Más se perdió en Lisboa

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Por Joaquín Roy

El argentino Leo Messi, emblema del mejor Barça, ahora en las horas más bajas de un fin de ciclo, expresadas en su humillante derrota en Lisboa. Foto: FCB

MIAMI, 17 ago 2020 (IPS) – El desastre del Fútbol Club Barcelona, conocido como Barça, en los cuartos de final de la Liga de Campeones, que antaño se llamaba más apropiadamente la Copa de Europa, es de veras un acontecimiento cataclismático, sin precedentes, con consecuencias que se predicen drásticas e hirientes.

Los futuros adeptos al Barça, al enfrentarse a las durezas de la vida, aducirán que “más se perdió en… no en Cuba… sino en Lisboa”.

El final del Barcelona en la máxima competición europea tiene todas las características para ser no solamente el cierre de un capítulo de su recorrido deportivo, sino la clausura de toda una época de un equipo liderado por Leo Messi.

El Barça de dos largas décadas, entrenado por técnicos que trataron de superar los esquemas antológicos de Johan Cruiff y Pep Guardiola, traspasó su estilo a la selección española que logró dos eurocopas y un trofeo mundial.

Esa estrategia estaba plasmada en la doctrina de Cruiff compuesta por las tres P: posición, posesión y presión. Ahora se predice que el nuevo estilo europeo está basado en la potencia física y la velocidad, adoptadas por el Bayern Munich, que ha destrozado al Barça.

Lo que también puede quedar difuminado en el futuro Barça es un conjunto de señas de identidad que lo habían convertido en emblemático. El Barça ha sido el refugio de los foráneos que eligieron en distinta época anidar en Catalunya.

Fue fundado en las postrimerías del siglo XIX por un puñado de alemanes e ingleses, liderados por el suizo Hans Gamper. Se presentaba con un nombre que no cuadraba con las reglas académicas: Football Club Barcelona, que solamente el franquismo logró por la fuerza españolizarlo en Club de Fútbol Barcelona.

Este inserto externo en la Barcelona de entonces, que ya había rebasado sus límites medievales con la cuadrícula del Plan Cerdá, enviaba un mensaje global que recibió la respuesta “nacional” de un sector que se hizo llamar Club Deportivo Español, luego aderezado como Real. Así nacería una rivalidad generalmente resuelta en favor del Barça, que no escondería sus inclinaciones foráneas.

Como muestra, sus “culers”, en un partido amistoso de 1925 abuchearon la Marcha Real española, himno nacional, y aplaudieron el God Save the King interpretada por una banda de la marina inglesa que había recalado en el puerto de Barcelona.

Ese capricho le costaría al Barcelona cinco años de clausura decretada por el general Miguel Primo de Rivera, hombre fuerte de Alfonso XIII. Aturdido por deudas económicas, Gamper de vio obligado a exiliarse y a su regreso su salud se deterioró hasta el extremo que se suicidó.

La política continuó entrelazada con la vida del club, y al principio de la Guerra Civil (1936-1939), con Catalunya aliada en el bando republicano, uno de sus presidentes, Josep Sunyol, del partido independentista Esquerra Republicana, fue fusilado por las tropas del general Francisco Franco.

Al terminar el conflicto, un grupo de sus jugadores, que se habían trasladado a América Latina en busca de ingresos que se habían evaporado durante la guerra, optaron por el transterramiento y su regreso fue prohibido por Franco.

A pesar de que el Barça consiguió recuperarse y ganar varias competiciones nacionales, gracias en parte por el liderazgo del húngaro László Kubala, solamente bajo la dirección del “Dream Team” de Cruiff logró capturar la ansiada primera Copa de Europea hasta 1992 en Wembley con el gol de Ronald Koeman.

En consonancia con el renacimiento de la democracia, el Barça construyó una imagen nacionalista, aunque no independentista, ya que la mayoría de su masa era socialmente conservadora en sus sectores altos, y moderadamente izquierdista en sus bases.

Algunos presidentes contribuyeron a reclamar que el Barça rebasaba unos límites deportivos. Narcís de Carreras forjó un slogan emblemático: “El Barça es més que un club”. Su camiseta incorporó la bandera catalana en su cuello y espalda. Su capitán, posición a la que Messi fue elevado, llevaba, además del brazalete reglamentario, otro con la “senyera”.

La lenta transformación del nacionalismo catalán en independentismo, que aumentó los porcentajes de votos radicales a casi la mitad del electorado, coincidió con la elevación del Barça a las alturas del fútbol europeo, sin llegar a contaminar peligrosamente la imagen colectiva del club.

El estilo internacional se reforzó por la incorporación de jóvenes productos de La Masía, la escuela de jugadores. Los inmigrantes hispanohablantes usaban el apoyo al Barça como remedio de la siempre difícil integración. Incluso fuera de las fronteras españolas, el Barça era reconocido como un producto más de la globalización.

Pero tras la salida de Guardiola diversos presidentes, mal recomendados por las estrellas, insertaron una docena larga de jugadores de difícil encaje (como Neymar da Silva, Philippe Coutinho y Antoine Griezmann) y otros con contratos económicamente injustificables.

Simultáneamente, los retoños de La Masía no conseguían insertarse en el equipo. Solamente Sergi Roberto había llegado a la selección española, en contraste con los siete titulares barcelonistas que ganaron el mundial de Sudáfrica.

Los escasos títulos nacionales y la inasequible Champions League no hacían más que maquillar el vacío triunfante de antaño. Los mosqueteros que antaño habían forjado la supremacía de Messi habían envejecido. Se olía el declive. Fracasos futuros se relativizarán con un reconfortante suspiro de “más se perdió en Lisboa”.

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. jroy@miami.edu

RV: EG


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