS por primera vez como el imperio del mal.

Había comenzado la que se llamó Segunda Guerra Fría. En 1983 Reagan lanzó La Guerra de las Galaxias, el amplio programa de defensa de misiles antimisiles llamado Iniciativa de Defensa Estratégica, de los cuales se desplegaron las primeras baterías en Reino Unido ese mismo año.

Nicaragua fue rápidamente víctima del cambio de Administración en EE UU. La Contra recibió entrenamiento militar, suministros y santuario en bases militares de Honduras fronterizas con Nicaragua y controladas por tropas estadounidenses.

Ese mismo año el Congreso votó oficialmente la primera partida de ayuda económica y militar para los mercenarios derechistas. La guerra sucia inicial se convirtió en guerra de baja intensidad, su presupuesto aumentó año a año y sus efectos empezaron a repercutir cada vez más económica, social y militarmente en Nicaragua.

Mientras el Gobierno impulsaba un amplísimo programa de alfabetización de la población, conseguía grandes mejoras en sanidad y en servicios sociales, nacionalizaba empresas estratégicas y confiscaba tierras de los terrateniente, la contra destruía cada vez más puentes, redes eléctricas, carreteras, maquinaria agrícola, incendiaba tierras cultivadas y aldeas, aterrorizando a la población.

El FSLN, que controlaba al Ejército y las milicias populares, debió dedicar cada vez más recursos humanos y materiales para hacer frente a ese brazo del imperialismo que golpeaba y desangraba Nicaragua, un país que entonces contaba con tan solo 2,6 millones de habitantes.

El presupuesto de Defensa se disparó cada vez más hasta superar el 50% de los presupuestos generales, obligando a ralentizar las grandes reformas en marcha en el país. El Gobierno comenzó a reclutar más y más jóvenes, el Ejército se profesionalizó totalmente, se implantó el Servicio Militar Patriótico, obligatorio, que provocó gran preocupación en la población.

EE UU cortó los préstamos e impuso un embargo a Nicaragua, el hostigamiento del proceso revolucionario se hizo cada vez más fuerte, la producción agropecuaria vital para el país, disminuyó por los ataques de la contra a cooperativas y haciendas del Estado; los asesinatos de campesinos de zonas aisladas; el minado a las zonas cafetaleras y el minado de los puertos por parte de Estados Unidos.

La ayuda de los países de Europa del este disminuyó, la inflación alcanzó los cuatro dígitos.

En la población comenzó a calar cada vez más el mensaje de la oposición: la guerra nunca acabaría si seguían en el poder los sandinistas.

El FSLN intentaba ganar tiempo, frenar la gran ofensiva lanzada contra la revolución y en un intento por aflojar la presión y contentar a sectores de la burguesía se desandaron muchos caminos: la gestión de la economía se fue delegando a los sectores socialdemócratas del Gobierno, que pronto comenzaron a liberalizar la economía y a desnacionalizar el comercio exterior; a eliminar subsidios, desapareció la cartilla de racionamiento que garantizaba unos suministros básicos; se dejó en la calle a miles de trabajadores del Estado. A pesar de las críticas surgidas en el seno del FSLN la Dirección Nacional decidió aplicar un plan de ajuste estructural que terminó castigando especialmente a los sectores más desfavorecidos, evitando sin embargo afectar a los más adinerados para no radicalizar a la oposición de derecha. No era un plan del FMI pero se le parecía mucho.

Las recetas neoliberales se imponían. Para favorecer el ingreso de divisas era necesario incentivar y aumentar la producción y exportación agropecuaria y para ello los trabajadores rurales tenían que ajustarse el cinturón y sobrevivir con salarios muy bajos.

Ninguna de estas medidas que iban descafeinando progresivamente logros de la revolución y que a su vez provocaban un gran malestar social, permitían frenar la caída de la economía; las treguas firmadas con la contra saltaban por los aires.

El imperialismo y la oligarquía nicaragüense iban a por todas, buscaban la caída del gobierno y la restauración del viejo orden.

En una decisión que asombró a muchos analistas internacionales, la Dirección Nacional del FSLN decidió convocar elecciones para 1990, un hecho inédito en un proceso revolucionario que había llegado al poder solo once años antes por la fuerza de las armas y que era víctima de una cruenta guerra sucia. Fue un hecho ejemplar, reconocido incluso por muchos enemigos de la revolución.

Pero la dirección sandinista calibró mal el clima que se respiraba en la población nicaragüense, y fue la primera sorprendida por la dura derrota que sufrió en las elecciones del 25 de febrero de 1990.

La UNO (Unión Nacional Opositora), la variopinta coalición de catorce partidos de derecha e izquierda encabezada por Violeta Chamorro y financiada por Estados Unidos obtuvo el 54,74% de los votos frente al 40,82% del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) liderado por Daniel Ortega.

La derecha y centroderecha estaba representada por la Acción Nacional Conservadora, el Partido Conservador Nacional, el Partido Liberal Constitucionalista, el Partido Liberal Independiente, el Partido Popular Social Cristiano, el Partido Democrático de Confianza Nacional y el Partido Integracionista de América Central y el Partido Neoliberal.

Pero la coalición que dio por tierra con la revolución sandinista no estaba compuesta solo por la derecha. Parte de la izquierda y centroizquierda se sumó desde el primer momento al plan diseñado por la Administración Reagan, a través del Partido Social Demócrata, el Partido Socialista Nicaragüense y el Partido Comunista de Nicaragua.

Tras su derrota de 1990 el FSLN sufriría nuevas derrotas en las presidenciales de 1996 y 2001 y aunque en 2007 su líder máximo, Daniel Ortega, volvería al poder, ni él ni el Frente Sandinista volverían ya a ser lo mismo.

Parte II

Tiempo de derrumbamiento y perplejidad; tiempo de grandes dudas y certezas
chiquitas. Pero quizá no sea tan chiquita esta certeza: cuando nacen desde
adentro, cuando crecen desde abajo, los grandes procesos de cambio no
terminan en su lado jodido. Nicaragua, pongamos por caso, que viene de una
década de asombrosa grandeza, ¿podrá olvidar lo que aprendió en materia de
dignidad y justicia y democracia? ¿Termina el sandinismo en algunos dirigentes
que no han sabido estar a la altura de su propia gesta, y se han quedado con
autos y casas y otros bienes públicos? Seguramente el sandinismo es bastante
más que esos sandinistas que habían sido capaces de perder la vida en la guerra
y en la paz no han sido capaces de perder las cosas
”.

Eduardo Galeano, 31 /03/1992

La causa fundamental de la derrota electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de 1990 fue sin lugar a dudas la crítica situación económica, social y de seguridad en la que se vio sumergida Nicaragua a causa de los diez años de guerra que libraron contra la revolución sandinista miles de ex militares de Somoza y mercenarios financiados por Estados Unidos.

A partir de 1987 la Administración Reagan, en el último tramo de su mandato, aumentó el presupuesto para la ayuda a la contra, que contaba con sus santuarios en la vecina Honduras, lo que supuso una multiplicación de los ataques armados en zonas rurales, con miles de víctimas y desplazamientos obligados de poblaciones enteras.

Muchos hombres y mujeres que se reivindicaban sandinistas lloraron al votar por la UNO (Unión Nacional Opositora) y no por el FSLN, pero estaban convencidos de que era la única forma de que cesara la guerra y que EE UU levantara su cruel embargo a Nicaragua. George Bush ’senior’, que llegó al poder en 1989, prometió ya durante su campaña electoral que si ganaba la UNO se levantaría automáticamente el embargo. La inflación en 1988 había llegado a casi el 1.400%.

La oposición de derecha aprendió de sus errores y se unió (como pasaría años después en Venezuela), contando igualmente con el apoyo de la beligerante jerarquía de la Iglesia católica y de distintas iglesias protestantes

La UNO aseguraba que con su triunfo volvería el voluminoso capital que había salido del país durante la última década y que los inversores estadounidenses regarían de dólares Nicaragua dando trabajo y buenos salarios a todos.

La nueva situación internacional favorecía a la derecha. En 1989 había caído el Muro de Berlín y comenzaban a tambalearse los regímenes socialistas burocráticos de Europa del este, mientras el Ejército Rojo se veía obligado a retirar de Afganistán a sus 100.000 soldados por la puerta de atrás tras fracasar en su intento de salvar al pro-soviético gobierno afgano, hostigado por los miles de yihadistas financiados y armados por los señores de la guerra, EE UU y sus aliados.

Nicaragua perdía así aliados internacionales claves, ayuda económica y militar.

La guerra y el contexto internacional incidieron decisivamente en la derrota electoral.

Sin embargo, en la derrota electoral influyó también el desánimo y la desilusión que iba creciendo en los últimos años en una parte significativa de la población nicaragüense a causa del curso que estaba tomando la revolución. Muchos vivían con preocupación los retrocesos en temas económicos, laborales y sociales para contentar a sectores de la burguesía. También crecía en las bases sandinistas el malestar por el proceso de burocratización y verticalismo que mostraba la Dirección Nacional del FSLN.

En un artículo que publicó en las páginas de viento sur en 2004 nuestro compañero Adolfo Fito Rodríguez, quien desde 1984 a 1992 militó en las filas del FSLN y trabajó en Managua en el Ministerio de la Presidencia, analizaba aquella involución: “A pesar de las excusas que se dieron, nada hacía imprescindible mantener durante diez años las decisiones principales en manos de una minoría de dirigentes y esto es lo que pasó en Nicaragua. El FSLN mantuvo hasta después de la derrota electoral de 1990 una organización vertical, en la que todas las decisiones importantes las tomaban los nueve comandantes de la Dirección Nacional”.

Fito Rodríguez recordaba en ese artículo, escrito cuando se cumplían veinticinco años de la revolución de 1979, que todos los debates que se producían en el seno de la Dirección Nacional entre los máximos líderes de las tres tendencias internas se desarrollaban “en secreto para la mayoría de los militantes y simpatizantes y para la población, que no tenían acceso a conocer siquiera cuáles eran esos debates”.

El FSLN siguió siendo una organización con estructura militar después de la revolución de 1979 y los miembros de la propia Asamblea Sandinista, una suerte de comité central, eran cooptados por la Dirección Nacional. Toda la estructura interna se elegía de arriba hacia abajo y no a la inversa, y esto se aplicaba también a los miembros de los CDS (Comités de Defensa Sandinista); a cargos sindicales y a todos los cuadros territoriales y de las distintas áreas.

Fito Rodríguez reivindicaba por un lado la actitud que tenían los ministros y altos cargos del Gobierno sandinista de mantener periódicamente encuentros con los trabajadores y la población, pero, al mismo tiempo decía: “la ausencia de cauces formales, democráticos, de expresión y decisión, permitía que el poder de los cuadros del FSLN fuera muy grande, que se dieran cotidianamente abusos y que se fuera desarrollando una casta burocrática en el partido, las organizaciones de masas y el Estado”.

Esos abusos y esos privilegios de los cuadros dirigentes, junto al retorno de la importación de productos de lujo y las tiendas en dólares, contrastaban cada vez más con la realidad de una población a la que se le pedían grandes sacrificios económicos y sociales. Esta situación provocó numerosas críticas de las bases sandinistas y malestar en la población.

La revolución mostraba su lado oscuro, las miserias de muchos dirigentes y cuadros medios.

Todo ello habría de agudizarse aún mucho más después de la derrota electoral de 1990. Eduardo Galeano, que apoyó activamente desde el primer momento la revolución sandinista, viajó numerosas veces a Nicaragua y escribió sobre ella en varios de sus libros, diría reflexionando sobre aquella derrota: “Al fin, los sandinistas perdieron las elecciones, por el cansancio de la guerra extenuante y devastadora. Y después, como suele ocurrir, algunos dirigentes pecaron contra la esperanza, pegando una voltereta asombrosa contra sus propios dichos y sus propias obras. Mucho habían cambiado los tiempos, en tan poco tiempo”.

La piñata, el sálvese quien pueda

En las filas del FSLN era generalizada la incredulidad ante los resultados electorales. Era una realidad difícil de asumir; algunos sectores internos dudaban de si debía aceptarse la derrota o rechazarla. Haberla rechazado hubiera supuesto previsiblemente una intervención militar directa y masiva de Estados Unidos en Nicaragua. Solo un año antes Estados Unidos había invadido Panamá, secuestrando a su presidente, el coronel Noriega, a quien se trasladó por la fuerza a Florida, donde fue encarcelado, juzgado y condenado por un tribunal federal.

Fito lo recordaba así hace catorce años: “La situación era de un desgarro inaguantable. Habíamos sido derrotados en las urnas, pero el poder real era revolucionario. El Ejército, la policía, las milicias, los batallones, las organizaciones de masas, los barrios, los sindicatos, las cooperativas, etcétera, todos estábamos armados y éramos cientos de miles”.

Internamente se terminó imponiendo la idea de respetar las reglas de juego que el propio FSLN había establecido; se trataba en definitiva de respetar la voluntad de la mayoría de la población, fueran las que fueran las causas que indujeron a muchos electores a votar por la UNO.

A pesar del poder real que el FSLN seguía teniendo, la mayoría de sus combatientes y militantes aceptaron prepararse para la nueva etapa que se iniciaba como principal fuerza opositora parlamentaria.

El Frente iniciaba un camino desconocido, por primera vez pasaba a ser una oposición parlamentaria.

Las bases sandinistas y el electorado del FSLN en general habrían de tener todavía otra gran desilusión: la piñata. Los nicaragüenses llamaron de esa forma al proceso de degeneración en el que se vieron inmersos varios de los principales comandantes de la Dirección Nacional y un gran número de cargos públicos y cuadros medios, que se apresuraron a apoderarse de propiedades, tierras, cafetales, automóviles y un sinfín de propiedades del Estado.

Este proceso se vio enmarcado dentro del más amplio y caótico proceso de traspaso de numerosos bienes del Estado, locales, imprentas, vehículos y un largo etcétera, a organizaciones de masas, fundaciones y ONG sandinistas. Todo se hacía en aras de evitar que cayeran en manos del enemigo lo que tanta sangre había costado. Se trataba de prepararse para resistir a los años venideros en la oposición.

Se sostenía en ese momento que no se podía permitir que la derecha pro imperialista recuperara bienes que habían sido confiscados por la revolución para beneficio del pueblo, y propiedades de un Estado sandinista por el que habían dado su vida tantos miles de nicaragüenses.

Pero ese discurso fue utilizado igualmente por comandantes y cuadros medios del FSLN, funcionarios del Estado, para encubrir su propio enriquecimiento personal.

Ese proceso de apropiación ilícita de bienes públicos y de privilegios que ya habían sido denunciados en los últimos años por las bases sandinistas llegó así a su nivel más extremo. Bajo esa excusa comandantes, ministros y otros cargos públicos se repartieron rápidamente no solo haciendas, tierras y mansiones confiscadas a terratenientes enriquecidos durante la dictadura de Somoza, sino que se apropiaron también de numerosas propiedades, explotaciones agrícolas, camaroneras, automóviles y otros vehículos de los ministerios, y hasta de barcos y helicópteros del Estado.

Todo parecía legitimado para poder resistir en la nueva etapa que se abría.

De esta manera la piñata sirvió para consolidar aún más a esa naciente burguesía sandinista que venía creciendo desde años antes, como la boliburguesía que se desarrollaría posteriormente bajo los gobiernos de Chávez y Maduro en Venezuela.

El sociólogo de izquierda y sandinista de la primera hora Oscar René Vargas -actualmente víctima de la caza de brujas desatada contra los críticos a Ortega- decía que aquellos que participaron de la piñata primero se apropiaron de casas “como medida de supervivencia cara al futuro”, después buscaron alguna segunda vivienda de las expropiadas años antes, siguieron con una tercera, y como reserva se quedaron con unos cientos de hectáreas de tierra y ganado.

El propio Daniel Ortega, el comandante Bayardo Arce o el hasta entonces respetadísimo comandante Tomás Borge participaron del saqueo junto con muchos otros. El caso de Borge fue especialmente triste, patético. Fundador y hombre clave del FSLN desde la primera hora, un hombre que sufrió la tortura, la cárcel, al igual que su mujer, que terminó siendo asesinada por la dictadura de Somoza como muchos de sus mejores amigos, pasó a convertirse gracias a la piñata en propietario de casas, fincas, de un poderoso capital, de una colección de coches y un largo etcétera.

José Luis Rocha recordaba en 2012 desde las páginas de viento sur cómo en 1992, solo dos años después de la derrota electoral, Tomás Borge creó la Fundación Civil La Verde Sonrisa y catorce años después, en 2009 “la rebautizó Fundación Cristiana La Verde Sonrisa”, que se definía como una organización “apartidista, apolítica, de interés social y perseguirá contribuir a la exégesis de la religión cristiana y su inserción histórica en América Latina, incorporando para este fin al pénsum académico general de enseñanzas bíblicas con el fin de analizar temas contemporáneos relacionados con la familia y la sociedad en general, desde una perspectiva cristiana”.

Las amistades peligrosas del FSLN

El Gobierno de Violeta Chamorro supo sacar beneficio político de la piñata prometiendo impunidad a los comandantes y otros cuadros sandinistas implicados a cambio de que mantuvieran una oposición parlamentaria suave.

César Ayala recordaba en un artículo de 1997 en viento sur que los sandinistas inicialmente llamaron a la población a “gobernar desde abajo” y que con sus sindicatos y organizaciones de masas lograron paralizar prácticamente el país montando tranques (barricadas) en Managua y otras ciudades en los primeros meses del Gobierno Chamorro.

“En ese momento”, escribía Ayala, “los sandinistas concluyeron un acuerdo con el Gobierno Chamorro: a cambio del abandono de los proyectos de extrema derecha y la aceptación de la reforma agraria, los sandinistas desmovilizaron a los trabajadores y dejaron a las élites económicas recuperar el control de Nicaragua”.

Y añadía Ayala: “Durante los tres años que siguieron, los sandinistas virtualmente cogobernaron con la UNO de Violeta Chamorro, gracias a una alianza en la Asamblea Nacional”.

En 1993 los diputados de la UNO y el sector enriquecido de los sandinistas sellaron de hecho un pacto parlamentario para enfrentar a los sectores más oligárquicos de Nicaragua. La UNO evidenciaba así sus divisiones internas pero esa alianza provocaba también fuertes choques en el seno del FSLN.

Sergio Ramírez, vicepresidente durante el Gobierno de Ortega, decidió abandonar el FSLN para formar con la ex comandante Dora Téllez y otros cuadros el MRS (Movimiento de Renovación Sandinista) criticando la alianza con Chamorro y el haber dado luz verde a los amplios planes de su primer ministro, Lacayo, para la reprivatización de más de 300 empresas y servicios públicos. Por su parte el FSLN oficial acusaba al MRS de socialdemócratas.

Ernesto Cardenal, el sacerdote e histórico poeta de la revolución -duramente criticado por el Vaticano y la jerarquía eclesiástica venezolana-, ministro de Cultura con Ortega y figura emblemática de la Teología de la Liberación en Centroamérica, abandonaba también el FSLN denunciado la “irreparable fractura moral” que se había producido en su seno.

La dirección sandinista, controlada por la mayoritaria corriente Izquierda Democrática de Ortega, vivía una suerte de esquizofrenia en aquellos años ’90: por un lado mostraba ante los trabajadores su cara aguerrida alentando su lucha contra las privatizaciones, y por el otro apoyaba en la Asamblea Nacional al gobierno que las aprobaba.

El FSLN sostenía que había que reforzar a Chamorro y Lacayo frente a los sectores más oligárquicos de la UNO que estaban apoyados abiertamente por Estados Unidos, pero ese extraño equilibrio inconcebible años antes desconcertaba a la ciudadanía y dividía a la militancia sandinista.

La inédita relación del sandinismo con la derecha hizo que Violeta Chamorro mantuviera durante los primeros años de su gobierno insólitamente al frente del Ejército Popular Sandinista (EPS) a Humberto Ortega, hermano de Daniel. Humberto Ortega mostró su apoyo al Ejecutivo de la UNO y dejó claro ante la prensa en 1991 que el EPS ya no era el brazo armado del sandinismo.

Lo ratificaría en 1993 cuando ordenó sofocar un levantamiento en la ciudad de Estelí de militares sandinistas críticos con esa postura.

En 1996 el FSLN volvió a presentarse a las elecciones generales, nuevamente con Daniel Ortega como su candidato presidencial, y sufrió su segunda derrota en las urnas, esta vez contra Arnoldo Alemán, el candidato de la derecha, hijo de un alto funcionario del dictador Somoza, apoyado por Estados Unidos, el Banco Mundial, el FMI y financiado por el líder anticastrista Jorge Mas Canosa.

A pesar de que el Gobierno de la UNO había supuesto un fuerte retroceso económico y social para la mayoría de la población, la derecha se presentaba nuevamente como la salvadora de los problemas nacionales, con el mismo mensaje alarmista que había hecho ante las elecciones de 1990: “Si triunfa Ortega volverá la guerra, el embargo, la miseria”.

Para enfrentar ese discurso Daniel Ortega optó por hacer un guiño de moderación aún más drástico y se presentó a las elecciones llevando como su segundo a Juan Manuel Caldera, miembro nada menos que del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), poderosa asociación de la patronal que había jugado un papel de enemigo frontal de la revolución sandinista desde que esta triunfó en 1979 hasta su derrota de 1990.

El nombramiento de semejante compañero de lista terminó de desconcertar a la militancia y a los electores sandinistas, y Ortega perdió las elecciones. Durante la campaña electoral Daniel Ortega también había propuesto públicamente al candidato de la derecha, a Alemán, sellar un acuerdo de no agresión, de no revanchismo, en un intento por asegurarse que de perder nuevamente podría coexistir con el ganador como había hecho con Violeta Chamorro.

Su estrategia funcionó, Alemán triunfó en las elecciones y Ortega, líder de la oposición, siguió manteniendo por un lado un discurso populista, cercano al pueblo, mientras que el FSLN en la Asamblea Nacional mostraba una posición ambigua y pasiva frente al desmantelamiento progresivo de todo lo público y la corrupción rampante que caracterizó al Gobierno de Arnoldo Alemán.

Otro de los nueve ex comandantes de la Dirección Nacional del FSLN que se distanció de los hermanos Ortega durante aquellos años ’90, Henry Ruiz -comandante Modesto-, y pasó a formar parte de otra fuerza sandinista crítica con el oficialismo, el Movimiento de Unidad Sandinista Carlos Fonseca, decía en una entrevista publicada en viento sur en el 2000: “El pacto no es solamente una traición a los militantes revolucionarios sino a otros sectores que al menos contaban con tener una fuerza que pudiera frenar el gobierno de Alemán”.

Henry Ruiz, que ya en 1994 se había presentado como candidato alternativo a Daniel Ortega en las elecciones internas del FSLN a secretario general, decía: “La militancia no logra entender por qué un Somoza puede andar con un sandinista de la mano, en el mismo negocio, mientras en este país no ha pasado la pobreza, la injusticia es mayor y las desigualdades políticas son mayores. Por eso la juventud no se incorpora al sandinismo”.

El comandante Modesto sostenía que el FSLN y el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de Arnoldo Alemán se diferenciaban cada vez menos y que había que acabar con ese bipartidismo.

El descrédito de Daniel Ortega se agudizó en 1998 cuando su hija política, Zoilamérica Narváez, lo acusó de haber abusado sexualmente de ella durante años. Ortega utilizó en ese momento su inmunidad parlamentaria para eludir su enjuiciamiento, consiguiendo el apoyo del partido del presidente Alemán para evitar su desafuero.

Como recordaba en julio pasado en su artículo Iosu Perales en la web de viento sur, “sólo después de pactar con Alemán para evitar el desafuero parlamentario, fue que Daniel Ortega se presentó en 2001 ante una juez sandinista, la cual no lo declaró culpable ni inocente del delito por el cual fue acusado, sino que cerró el caso porque supuestamente ya había prescrito legalmente”.

Ortega devolvería el favor a Alemán años más tarde, cuando fue este quien se encontró en aprietos frente a la justicia.

En 2001 Daniel Ortega lo volvía a intentar, se presentó como candidato presidencial frente al candidato de la derecha, Enrique Bolaños, y volvió a perder, aunque el FSLN mejoró algo su posición parlamentaria. Seguía sin aparecer una alternativa mejor a los candidatos de la burguesía apoyados por la gran patronal, el FMI, la jerarquía eclesiástica de la Iglesia católica y Estados Unidos.

A pesar de que el FSLN acusó en numerosas ocasiones a Bolaños de ser un títere de Washington, le aportó su apoyo parlamentario para sacar adelante muchas leyes reaccionarias y votó junto con la bancada oficial a favor del Tratado de Libre Comercio con EE UU.

Daniel Ortega persistía en su obsesión por volver a la presidencia de Nicaragua, y siguió dando pasos para que todos esos poderes fácticos lo vieran como un líder popular moderado y confiable.

Uno de sus gestos más llamativos fue su acercamiento a uno de los máximos enemigos de la revolución sandinista desde sus inicios, al cardenal Ovando y Bravo, que hasta pocos años antes lo llamaba serpiente, lo acusaba de fariseo y de ensuciar la palabra de Cristo por sus invocaciones cada vez más frecuentes a Dios y al catolicismo.

Los choques frecuentes entre Ovando y Bravo y el líder sandinista desaparecieron abruptamente y Ortega empezó a alabar las supuestas virtudes del violento cardenal, enemigo acérrimo de los sacerdotes de la Teología de la Liberación, que sí habían apoyado la revolución sandinista.

A fines de 2006 la bancada del FSLN votó a favor de prohibir el aborto terapéutico, una conquista de las mujeres que se había conseguido en 1837. Rosario Murillo se convirtió en la cabeza visible de una cruzada contra el aborto.

Iosu Perales recordaba en su artículo que citábamos antes lo brusco del cambio en la relación entre ellos. Ortega comenzó a acudir con su esposa a las misas en la catedral, “convenientemente televisadas, en una de las cuales pidió perdón por los excesos de la revolución”. “La cercanía entre ambos fue ilustrada cuando se vio al cardenal dando la comunión a Ortega y a su compañera Rosario, a quienes había casado en una ceremonia privada”.

Eduardo Galeano tampoco se pudo callar ante esa transformación de Daniel Ortega, y escribiría en la revista chilena de izquierda Punto Final en 2013: “En el año 1830 y pico Nicaragua fue uno de los primeros países que legalizó el aborto en los casos en que corriera peligro la salud de la mujer y la vida de la mujer. En ese momento gobernaba en Nicaragua el partido conservador, un partido de derecha, que fue el que promulgó la ley. Pasó un siglo y medio más o menos y un gobierno de izquierda, sandinista, anuló la ley… Bajo esos parámetros, que me aclaren qué es izquierda y qué es derecha, porque si izquierdista es el gobierno que ilegalizó el aborto que había sido legalizado por un gobierno de derecha entonces estamos todos locos. Habría que recuperar el sentido de las palabras, que es en definitiva la función primordial de un escritor, contribuir a limpiar el diccionario”.

Un ortega domesticado vuelve al poder 16 años después

Y en 2006 por fin el FSLN ganó las elecciones presidenciales y Daniel Ortega cumplió su sueño de volver al poder. A diferencia de lo sucedido ante triunfos de otras fuerzas del cambio en América Latina, ni Estados Unidos ni el FMI o el BM lanzaron contra Ortega una campaña mediática especialmente furibunda y alarmista. Sabían que Ortega y el FSLN eran controlables, que incluso después de la revolución de 1979 no habían denunciado siquiera la voluminosa e ilegítima deuda externa que dejó Somoza y que se siguieron pagando puntualmente las cuotas al FMI y otros buitres financieros. Tampoco denunciarían la deuda que dejaron tanto el Gobierno de Chamorro como el de Bolaños.

Eric Toussaint recordaba en un artículo en julio en este portal que fue muy distinta la actitud en Ecuador de Rafael Correa, que también ganó las elecciones ese mismo año, en 2006. Correa sí convocó una comisión para auditar la deuda externa de Ecuador para identificar la parte ilegítima de la misma, y en 2009 consiguió una victoria contra varios acreedores, además de expulsar del país al representante del Banco Mundial.

“Daniel Ortega adoptó una actitud totalmente diferente: Hizo todo lo posible para mantener las buenas relaciones con el FMI y afirmó que seguiría con las reformas que pidiera ese organismo”, decía Toussaint en su artículo “¿De dónde viene el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo?”

Toussaint recordaba que precisamente para poder cumplir con sus compromisos con los acreedores estadounidenses el FSLN hizo ajustes en partidas sociales que afectaron a los miles de trabajadores públicos que llevaban tiempo reclamando aumentos salariales y tenían expectativa de que lo lograrían tras la victoria sandinista.

Desde el primer momento de su retorno al poder Daniel Ortega mostró esas dos caras que ya había evidenciado en los años ’90. Por un lado estaba la cara del líder popular y carismático que se fundía con la gente de a pie, entregaba una vivienda social, mejoraba el plan de Atención Primaria de Salud, o garantizaba ayuda alimentaria para miles de personas en pobreza extrema, lo que sin duda representaba un cambio positivo con respecto a los gobiernos de Chamorro, Bolaños o Alemán, y es esa cara y su clientelismo la que le permitió seguir manteniendo apoyo popular. Buena parte de esa política popular se llevó a cabo gracias a la voluminosa ayuda recibida año tras año de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero el Ortega que volvió al poder en 2007, codo a codo con Rosario Murillo, su esposa, tenía también otra cara, que la población hubiera abominado en los años ’80, la cara del hombre que hacía grandes negocios con el Consejo Superior de la Empresa Privada y con el capital extranjero.

“Orteguismo no es igual a Sandinismo”, decía en estas mismas páginas de viento sur en julio pasado alguien nada sospechosa de trabajar para el imperialismo, Mónica Baltodano. Comandante guerrillera, viceministra de la Presidencia de 1982 a 1990 y diputada de la Asamblea Nacional por el FSLN, Baltodano, analizando la masificación de las protestas callejeras que se generalizaron a partir de abril pasado, sostenía: “La inmensa olla de presión fue acumulando molestias desde hace varios años. Desde que Ortega pactó con el derechista y corrupto Arnoldo Alemán, hizo un claro giro hacia posiciones neoliberales en la economía, conservadoras en cuanto a derechos de las mujeres, oscurantista en términos de creencias y supresión del principio de Estado laico, y dictatorial en términos de democracia”.

“El gobierno ha entregado el país a intereses extranjeros”, sostenía Baltodano en la entrevista publicada en esta web. “el caso más brutal es el de la Ley 840 (ley para la construcción por capitales chinos de un costosísimo canal interoceánico) con lo que el orteguismo entregó la soberanía del país a los intereses corporativos extranjeros. Pero también son onerosas otras concesiones, mineras, forestales, pesqueras. Todas las iniciativas para discutir sobre la conveniencia o no de estas concesiones han sido rechazadas. Ellos dirigen el país sin escuchar a nadia. Solo a sus socios”.

Miles de campesinos se han movilizado contra el despojo de sus tierras para poder construir el faraónico canal concedido por 100 años. Las organizaciones ecologistas y la propia Academia de Ciencias de Nicaragua han denunciado igualmente la gravedad del daño medioambiental que provocará al cortar literalmente al país de este a oeste, en una extensión de 278 kilómetros que atraviesa el lago Cicibolca, segunda reserva de agua dulce de América Latina.

Ni bien llegó al poder en 2007 Daniel Ortega pagó la deuda personal contraída con el ex presidente Arnoldo Alemán. Este había sido condenado en 2003 a 20 años de cárcel por uso indebido de fondos públicos, malversación, asociación ilícita para delinquir, delitos electorales y fraude, pero cumplía su condena en su vivienda familiar en Managua. En 2005, durante el Gobierno de Enrique Bolaños, se le mejoró aún más su situación judicial, se le amplió ese Régimen de Convivencia Familiar para que Alemán pudiera circular por todo el territorio nacional. La única limitación que se le impuso fue que no podía salir del país.

Ortega completó esa farsa de condena e hizo que la Corte Suprema de Justicia exonerara a Alemán de todos los cargos y que se le concediera la libertad definitiva.

Ortega también completó su reconciliación con el otrora archienemigo cardenal Ovando y Bravo, nombrándolo en su Gobierno como Coordinador del Consejo de Reconciliación.

¿La última partida?

Ese Ortega domesticado y con discursos de izquierda y de derecha dependiendo del día y lugar es el que ganó en 2007 las elecciones en su tercer intento; es él quien modificó la Constitución a su medida para poder ser reelegido presidente y quien once años después está recogiendo lo que ha sembrado durante todos estos años: la protesta, la indignación, la ira, la desilusión de buena parte del pueblo llano que se siente traicionado.

Ortega no conseguirá ahora que ni los Chamorro, ni los Bolaños, Alemán, Ovando y Bravo ni la COSEP ni ninguno de los poderes fácticos nacionales e internacionales a los que cortejó durante todos estos años lo salven.

Aunque la pareja presidencial se haya incorporado hace años a ese 5% de la población, a los ricos de Nicaragua, estos nunca los terminaron de reconocer como miembros de pleno derecho de su club.

Ortega se humilló ante ellos y como la cabeza más visible de la revolución sandinista humilló y traicionó a esta; sirvió a esos poderes y ellos le sirvieron para enriquecerse, para llegar al poder y para mantenerse, pero el noviazgo se acabó.

Su omnipotencia, su egolatría, no le permitió entender que esas eran alianzas efímeras, que temprano o tarde cualquier chispa serviría de detonante para que todo estallara por los aires y se cayera de su cuerda de equilibrista.

Su intransigencia, su soberbia, su creciente autoritarismo, solo pueden radicalizar y hacer más violento, peligroso e incontrolable este proceso.

Con su actitud Daniel Ortega y su esposa-vicepresidenta han logrado dividir y debilitar al sandinismo y a sus apoyos en la izquierda nacional e internacional y han dejado más confuso e indefenso al pueblo para encontrar una alternativa de izquierda a la actual crisis.

En su mesianismo posiblemente Ortega-Murillo confíen precisamente en que esa confusión, esa división y esa falta de alternativas de quienes hoy están protestando contra ellos en las calles por muy distintas razones, supongan su as en la manga para intentar a pesar de todo salvar la partida y seguir manteniéndose en el poder.

Roberto Montoya, escritor y periodista forma parte del Consejo Asesor de viento sur


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