Los problemas de la integración real y el Brexit

Oscar Ugarteche, Armando Negrete

Brexit

La integración económica y política regional realmente existente, desde mediados del siglo XX, ha mostrado su cara más cruda con los procesos desatados por Grecia (2011), Portugal (2011) y, finalmente, por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Desde su incorporación a la Comunidad Económica Europea (1957), hasta la firma del Tratado de Maastricht (1992) Gran Bretaña (GB) marcó su campo a la apertura comercial, a la unión monetaria, a la legislación financiera, la política migratoria y otros temas de integración económica. De éste modo, su relación nunca fue un paseo por el parque.

Los orígenes del Brexit se podrían rastrear hasta 2011. Tras la crisis financiera global y la ralentización de la economía, el Primer Ministro David Cameron promovió la renegociación del acuerdo con la UE. El principal argumento fue que, dados los acontecimientos económicos y la crisis financiera, los retos que enfrentaba Europa eran inmensos y que sería mejor salirse. Ésta ideología estuvo fundada en: 1) la ligera mayor velocidad de recuperación de la crisis, relativamente mayor que la que tuvo el resto de la UE; 2) el aumento del déficit comercial con la UE, especialmente con Alemania, que representó el 17.6% en 2018, y Holanda, el 8.7%, seguidos de Noruega, Bélgica, Italia y Polonia que en total suman más del 50%;1 3) la relativa superioridad del PIB per cápita respecto a la media de la UE; y 4) los apenas superiores ritmos de crecimiento económico, sobre todo durante el periodo 2011-2014.

Brexit

Esta ideología fue recogida y promovida por el partido ultra conservador Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés). Este partido se apropió de la ideología y le agregó elementos nacionalistas de ultra-derecha sobre los cuales “la democracia solo tiene sentido entre personas que comparten una identidad nacional o histórica común y aceptan el mismo idioma, sistema legal y valor comunes”. Para ellos, la UE representó el “intercambio de un sistema de gobierno democrático por uno no democrático”,2 y la salida es la única vía para recuperarla.

Sobre esta base social, en 2015, David Cameron comenzó a planear la renegociación de la relación con Europa. Los principales temas que se plantearon giraban alrededor de las contribuciones de los Estados miembros al presupuesto, las políticas migratorias y las regulaciones financieras. Para inicios del 2016, las condiciones estuvieron desarrolladas para convocar a un Referéndum. Éste se realizó el 23 de junio de 2016 y registró una participación del 72.2% (más de 33 millones de votos) del total de la población votante en el Reino Unido. La decisión fue, con 51.9% a favor de salir, contra 48.1% por permanecer. La participación mostró un sentimiento adicional: Escocia en sus 32 ayuntamientos votó por permanecer, con una diferencia porcentual del 24%, de igual forma votó Irlanda del Norte, aunque con división entre sus ayuntamientos y con una diferencia del 11%.

La Primer Ministro Teresa May inició el Brexit el 29 de marzo de 2017, sobre el Artículo 50 del Tratado de Lisboa que establece un periodo de dos años para construir acuerdos de salida. El plazo original se venció el pasado marzo, el plazo extraordinario está por vencerse (12 de abril), el acuerdo de salida presentado por Teresa May al Congreso Europeo no logra aprobación en el Parlamento y, no obstante, se ha votado por no salir sin acuerdo. Las opciones son: una nueva prórroga al plazo; una aprobación forzada del acuerdo de May o; salida sin acuerdo.

En cualquiera de los casos el daño está ya hecho. Los mercados han resentido ya los riesgos de su salida, la credibilidad y seriedad de su diplomacia han quedado muy bajas, las empresas han comenzado a mover sus cadenas productivas, se han reavivado las diferencias sociales entre ese 48% que votara en contra y los a favor. Se reabren las viejas tensiones entre unionistas protestantes y republicanos católicos, por un lado, y entre independentistas y monarquistas.

Resta recodar que GB ha tenido procesos de desintegración y separatismo recientes. Irlanda ha estado dividida entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda (del Sur) desde 1921; a finales del siglo pasado enfrentó procesos de violencia desde 1968 hasta 1998, frenados mediante un tratado de paz con la firma del Acuerdo Belfast. Escocia, más recientemente, sostuvo un referéndum en 2004 para decidir su permanencia en el Reino Unido o su Independencia. El resultado (55.3% – 44.7%) fue por su permanencia.

Para GB el horizonte es la pérdida de la preferencia del mercado europeo continental, el riesgo de la pérdida de la City de Londres, con su importancia histórica, el beneficio de la llegada de europeos como fuerza de trabajo calificada, mientras que su crecimiento población continúa negativo. A cambio, arriesga el incremento de la migración (no blanca) de las excolonias, con la intensificación de las tensiones raciales crecientes y la generalización de la xenofobia. Todo esto tendrá importantes repercusiones sociales y económicas, con efectos negativos sobre su tipo de cambio. Van a descubrir que no son “El imperio británico”, sino una pequeña isla al oeste del Canal de la Mancha.

Oscar Ugarteche, Investigador Titular, IIEc-UNAM, SNI / CONACYT, coordinador del Observatorio Económico Latinoamericano, OBELA

Armando Negrete, Técnico Académico, IIEc-UNAM, miembro del obela.org

1 Datos calculados con información de the Direction of Trade Statistics, IMF, en: http://data.imf.org

2 What we stand for, UKIP, disponible en: https://www.ukip.org/pdf/WhatWeStandForJan2019.pdf


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