Los niños de Tailandia están bien. Los de otras regiones, no tanto

Amy Goodman y Denis Moynihan

Democracy Now

La saga de los 12 jóvenes del equipo de fútbol tailandés atrapados junto a su entrenador en el interior del complejo de cuevas de Tham Luang cautivó al mundo; su exitoso rescate fue motivo de celebración mundial. Comparemos esta demostración de compasión y solidaridad con la catástrofe que enfrentan millones de niños en Yemen y la debacle actual generada en Estados Unidos por el presidente Donald Trump con la separación forzada de niños y niñas migrantes de sus padres y madres: esta comparación no deja muy bien parado a Estados Unidos.

Desde 2015, Yemen se ha visto sometido a implacables ataques aéreos llevados a cabo por Arabia Saudí, con importante apoyo y armamento estadounidense, lo que se ha convertido lisa y llanamente en una masacre de la población civil. El reciente asedio a la ciudad portuaria de Hodeida ha forzado a por lo menos 121.000 civiles a huir. Shireen Al-Adeimi, una académica y activista yemení radicada en Estados Unidos, declaró en una entrevista para Democracy Now!: “Cualquier tipo de interrupción de la ayuda que llega a través del puerto de Hodeida implica el hambre de millones de yemeníes. Más de ocho millones están al borde de la inanición, y otros 22 millones de personas, el 80% de la población, dependen de la ayuda humanitaria que llega por el puerto de Hodeida”.

Según Unicef, desde que comenzó la guerra en Yemen más de la mitad de los centros de salud del país tuvieron que cerrar o fueron destruidos, 1.500 escuelas quedaron dañadas por ataques aéreos y de artillería, y al menos 2.200 niños fueron asesinados y otros 3.400 resultaron heridos. La semana pasada, en Ginebra, la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore, afirmó tras regresar de un viaje a Yemen: “Estos solo son los números que pudimos verificar. Las cifras reales podrían ser incluso más altas. No hay justificación para esta masacre”.

Al menos un millón de niños sufren de desnutrición grave en Yemen, el país más pobre de Medio Oriente, lo que intensifica su vulnerabilidad ante la mayor epidemia de cólera que ha registrado el mundo en la historia moderna y que ha afectado a más de un millón de yemeníes. Las imágenes de estos niños esqueléticos, en algunos casos a pocas horas de su muerte, son devastadoras.

Mientras tanto, en Estados Unidos, más de 3.000 niños y niñas siguen separados de sus familias a raíz de la desastrosa política de “tolerancia cero” de Trump. Un juez federal le ordenó al gobierno de Trump que reuniera a estos niños con sus madres, padres u otros familiares. En una comparecencia ante el Congreso, el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, declaró al respecto: “No hay ninguna razón por la cual los padres no sepan dónde se encuentran sus hijos. Estuve en el portal de la [Oficina de Reasentamiento de Refugiados] y con pocas teclas, en cuestión de segundos, podría encontrar a cualquier niño a nuestro cuidado para reunirlo con cualquier padre”. Aun así, el gobierno de Trump no cumplió con el primer plazo (10 de julio) para reunir con sus familias a los 102 niños menores de 5 años. Esto no constituye un buen augurio para la liberación de los 3.000 niños antes del próximo plazo del 26 de julio.

Al acercarse el primer plazo, el secretario Azar intentó presentar su fracaso en el cumplimiento de la orden del juez como un éxito. Azar declaró en CNN: “Lo que estamos haciendo por estos niños no acompañados que ingresaron o fueron traídos de forma ilegal a nuestro país es una de las grandes acciones de generosidad y caridad de Estados Unidos”. Repitiendo como un loro el tristemente célebre discurso de su jefe, Donald Trump al lanzar su campaña en 2015, en el que denigraba a los mexicanos calificándolos de violadores y asesinos, Azar se expresó en CNN sobre algunos de los padres: “Podríamos regresar a los niños con individuos que son asesinos, secuestradores, violadores, o que no son los verdaderos padres. Pero hemos trabajado con el juzgado para asegurarnos de cumplir nuestro deber, es decir, velar por el bienestar de los niños y asegurarnos de que todo esté en regla”. En realidad, muchas de estas personas huyeron a Estados Unidos desde América Central para evitar ese tipo de violencia. El autoproclamado presidente “de la ley y el orden” viola la ley, que garantiza una audiencia judicial a quienes procuran asilo en el país.

El lunes, el Consejo de Seguridad de la ONU se reunió para debatir una resolución sobre los niños y los conflictos armados, que fue aprobada por unanimidad. La embajadora de Estados Unidos ante la ONU, “Nikki” Haley (nacida Nimrata Randhawa), hija de inmigrantes indios, expresó: “El Consejo de Seguridad debe hacer que los gobiernos rindan cuentas por la forma en que tratan a los niños durante y después de los conflictos activos. No pueden descuidar el daño invisible causado a los corazones y las mentes de niños y niñas”.

Si a la embajadora Haley y al gobierno de Trump realmente les importan “los corazones y las mentes” de los niños, podrían demostrarlo reuniendo inmediatamente a los miles de niños que fueron arrancados de los brazos de sus madres y padres, y asegurarse de que esas familias reciban el debido proceso. También deberían dejar de respaldar el bombardeo a Yemen liderado por Arabia Saudí, que está matando a miles de niños.

El periódico The New York Times informó que varios de los jóvenes futbolistas y el entrenador que fueron rescatados en Tailandia son refugiados sin ciudadanía, que han huido de la violencia y la persecución en el vecino país de Birmania. Ojalá los niños migrantes encerrados por el presidente Trump en Estados Unidos y los niños de Yemen fueran tratados con la misma bondad, con un esfuerzo equivalente a nivel mundial que los conduzca a un lugar seguro.

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© 2018 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org


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