México y América Latina

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Fernando Berrocal

Fernando Berrocal Soto

Confieso que tengo confianza y mucha esperanza de que Andrés Manuel López Obrador llegue a ser uno de los grandes e históricos presidentes de México.

Su juramentación, el próximo 1 de diciembre, es un hecho de la mayor trascendencia para los mexicanos e igualmente establece un positivo punto de inflexión sobre el papel y la influencia que ese país está llamado a desempeñar en la compleja, difícil y controversial América Latina de nuestros días y en sus relaciones con los Estados Unidos y Canadá.

López Obrador, al igual que muchos de sus compañeros de lucha, como Porfirio Muñoz Ledo, fueron altos dirigente del histórico PRI, en donde su maquinaria y los grandes intereses partidarios les cerraron todas las puertas y han sido, desde siempre, opositores ideológicos del conservadurismo del PAN.

Ellos representan una tercera vía de transformación y casi que, de refundación democrática en México, frente al bipartidismo histórico.

Dieron una dura lucha política que les costó 30 años de sacrificios. Finalmente, Andrés Manuel, a base de liderazgo, tenacidad, constancia, austeridad y estricta ética personal y política, logró un enorme y aplastante respaldo popular en las urnas y la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, despedazando electoralmente al PRI, al PAN y a todos sus adversarios.

Ese es su mérito indiscutible.

América Latina, entre tanto, se debate entre la gastada y arcaica fórmula del comunismo cubano, revivida por los populismos conculcadores de la libertad en Venezuela y Nicaragua, a los que ahora se confronta, en el extremo de la derecha populista y desde el enorme Brasil, un desconocido coronel, admirador de la última, represiva y criminal dictadura militar de ese país.

Estamos muy mal en América Latina y México es crucial en este debate entre la democracia o las opciones extremistas y populistas de derecha e izquierda.

Con el agravante de que López Obrador es una esperanza, pero una esperanza nueva e imprevisible, como son todas las esperanzas que deben desarrollarse en el tiempo y demostrar, realmente, la solidez de que están hechas y qué rumbo definitivo asumen. Ahí hay una incógnita de importantes dimensiones.

Para Costa Rica, las relaciones con México han sido siempre fundamentales y lo son ahora, más que nunca, por esta desgastante y compleja coyuntura ideológica y política de América Latina y porque, en el mundo de hoy, hay dos temas esenciales que ningún país democrático puede descuidar: la política y las relaciones internacionales, y la seguridad nacional y ciudadana, como fundamento necesario para el ejercicio pleno de la propia soberanía.

En la prensa mexicana hay un gran debate sobre la nueva etapa histórica de este país y sobre la asistencia el 1 de diciembre de personajes como Maduro y Ortega a la toma de posesión. También estarán presidentes democráticos.

A mí me habría gustado que el presidente Carlos Alvarado estuviera ahí, en esa ceremonia, como símbolo y testimonio de lo que nuestro país es y lo que representa y vale nuestra libertad y democracia en América Latina.

Hay ciertos vacíos que nunca se deben hacer, ni permitir que se desarrollen.

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