Las mentiras de la memoria

Freddy Miranda Castro

Tiempo

Los físico matemáticos dicen que la flecha del tiempo se mueve en un solo sentido; de atrás hacia adelante. Por eso se pueden ver vasos que se caen de la mesa y se quiebran. Pero no se pueden ver partes quebradas de un vaso que regresan a la mesa para formar uno completo, según Hawking.

Dada la orientación de la flecha del tiempo, no se puede volver al pasado por más que se desee o se le implore a una divinidad. Los dioses no escuchan ese tipo de ruegos.

No puedes cambiar algo que hiciste hace un minuto y menos corregir un error que cometiste hace cuarenta y dos años, por ejemplo.

Pero; ¿Qué hay de la mente? No solo puedes regresar cuarenta y dos años atrás, sino que lo puedes cambiar todo. Eso sí, la mente tiene sus propios juegos y prácticamente ninguna regla. No se pueden recordar las cosas como fueron exactamente. Porque entonces se necesitaría el mismo tiempo para reconstruir lo recordado, como hacía Funes el memorioso de Borges. Tal inversión de energía y de tiempo es imposible en seres mortales. Tal vez los inmortales podrían darse esos lujos, pero entonces pasarían la mitad de su infinitud haciendo y la otra recordando. A lo mejor la humanidad no es más que el recuerdo de alguna divinidad que en un capricho de su infinita existencia, decidió un día crearnos para luego destruirnos y pasar otro tanto recordándonos. Ahora estamos en esa fase del recuerdo.

Por eso recordar no es vivir de nuevo, eso es una mentira de algún romántico. Porque nunca recordamos el pasado de forma exacta. Los recuerdos funcionan como la teoría del caos. Vivimos algo que nos marcó de forma particular. Se queda impreso en nuestra memoria y lo soñamos de vez en cuando. Pero cuando lo soñamos, lo recreamos, no es exactamente igual que cuando ocurrió. Y entre más regresamos en sueños al hecho original, más cambia, hasta que termina siendo algo totalmente diferente. Pero despiertos y contando nuestros recuerdos a alguien, lo hacemos de tal forma que estamos absolutamente convencidos que las cosas fueron tal, cual las recordamos. Esto es particularmente peligroso con las esposas. Tenemos una discusión con ellas y nuestra suegra. Luego ellas sueñan y recrean la discusión. En su sueño, uno insulta a su madre. Tiempo después y en otra discusión; ella te reclama airadamente y te dice que jamás te perdonara que hayas insultado a su mamá. Aunque en realidad uno hubiese tratado a la suegra con guantes de seda, como solemos hacer todos los yernos que en esta tierra hemos sido.

Entonces el pasado no es solo pasado. No en nuestros recuerdos. En los meandros de la mente, el pasado es permanentemente recreado. Y los humanos somos como los salmones y las tortugas, nos gusta volver a nuestros orígenes, aunque solo sea como un recurso de la memoria. Porque en esos orígenes y sus infinitas combinaciones, se encuentran los códigos de lo que somos hoy, en lo que nos hemos convertido con el devenir del tiempo.

Solo se vuelve a los recuerdos de la infancia cuando han sido particularmente traumáticos, y han quedado marcados con fuego en nuestras neuronas. Si la infancia es placida, prácticamente no hay recuerdos que produzcan sueños o pesadillas. Pero la niñez, la pubertad y la adolescencia son otra cosa. Esas nos marcan para siempre y llenan nuestro hipocampo de muchos recuerdos que son permanente recreados a lo largo de nuestra vida. Ante mi próximo arribo a las seis décadas, le estoy encontrando el gusto a la volvedera mental de los tiempos idos.


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