Lo bueno y lo malo del año que termina

El Sereno

Álvaro Campos Solís
campos.solis.alvaro@gmail.com

Álvaro Campos Solís

Cada quien podrá elaborar su propia lista con las cosas buenas y las malas que han ocurrido en nuestro país en al año que tiene las horas contadas. No menciono lo feo, por cuanto ese es un elemento que corresponde a cada individuo o a cada familia y por lo tanto cae en el ámbito de la intimidad. Y la verdad es que nada nos cuesta ser respetuosos del dolor ajeno, con mayor razón si no hemos podido ayudar.

Entre lo bueno cabe destacar el ambiente tranquilo que prevalece en todo en país y que hemos disfrutado a lo largo de estos doce meses, lo cual nos ha permitido recordar con devoción el Nacimiento del Hijo de Dios y comernos el tamal de Nochebuena en familia y en paz. También es cierto que el comercio recupero movimiento y que los embotellamientos del tránsito en las ciudades alcanzaron niveles récord.

La tranquilidad que se respira en nuestro país es tan evidente, tan palpable, que una inmensa mayoría de la población ni siquiera está consciente de la convocatoria a elecciones para el próximo dos de febrero.

El año que termina ha estado desprovisto de aquella crispación social que caracterizó el año anterior, pues los grupos que protestaban y bloqueaban carreteras, incluso amenazaban al pueblo con dinamitar la paz social, se dieron cuenta de que la fuerza y la violencia no encuentran espacio ni futuro, mucho menos cuando las demandas solo se orientan a perpetuar impunidad y privilegios.

Los economistas, sociólogos y políticos podrán aportar otros elementos que confirmen lo bondadoso que ha sido el año 2019 . Tal circunstancia podría ser un buen augurio para el año que dentro de poco vamos a inaugurar. Por lo demás, se supone que habrá voluntad y espacio para escribir a favor y en contra del Gobierno que preside Carlos Alvarado Quesada. Ojalá que quienes lo hagan aporten argumentos y sean respetuosos, pues no sea trata de quemarle chirraca al Presidente o escudarse en el anonimato para ofender. Todo ciudadano, máxime si tiene aspiraciones políticas, debería obligarse a mostrar clase, categoría y no caer en bajezas ni descalificar a nadie por no coincidir en sus opiniones. Lamentablemente, ahora vemos matonismo en las carreteras y también en las redes sociales.

Cabe destacar que en ese clima de tranquilidad que ha vivido el país, hasta la naturaleza ha sido generosa, benevolente. Tembló, en varias oportunidades y distintos lugares, pero las magnitudes no fueron de terremoto. Llovió, en algunos lugares de manera copiosa, pero no hubo inundaciones que arrasaran pueblos, sembrando dolor y destrucción.

Entre las cosas buenas, mención especial merece la Contraloría General de la República por su valiente actitud frente a la postura de magistrados y rectores universitarios que lo único que les ha faltado es exigir la administración del Ministerio de Hacienda, la bóveda del Banco Central y las arcas de las de los bancos del estado que actúan como garroteras públicas.

Lo malo

Entre las cosas negativas que pasaron frente a los ojos de los costarricenses destaca la perdida de prestigio de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de los rectores de las universidades estatales. Unos y otros se empeñaron en hipotecar su prestigio con tal de mantener sus privilegios. Tomaron por oficio la defensa de sus salarios millonarios y la autonomía en el manejo de sus respectivos presupuestos.

En materia de salarios, las máximas autoridades judiciales de la república se convirtieron en juez y parte. Ellos mismo han decidido la fecha y la proporción en el crecimiento de sus remuneraciones. Ellos mismos se han convertido en un raro espécimen, capaz de establecer la responsabilidad de su trabajo y cuánto tienen que devengar por la labor que llevan a cabo.

Lo convencional en las relaciones obrero patronales es que al trabajador -jornalero, técnico, profesional- le digan lo que tiene que hacer y le informen acerca del salario que va a obtener. En el caso que nos ocupa ellos se sirven con el cucharon grande.

En las universidades, el dinero producto de los salarios no se recoge, se apaña como si cayera del cielo. Con una particularidad: no hay exclusión, todos los empleados, no importa su rango, perciben retribuciones millonarias. Allí si es cierto que los ingresos tienen ese toque de igualdad democrática. Otra particularidad es que, si el gobierno de turno intenta cuestionar la autonomía presupuestaria, los estudiantes, a su manera, incluso encapuchados, salen a corregir el entuerto. Esos mismos estudiantes serán en breve los empresarios y los administradores de la cosa pública. Para entonces habremos salido de Guatemala, para caer en guatepeor.

Lo que ocurre en la Suprema Corte es igual de preocupante. Ellos son jueces, pero también se sienten legisladores. Nadie ha podido explicar con qué potestad se suben los salarios hasta conformar un selecto grupo de millonarios.

Mientras tanto, numerosos juicios tanto de importancia particular como nacional siguen a la espera de sentencia. Allí, los juicios que están en los expedientes se tornan amarillentos y adquieren polilla,; los que se han incorporado a la computadora están expuestos a los virus y del resto se encargará el tiempo, pues en el campo judicial los litigios no son eternos, en determinado momento prescriben. Como consecuencia, los autores del supuesto crimen quedan impunes y a la larga con alguna opción para un cargo político en el país o en el exterior.

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